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Albert Rivera crece como parlamentario… y como algo más

En su enfrentamiento con Iglesias, Rivera​ creció como parlamentario, atrajo la atención, respondió con contundencia y no se dejó avasallar en ningún momento por las provocaciones

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No voy a caer en la simpleza de señalar a uno u otro como ganador de la moción de censura. La mayoría de los medios ya han sentenciado en ese sentido, y además las mociones de censura o se ganan numéricamente o se pierden. Ni siquiera puede hablarse de una victoria moral porque ni Pablo Iglesias es Felipe González, ni Mariano Rajoy es Adolfo Suárez. Si lo que pretendía Iglesias era desgastar a Rajoy, es obvio que ese objetivo no lo ha cumplido. Si lo que pretendía era que se le visualizara como líder de la oposición, es probable que eso lo consiguiera. Eso, y dejar al PSOE en tierra de nadie.

Pero una cosa es ser líder de la oposición y otra muy distinta ser alternativa de Gobierno, y eso tampoco lo consiguió el líder de Podemos, por más esfuerzos que hizo para intentar ofrecer una imagen institucional. No puede. No está hecho de esa pasta. Y además sigue empeñado en hacer un discurso catastrofista y 'castrodisíaco' que genera un amplísimo rechazo en los sectores más moderados de la sociedad española, que son los que deciden las mayorías de gobierno.

El relato de la corrupción que a primera hora de la mañana del martes hizo una Irene Montero que se destapó como una buena oradora, incluso mejor que su compañero de filas, es certero, y acertado. Pero se diluye en la nada cuando se pretende presentar a Mariano Rajoy como si fuera Al Capone atracando metralleta en mano la caja fuerte de la Seguridad Social. Y miren que, en sus primeros 45-60 minutos, fue lo más efectivo que presentó Podemos en todo el debate e hizo revolverse en sus escaños a los diputados del PP cuando fue enumerando por orden alfabético los casos de corrupción que les afectan.

Ese es el talón de Aquiles del partido de Rajoy y del propio presidente, por más que se empeñen en asegurar que con ellos se está combatiendo la corrupción y que los jueces actúan con independencia. No es eso lo que perciben los ciudadanos, ni siquiera los propios militantes de su partido. ¿Problema de comunicación? Eso seguro, porque ni siquiera tienen una estrategia diseñada más allá del muy marianista dejar que pase el tiempo.

Por eso, aunque a Rajoy le salió bien la estrategia de aparentar que iba a ningunear a Iglesias y anunciar minutos antes del debate que habría una sorpresa —su respuesta a Montero y al propio Iglesias cuando se creía que ese papel estaba reservado a Rafael Hernando—, quien desde mi punto de vista ha sabido aprovechar la oportunidad que le brindaba la ocasión ha sido el líder de Ciudadanos, Albert Rivera. De nuevo ha conseguido hacer ver a quienes le votaron en diciembre de 2015 y hace un año que no solo no han tirado su voto, sino que está siendo muy útil para frenar el radicalismo y como refugio de un votante moderado que rechaza la corrupción del PP y que no termina de saber adónde lleva al PSOE de Pedro Sánchez la ambigüedad.

En su enfrentamiento con Pablo Iglesias, el presidente de Ciudadanos creció como parlamentario, atrajo la atención, respondió con contundencia y no se dejó avasallar en ningún momento por las provocaciones del líder morado. Lejos de eso, en un tono muy serio, se situó como un referente de la moderación crítica, lo cual le lleva también a posicionarse como una alternativa de gobierno. Hasta ahora, Ciudadanos aparecía ante los ojos de la opinión pública como un partido bisagra, pero si Rivera no se equivoca en su estrategia y consigue mantener este equilibrio que le convierte en el peor enemigo de Podemos y, al mismo tiempo que favorece la estabilidad, se consolida como conciencia crítica del PP, puede que estemos alumbrando el nacimiento del nuevo Macron español, aunque el proceso haya sido a la inversa que el del presidente francés.

En los meses que pasaron entre las elecciones de diciembre de 2015 y las de junio de 2016 hubo votantes de Ciudadanos, principalmente provenientes de las filas del PP, a los que les surgió la duda sobre si el partido naranja sería realmente un muro de contención del radicalismo, sobre todo después del acuerdo con Pedro Sánchez que buscó el voto del partido morado. Eso hizo que hace un año parte de esos votantes volvieran a depositar la cartulina del PP aunque fuera con la nariz tapada, pero había que evitar la victoria de Podemos.

Hoy, esa duda ya no existe, y mientras Iglesias mantenga viva la estrategia de radicalización de su partido, eso solo hará crecer las posibilidades de Ciudadanos, que se erige en el único partido limpio dispuesto a afrontar las reformas que el país necesita sin romper, ni “demoler” —como le dijo Rivera a Iglesias— nada.

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