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El rival de Trump es Trump

Los comicios son un plebisicito sobre el presidente en ejercicio, cuya gestión ha sido peor de cuanto imaginaban sus partidarios y mejor de cuanto creían sus detractores

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El principal rival de Donald Trump en las elecciones americanas es Donald Trump. Y no por los deméritos de Joe Biden, un antagonista anorgásmico, sino porque el presidente en ejercicio tiene que responder del providencialismo que le convirtió en sorpresa extravagante.

No puede recurrir Trump a la diferencia ni a la antipolítica. El sistema que pretendía transformar ha terminado domesticándolo. Podría decirse incluso que el magnate ha sido un presidente menos nocivo de cuanto cabía esperarse. Peor de cuanto creían sus votantes. Mejor de cuanto imaginaban sus detractores. Lo demuestra el remanso de la política exterior —no ha habido una guerra mundial contra Irán— y lo acredita la gestión de la economía. Que era su gran coartada hasta que el coronavirus le ha malogrado seriamente el expediente de la victoria.

No solo por la contracción, sino por la negligencia y temeridad que se desprende de las decisiones relacionadas con la pandemia. Ha pretendido Trump convertir su enfermedad y su sanación en la demostración de los grandes superpoderes, pero los privilegios sanitarios que ha disfrutado son tan excepcionales y extravagantes como el argumento que ha reanudado la necesidad de un gran adversario: el virus nos lo ha inoculado China “y lo va a pagar muy caro”.

No está mal buscarse como rival un poderoso subcontinente ni inocular en la sociedad la sinofobia, pero estas iniciativas megalómanas aportan escasa credibilidad a las opciones electorales. A Trump se le juzga por cuatro años de gestión. Y se le va a penalizar porque no se han verificado ni las grandes promesas ni los mayores milagros. Trump ya no es el antisistema ni la solución al escepticismo. Trump responde como presidente de Estados Unidos.

El contexto plebiscitario —Trump sí, Trump no— explica la oportunidad benefactora con que puede apreciarse incluso un antagonista enclenque como Biden. Arrastra pocas pasiones. Y se le observa como un candidato precario. Lo mejor que acostumbra a decirse de él es que cae menos antipático que Hillary Clinton. Y que su perfil bajo representa el mejor antídoto al fenómeno hiperbólico de Trump. Porque se trata de colocar al magnate Donald delante del espejo.

Hubiera sido mejor desarmarlo con argumentos que hacerlo desde un antitrumpismo caricaturesco, pasional y contraproducente. Reflexionan al respecto las memorias de Easton Ellis ('Blanco'). Recela el escritor del esnobismo que han practicado los 'millennials'. Vive con uno de ellos porque su novio participa de las generaciones e inquietudes actuales, pero abjura el novelista de cualquier adhesión a las inercias de corrección predominantes. No le impresiona que salga del armario un jugador de la NBA. No soporta que se prohíban en EEUU las memorias de Woody Allen. Ni tampoco acepta que el rechazo a Donald Trump se haya convertido en la coartada activista de “una izquierda fascista y desatada”. “Yo me tomo a Trump de una manera mucho más tranquila”, escribe Easton Ellis. “No dejo que 'trumpice' mi vida, como hace mucha gente en EEUU. Así, lo único que consiguen es que defina su existencia y les haga mucho más daño. Es mucho mejor mantener la calma. Y si Trump te parece lo peor y quieres que no sea el presidente, vota a otro candidato”. Easton Ellis no lo ha votado. Ni lo piensa votar, pero le repugna el sectarismo de la comunidad de artistas demócratas. El intelectual contemporáneo se identifica en una militancia acomodaticia. Tan fácil como levantar el mechero en las causas canónicas y homologadas: del MeToo al animalismo, del ambientalismo y el pacifismo a la expectativa de un mundo fraternal. Si Donald Trump es un monstruo, la oposición mediática y los iconos sociales no han hecho otra cosa que cebarlo y darle opciones de reválida.

“No dejo que 'trumpice' mi vida, como hace mucha gente en EEUU. Así, lo único que consiguen es que defina su existencia y les haga mucho más daño"

El mesianismo del presidente republicano arroja un balance bastante exiguo, pero conserva ciertos recursos interesantes. No ya la inercia del mandato y del poder, sino la representación de un papel patriarcal y paternalista en una situación de emergencia económica y sanitaria, por mucho que no pueda sustraerse a ellas. La crisis social y racial va a movilizar el voto demócrata entre las minorías desactivadas, pero Trump se reivindica a sí mismo como el remedio personal al caos y la incertidumbre. Mejor un tipo emprendedor y valiente a los mandos de la crisis que la alternativa 'cualquiera' de Joe Biden. Por eso los estadounidenses no están decidiendo una contienda convencional entre republicanos y demócratas. Han sido llamados a una suerte de referéndum que convierte a Trump en el rival de Trump. Si hay que apostar, mi apuesta no es que va a ganar Biden. Es que va a perder Trump.

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