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Yo me hice funcionario público porque quería cambiar el mundo

Hace ya más de 30 años, al final de mi formación universitaria, tomé una decisión de la que nunca me he arrepentido. Decidí hacerme funcionario público. Alternativas no me faltaban. Había completado un destacado expediente académico, la propia universidad pretendía que me consagrase a la investigación académica, y diversas grandes empresas me ofrecieron formar parte de sus equipos, incluyendo máster y otras formaciones adicionales.

Y fue precisamente en una reunión con un alto directivo de una de esas empresas, en la que se suponía que iba a firmar un primer contrato, cuando, a la luz de la conversación, amable, cordial, casi de padre a hijo, ambos llegamos a la conclusión de que lo que debería hacer era otra cosa.

A los 24 años yo quería cambiar el mundo. Quería cambiarlo de forma radical. Quería ayudar a apostar por una sociedad mejor, más limpia, más decente, más solidaria y comprometida, más humana. Tenía todas las ganas, algo del conocimiento, toda la ilusión, y toda la vida por delante. Aspiraba a construir país para todos, en el que mis hijos heredaran una sociedad mejor. Y a hacerlo como funcionario de carrera. En mi intención no había comodidad, no había afán de asentarme en la molicie, no había pasividad, y no había interés de medra personal más allá de la humana vanidad por hacer cosas que nos impregna a todos. Creo que acerté.

En tiempos confusos, cuando imperan las dudas, será siempre una Administración profesional, seria y comprometida con todos la que salve lo esencial

Un año y medio después había aprobado la oposición al Cuerpo de Ingenieros de Montes del Estado. Con ello empezó un discurrir por la realidad de mi país buscando todos los días cómo hacerlo mejor, cómo construir decencia. Ese camino me ha llevado por lugares y situaciones increíbles, a conocer a seres excepcionales, a enfrentarme con mis limitaciones, a crecerme en mis carencias… Y nunca ha dejado de ser un camino de compromiso, de dedicación, de hablar claro, de apostar fuerte, de echar el resto cuando ha sido preciso, y de aspirar a que cuando todo esto acabe, que por mucho que se alargue no tardará mucho, lo que deje sea un poco mejor que lo que encontré.

Ese camino navegó las aguas perdidas de las Tablas de Daimiel, se dejó mucha piel en los arenales de Doñana para que siguieran siendo simplemente arenales y de todos, trató de ensamblar la utopía de unos Picos de Europa donde las fronteras administrativas no tuvieran relevancia, abrió futuros para Cabañeros, Sierra Nevada, Monfragüe, Islas Atlánticas… Deambuló por el siempre afilado y angosto filo de navaja entre conservación de la naturaleza y desarrollo socioeconómico, trató de articular una respuesta clemente en clave de luz y de sonrisa a la media España que se nos vacía, buscó una mirada atenta para esa parte de la sociedad, las mujeres, a las que se debe todo y se ignora tanto… Mucho andado, y espero que no poco aún por andar.

Nunca estuve solo. Siempre me he sentido parte de un hermoso grupo de audaces atrevidos, visionarios de un mundo mejor, empoderados para un territorio, una naturaleza, y una ciudadanía que impulsaba a echar horas y horas ajenos a relojes y fichajes de entrada, a no pararnos en el riesgo, a buscar el resquicio de la norma o a plantear sencillamente mejorarla, a pelearlos y porfiar con quien hubiera que porfiar, a hablar claro, a hacer de la libertad el mayor compromiso, a responder con la verdad posible y honesta a las ideas de los superiores circunstanciales que llegaban y se iban, desde la verdad, desde toda la verdad. A no tener miedo a decir lo que se pensaba. A decir no cuando había que decir no, aun a riesgo de no ser entendido… A ver, a escuchar, a atender, a hacer y a crear. A no cejar en la voluntad de creer que siempre, día a día, gota a gota, incluso con el más pequeño de los argumentos y la más liviana de las argamasas, es posible ayudar a construir una sociedad mejor.

Parque Nacional de Las Tablas de Daimiel. (EFE)

En ese camino aprendimos a codearnos con esa clase política que a veces impulsa y no pocas veces, digámoslo claro, bloquea. Descubrimos que los gobernantes lamentables son mucho más abundantes que los dignos, y que de vez en cuando un miserable llega al poder. Y también descubrimos qué caro resulta a veces defender el bien común y el ejercicio de la responsabilidad profesional desde esa posición imprecisa que algunos llaman de 'altos funcionarios'. En alguna ocasión, saboreamos el amargo gusto del fracaso y la negación. En mi recuerdo están también los ratos perdidos, los tiempos de ostracismo, la soledad del arrinconado simplemente por tratar de estar por encima de la inmundicia que a veces, es verdad, rodea la gestión de lo público. Qué pocas veces la mediocridad soporta el rigor, la profesionalidad, la lealtad ejercida desde la libertad responsable. Y descubrimos también qué mal se interpreta la lealtad al elegido como gobernante cuando cambian los gobernantes. Sentimos en nuestras carnes el etiquetaje político, los marcajes y los encasillamientos... La confusión entre identificación ideológica y lo que solo es legítimo derecho a la progresión y a la carrera profesional.

Viene todo esto a cuento de una entrevista que tuve la ocasión de escuchar hace algunos días en la que un conocido actor español, de intachable trayectoria profesional y reconocido compromiso público, se hacía eco de la diferencia entre la sociedad americana y la sociedad española. En la primera, prácticamente nadie, según él, aspiraría a ser funcionario. En la nuestra, la mayor aspiración social era la de ser funcionario.

"Los jóvenes de EEUU quieren ser emprendedores: dueños de sus propias vidas. Si nuestros jóvenes quieren ser funcionarios, no se hace país"

A partir de aquí aventuraba sobre qué se podía esperar de una sociedad en la que sus jóvenes solo aspiraban a algo que, en su opinión, implicaba no tener ideas, estar ajenos a la ambición, caer en la comodidad diletante y abúlica, y no estar dispuestos a jugársela por nada. Coincido en que poco se puede esperar de una sociedad en que sus jóvenes no tengan ideas, estén ajenos a la ambición por crear o no estén dispuestos a jugársela por nada. Pero tengo mis dudas de que esas características se puedan atribuir, con carácter general, a los funcionarios. Y menos puedo concluir que los funcionarios de mi país sean un lastre para su desarrollo.

Mi vida profesional de funcionario, y la de muchos compañeros y amigos en trance similar, ha sido, precisamente, el resultado de querer ser dueños de nuestra propia vida, de no querer estar encerrados en la rutina, de no entender a nuestros superiores como seres a los que jurar sumisión, de ver a los políticos no como jefes sino como la correa de trasmisión de la voz del pueblo, de aprehender sus ideas, de impregnarlas de realidad, y de tratar de sacarlas adelante en tanto decisión colectiva. De separar el trigo del salvado. De hacer cosas por todos. De construir futuros para todos. De hacer del compromiso colectivo una divisa. Y también de jugárnosla, de enfrentarnos incluso a las voces de los insensatos revestidos de orla y boato, o incluso, es cierto, a los ecos insolidarios de alguna que otra parte de la ciudadanía por la defensa de toda la sociedad: la actual y la que tiene que heredar este terruño.

Yo no sé si mucha gente piensa que con personas así se hace país, pero yo sí lo creo. Sigo pensando que la de funcionario es una hermosa profesión

Y voy más lejos. Me permito pensar que en tiempos confusos, cuando imperan las dudas, el descrédito y la molicie, será siempre una Administración bien organizada, formada, profesional, seria, responsable y comprometida con todos la que pueda salvar lo esencial. La que pueda evitar los desmanes de los atrevidos licenciosos que a veces aspiran a querer salvarlos cuando en realidad solo pretenden encubrir, con ponzoñosa impostura embozada de lenguaje políticamente correcto, su interés particular por la medra hacia pretendidas cumbres cuando no su inmovilismo por conservar lo ya atrapado. No lo dudemos, siempre será la burocracia organizada la que guarde lo importante a la espera de nuevos tiempos y de nuevas personas.

Y es verdad, en ese recorrido por la vida real de esa burocracia he visto a muchos compañeros abandonados y resabiados, perdidos en una rutina agónica de no saber qué hacer, lastrados por la incapacidad de entender por qué su dedicación y sus buenas intenciones eran entendidas como riesgo, convertidos en ruinas memorables a la espera de la jubilación, algunos sobrecargados por una rutina inexplicada e incomprensible… Todos ellos fueron un día ilusionados jóvenes por el bien común, y a todos los mató algo que no tiene que ver ni con la Administración ni con la función pública. Y no entenderlo así es querer permitir a los culpables que escapen indemnes mientras nos ensañamos en la denostación de sus tristes víctimas.

Una veterinaria libera un pato en el Parque de Doñana. (Reuters)

Todos los días, al empezar mi trabajo, me pregunto en qué puedo, desde mi pequeño rincón, ayudar a que este país, mi país, sea un poco mejor. Gasto unos segundos de tiempo en pensar, antes de exigir lo que el sistema me permite a mí, cómo puedo yo ser útil al sistema. Y como yo muchos, muchos, cientos de miles. Somos conscientes de que ahora tal vez sea más difícil avanzar. Somos conscientes de que a veces nuestros comportamientos resultan inexplicables, y sufrimos esa homogeneización en el descrédito de la que nos ha impregnado a todos un puñado de desalmados.

Yo no sé si habrá mucha gente que piense que con personas así se hace país, pero yo, ya un poco añoso como para poder cambiar, así lo creo. En cualquier caso, es la razón que me ha guiado por un camino que estoy orgulloso de haber recorrido. Nunca me he arrepentido, sigo pensando que la de funcionario es una hermosa profesión, y no encuentro razón alguna para, en lo que me reste, no seguir así pensándolo.

* Jesús Casas Grande es funcionario del Cuerpo de Ingenieros de Montes del Estado desde hace 34 años.

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