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DOCUMENTAL 'trump: an american dream'

Donald Trump: un "estafador" en la Casa Blanca

El sueño americano. Ese gran eslogan publicitario sobre el que se ha construido una nación como los Estados Unidos de América. Donde la imagen, el símbolo —¿el espejismo?— han derrotado a la realidad sobre el 'ring' de lo fundamental. Que Donald Trump haya llegado a la Casa Blanca no es una causa, sino un síntoma. Que sentado en el 'trono' del despacho oval, de la Presidencia 'del mundo libre' —como les gusta dibujarse al otro lado del charco—, haya ahora mismo un hombre que arrastra un largo historial de negocios fallidos, una cuestionable relación con la realidad y un desafecto absoluto por cualquier contradicción a su inestable voluntad es el efecto de un sistema incapaz de detectar y señalar sus propias malformaciones. Así cuenta 'Trump: An American Dream' —un documental estrenado en Netflix el pasado marzo, pero que merece una revisión ahora que el verano consiente— el fenómeno Trump más allá del hombre; una tormenta perfecta de cambios sociales —crisis económica, de valores e instituciones— que se han ido encadenando en Estados Unidos desde la segunda mitad del siglo XX y que han supuesto la llegada al poder ejecutivo en 2016 de alguien con quien nadie —o casi nadie— contaba.

En el país de los sueños, Trump es la gran fantasía americana. "Yo interpreto la fantasía de la gente", escribió en su libro 'El arte de la negociación' en 1987. "Lo llamo una hipérbole veraz. Es una manera inocente de exagerar y una forma muy efectiva de promocionarse". Obviando la agitada vida privada de un personaje que ya había hecho de sí un producto antes de llegar a la Casa Blanca, el principal interés de 'Trump: An American Dream', sobre todo para aquellos que no seguimos la trayectoria empresarial del neoyorquino, es el análisis que hace este documental de cuatro capítulos de la capacidad del emprendedor de engañar para sacar beneficio propio, caiga quien caiga, y de deformar a su antojo el relato de los hechos. En cualquier entrevista, Trump se ha vendido como un hombre "hecho a sí mismo", pero poco tiene de artífice de su propio éxito contar con el dinero y el apoyo de un padre millonario como Fred Trump, constructor de viviendas para familias de clase trabajadora en Brooklyn y hombre cercano al poder local.

Una imagen de Fred Trump. (Netflix)

Un pequeño dato que Trump olvida en su cháchara de emprendedor de éxito, que le sirve tanto para hablar de solares en venta como de señoras atractivas y casaderas. "Si piensas que hay algo que no puedes tener, no lo tendrás. Dicen que la mente humana usa un 1% de su potencial. Pero creo que si consigues usar un mayor porcentaje, puedes conseguir todo lo que quieras" o "Si crees que algún día serás propietario de algo, igual lo acabas siendo”. Su discurso siempre recurre al ditirambo, a la ornamentación: "el edificio más grande", "el máximo lujo", "un momento histórico". De nuevo, la hipérbole veraz.

Fue en los años 70 cuando Trump decidió volar por su cuenta y probarle a su padre —que lo había mandado a una academia militar a los 13 años—que podría ser un empresario más grande que su progenitor. Dio el salto a Manhattan y se hizo con la licencia para rehabilitar el icónico Hotel Commodore, que había tenido que cerrar por las deudas. En esa época a Nueva York le había estallado la crisis en plena cara y la ciudad sufría una de las tasas de criminalidad más altas de su historia reciente. Y en los negocios, al parecer, no se puede desaprovechar una buena crisis. Trump prometió reactivar el centro de la ciudad y decidió invertir 70 millones de dólares de la época para reacondicionar el Commodore, que pasaría a llamarse el Grand Hyatt Hotel. ¿El problema? Que el banco sólo lo prestaba 30 de los 70 millones. Así que Trump, el gran liberal, el hombre hecho a sí mismo, decidió acudir al Gobierno de Nueva York, entonces a finales de legislatura, para pedirle una exención fiscal.

"El nuevo hotel no pagaría impuestos hasta 40 años después de su reapertura". Eso era alrededor de 160 millones de euros

El mismo ayuntamiento que acababa de despedir a 19.000 trabajadores municipales (policías, basureros) y que había rozado la quiebra, el 20 de mayo de 1976, a través de la Junta de Estimación aprobó concederle al proyecto de Trump una exención fiscal de 40 años de duración a partir de la apertura del establecimiento. Es decir, que "el nuevo hotel no pagaría impuestos hasta 40 años después de su reapertura". Eso era alrededor de 160 millones de euros. ¿Qué beneficio iba a tener ese hotel para los ciudadanos de Nueva York, quienes, al fin y al cabo, con sus impuestos, iban a financiar gran parte de la reconstrucción del Commodore Hotel?

Un momento de 'Trump: An American Dream'. (Netflix)

El documental cuenta cómo, además, en sus comienzos Trump se apoyó en una figura realmente siniestra: la de Roy Cohn, un tipo que en 1954 había sido la mano derecha de McCarthy y que encabezó el subcomité del Senado que investigó las infiltraciones comunistas en el Gobierno para luego pasarse a llevar la defensa judicial de nombres ricos y poderosos, y algunos no demasiado honorables, como los de los padrinos de las cinco familias criminales de Nueva York. "Era la persona más despreciable que he conocido en mi vida", asegura uno de los entrevistados de 'Trump: An American Dream'.

"Los pisos no valían una mierda: la tarima del suelo era la más barata que había"

El siguiente paso de Trump en Nueva York fue construir su primer rascacielos, la Trump Tower, el buque insignia de su imperio. "La mejor propiedad del mundo está en la quinta Avenida con la 57 y es la esquina de Tiffany". Allí estaba el centro comercial Bonwit Teller, y después de comprar los derechos aéreos sobre Tiffany's —nunca se había comprado el espacio aéreo de algo que ya existiera—, tiró abajo el mercado —que tenía unas gárgolas en el lateral que la sociedad de preservación quería conservar— y construyó su ampulosa torre. Aunque en el documental, Barbara Res, la ingeniera encargada de la construcción reconoce que, más allá de las vistas y los servicios "los pisos no valían una mierda: la tarima del suelo era la más barata que había".

La Trump Tower en 2018. (Reuters)

La inauguración del edificio coincidió con la legislatura de un nuevo alcalde en Nueva York, Ed Koch, cuyo principal 'leitmotiv' era acabar con la corrupción. Cuando Trump fue a pedir su exención fiscal y el regidor se la denegó, Trump pidió a Cohn que demandase a la ciudad. "Construí la Torre Trump pensando que conseguiría la exención. Deberían concedérmela y tengo derecho a ella por ley". "No es verdad", le contestó una de las concejalas, aduciendo que "una élite de empresarios se estaban beneficiando de los ingresos que Nueva York necesitaba para causas sociales". Lo que provocó una lluvia de insultos, descalificaciones y menosprecios por parte del magnate que había copiado del mismo Cohn un estilo dialéctico agresivo. Y ese estilo agresivo se ve implantado también en su forma de hacer negocios. Trump siempre se ha jactado de ser un empresario de éxito, pero 'Trump. An American Dream' desmonta el mito que el propio magnate a construido a conciencia a base de entrevistas de televisión, libros de autoayuda, programas de telerrealidad e incluso juegos de mesa.

Los casinos de Atlantic City

Después de su desencuentro con Koch, tocó probar suerte en Atlantic City, el lugar perfecto para un apostador. El 14 de mayo de 1984 Donald Trump abrió su primer casino, el Trump Plaza; un año después, el segundo, Trump's Castle. "Tanto la competencia como los jugadores, todos decían lo mismo. 'Donald no sabe nada del negocio de los casinos'", reconoce uno de los entrevistados, el periodista financiero David Cay Johnston. "Yo era muy escéptico y la primera vez que fui a entrevistarlo en profundidad, semanas después de conocernos, le pregunté deliberadamente cuatro cosas a sabiendas de que contenían falsedades. Pensé que me corregiría, pero lo que hizo fue cogerlas tal cual e incorporarlas a su respuesta. Eso es lo que hacen los estafadores".

Una imagen de uno de los casinos de Trump. (Netflix)

Entre 1983 y 1987, Donald Trump compró una compañía aérea, un yate, un equipo de fútbol —los New Jersey Generals, entre 1984 y 1985—, una mansión y un jet privado. En abril de 1988 Trump abrió un tercer casino, el Taj Mahal: "Será el mayor edificio financiado de forma privada jamás construido. El edificio privado más grande. El edificio de mayor tamaño después del Pentágono". El problema: que nadie le quiso prestar el dinero para juntar los mil millones de dólares que necesitaba, así que tuvo que recurrir al mercado de valores y aceptar préstamos al 14% de interés que hacían inviable tener beneficios. Pero a los dos años los bancos le pedían el pago de los créditos y dejó a deber millones y millones de dólares a los proveedores.

"El día que vendió el Taj Mahal lo hizo como si fuera un éxito, hablando de 'una gran victoria', de 'grandes números', cuando en realidad con el Taj Mahal se hundieron los otros dos casinos y miles de personas con ellos", lamenta Steve Priskie, ex magistrado de la comisión de Control de Casinos. "Olvidemos al deudor. Las personas que le prestaron el dinero asumieron el riesgo; era su problema. Pero los proveedores y las pequeñas empresas que les proporcionaban servicios, equipamiento, suministros, esperaban que se les pagase a 30 días. Muchas empresas de Atlantic City cerraron porque no podían afrontar las pérdidas del dinero que Trump no les pagaba...".

Los inversores demandan a Donald. (Netflix)

En 1988 también pagó 408 millones de dólares por el Hotel Plaza de Nueva York —de ahí el cameo en 'Sólo en casa 2'— y en menos de cuatro años la compañía no pudo hacer frente a las deudas que tenía previamente el edificio —que ascendieron hasta los 550 millones de dólares —, así que tuvo que llegar a un acuerdo para declarar el hotel en bancarrota en 1992 y dejar la gestión a Citibank y otras cinco entidades. Su compañía aérea, Trump Shuttle, operó entre 1989 y 1992: tenía un diseño lujoso y se gastó una millonada en publicidad. Por la recesión económica, la subida del petróleo y los problemas financieros de los casinos, Trump Shuttle se quedó sin fondos en 1990. Tras una serie de negociaciones para acabar con la deuda, la compañía desapareció en abril de 1992.

Un cuarto de siglo después, y durante su campaña para las Presidenciales, Donald Trump siguió vendiéndose como un exitoso empresario, un triunfador, alguien a quien todo le sale a pedir de boca. "Escribo un libro y es un 'bestseller'. Creo un juego y se convierte en el más popular del país. Todo lo que hago sale bien", dice en un momento del documental. Y lo que hay preguntarse no es cómo él ha mantenido esa imagen de sí mismo, sino cómo la sociedad sigue comprando un producto que, bajo todo el oro que promete, sólo guarda oropel.

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