Juan Luis Cebrián, el académico que se deshizo de la literatura

El empresario de ha deshecho de Alfaguara, en una demostración más de cuáles son sus sensibilidades y también de cuáles son sus prioridades

Foto: Juan Luis Cebrián, el académico que se deshizo de la literatura

Cuentan que en su despacho ha colocado un mapamundi plastificado, en el que clava chinchetas de colores sobre los países en los que ha intentado colocar algún millón de los 3.200 con los que ahoga la empresa en la que su sabiduría se cotiza con un sueldo de 8,2 millones de euros anuales. El fondo buitre de jubilados estadounidenses ha picado el cadáver, también ha conseguido que los bancos refinancien la deuda a cambio de que su paciencia sea compensada con caricias y mimos.

En los últimos días, los lectores de este periódico han podido saber que se empeñó duro en incorporar a un magnate mexicano del transporte aéreo, después de que el salvador Carlos Slim comprara un 3,2% de la compañía de los Polanco. No se le puede reprochar que no haya parte del tablero que no se haya pateado con su jet privado, para tapar el agujero negro que ha alimentado en su reinado, disparando la deuda de la compañía desde los 400 a los miles de millones mencionados.

Penguin Random House entra en la Real Academia Española, al adquirir todo el fondo de Alfaguara y las obras que publica para la instituciónEsta semana, además, Juan Luis Cebrián ha vuelto a confirmar que es el prototipo de CEO a la española tras deshacerse de la marca literaria de la casa, de la justificación intelectual del grupo, y lo hizo por menos de lo que le ha costado Neymar al Fútbol Club Barcelona o Gareth Bale al Real Madrid. Como retrato del país no está nada mal. Pero no sólo ha perdido una editorial consolidada a lo largo de cinco décadas. Su trascendencia académica también queda tocada.

El presidente ejecutivo de Prisa tomó posesión del sillón “V” el 19 de mayo de 1997 en la Real Academia Española -tres años antes de comprar Alfaguara-, con el discurso Memoria sobre algunos ejemplos de la transición política en la obra de Gaspar Melchor de Jovellanos. Entonces alabó los méritos del periodismo en la construcción y mantenimiento de nuestra lengua y legitimó su participación en el cenáculo. “No es ninguna novedad este encumbramiento académico de los periodistas, y eso sin tener en cuenta la asiduidad con la que otros eligen los diarios como soporte preferente de sus escritos”.

Juan Luis Cebrián, junto con el director de la RAE José Manuel Blecua.
Juan Luis Cebrián, junto con el director de la RAE José Manuel Blecua.

El gran ilustrado

“Me toca suceder, al cabo de doscientos años, al mejor y más representativo miembro de nuestra Ilustración. Un reformista y un modernizador, palabras que todavía suenan como símbolos de rebeldía en esta España tan proclive a resistirse al progreso. Un sano espíritu liberal, que hizo compatible la moderación de sus convicciones con la energía a la hora de defenderlas frente a los ataques de la envidia y el odio”, para el empresario le parecía que había “demasiadas coincidencias”. La humildad tampoco ha sido una de sus virtudes.

Ese espíritu liberal, reformista y modernizador es el que le ha llevado a decir una y otra vez que “esto de la prensa, tal y como la conocíamos, se ha acabado” (en Jot Down). Su capacidad visionaria ya ha quedado demostrada en la cuenta de resultados de la compañía que preside. Algo así debe pensar de su otro negociado para justificar la incapacidad de mantener una editorial lejos de la ruina: “Esto de la literatura, tal y como conocíamos, se ha acabado”.

Lo que se ha acabado para él es el negocio de la literatura, también en la Real Academia Española. La RAE es, sobre todo, una gran máquina editorial que hasta el momento se ha repartido -en acuerdo tácito- los productos entre Planeta y Santillana. ¿Qué pasará en estos momentos con las colecciones que editaba Alfaguara? Fuentes de esta editorial aseguran que el fondo ya publicado con la Academia se quedará en las arcas del nuevo propietario del sello. Es decir, Penguin Random House entra en la Real Academia Española.  

De los diez diccionarios diferentes en la calle, 7 los publica y comercializa Espasa y tres Santillana; de las ocho gramáticas distintas, todas son para Espasa; los cuatro volúmenes de ortografía también los comercializa Espasa; las tres ediciones conmemorativas, tres de Alfaguara; la biblioteca clásica de la RAE (que reunirá la tradición literaria española e hispanoamericana) escapa de la influencia de los dos grupos, la edita Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores; Espasa también publica el diccionario de refranes, el diccionario léxico hispánico primitivo, la historia de la RAE y el buen uso del español. Alfaguara realiza una colección Tercer Centenario, con obras de autores y académicos del siglo XIX y XX.

Cebrián e Ignacio Polanco.
Cebrián e Ignacio Polanco.

En el reparto la Academia apuesta por Planeta y en las colecciones por Alfaguara. Con la venta de Alfaguara por 72 millones de euros, los próximos contratos con el sello quedan en el aire. Pero se antoja imposible que la Academia decida encargárselo todo a Planeta, dado que de los 42 académicos de número actuales 9 de ellos publican sus novedades con Alfaguara, a pesar de estar en clara desventaja frente a los que están vinculados al grupo de José Manuel Lara: 18. El resto, 15, no publican con ninguno de los dos sellos, podríamos llamarles “los independientes”. ¿Dónde publicará ahora Cebrián, en caso de hacerlo? ¿Planeta? ¿Llegará a ser CEO de la RAE? ¿Acabará la Academia como Alfaguara?...

La venta de Alfaguara muestra al emperador desnudo, sin el disfraz cultural, sin el brillo que ofrece la intelectualidad, sin el abrigo de todos esos escritores y pensadores, que como Gaspar de Jovellanos reflexionan sobre la construcción de un mundo más justo, una sociedad que rebaje y controle las aspiraciones de los más ambiciosos y reparta entre la comunidad. No destripo nada al afirmar que el desenlace de su novela es el fracaso. El progreso es la igualdad y Cebrián no forma parte de ese relato. 

La mejor novela de todo esto muestra una empresa cultural que lava la conciencia de los negocios y encubre (y encumbra) la usura de sus dueños. Unos, los antiguos, para despejar sus deudas. Otros, los nuevos, para asaltar nuevos mercados. Y en medio, la literatura, produciendo para sus productores, no para sus lectores. 

Animales de compañía

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