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García de la Concha, el intocable de Planeta
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Peio H. Riaño

Animales de compañía

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Peio H. Riaño

García de la Concha, el intocable de Planeta

Hay una parte de España que ha convertido un Estado soberano en un chiringuito mugriento, en el que las copas corren con cargo ajeno

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Hay una parte de España que ha convertido un Estado soberano en un chiringuito mugriento, en el que hay barra libre. Es esa parte española que huele a mierda y a muerto. Y es tan pequeña, tan mínima que ha procurado hacerse representativa de todos los españoles a lo largo de estos años tan democráticos, tan silenciosos, con tanto consenso, con tantos cómplices y mayordomos que les han arreglado los cortijos, les han llenado la nevera, les han limpiado las miserias, les han arreglado las puertas que no cerraban bien, feligreses de alcoba que les han hecho la cama después de contratarles la mejor compañía. España, la nación donde la mediocridad es la materia que más aporta al producto interior bruto, donde los caciques andan todavía dictando normas para todos que benefician a pocos, haciendo de la bandera un traje a su medida para reinar sin cuestión. Esa España infecta es el país que ahora se derrumba a la vista de todos, la que emerge de sus cloacas más muerta que nunca y muestra un cadáver, que se resiste a levantarse de los sillones del poder desde los que han estafado a la responsabilidad, desde donde han violado a la confianza, apaleado a la decencia y pisado el compromiso.

Democracia y Democracia en B, las dos nuevas Españas. En esta última, el paisaje desaparece píxel a píxel y asoma la tropa de amigos con cargo al fisco. Amigos cuyo mayor logro, como bien refleja la hoja de servicios, se resume en una palabra: cliente. El político es el cliente más fidelizado y el que mejor fideliza. Rendirle lealtad a su producto supone garantía y bienestar hasta el final. Lealtad, la cláusula con la que se ha firmado la Transición que se muere. Gregorio Morán y Víctor García de la Concha son la cara A y B de ella: uno revisa y ajusta cuentas con el proceso, el otro -académico, exdirector de la RAE y actual responsable del Instituto Cervantes- forma parte de lo que el escritor y periodista empezó a tirar abajo con el ensayo El precio de la Transición (1991) y que parecía haber rematado con la biografía de Adolfo Suárez, Ambición y destino (2009). Sin embargo, a Morán le queda tanto carrete como a De la Concha y, al final, sólo podrá permanecer una de las dos caras del disco.

De la Concha, un hombre que sabe jugar sus cartas en bibliotecas y despachos, que está en todas las salsas patrias, tiene el aparato cultural a su favor, después de regentar la casa del español desde 1998 a 2010, en tres mandatos. El último se lo regalaron porque lo ordinario son dos. El próximo enero, con 81 años, cumplirá tres años al frente de la otra nave del español, el Cervantes, en el que aterrizó tras la negativa de Mario Vargas Llosa y así salvar al nuevo Gobierno y a su ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, de la primera crisis al mes de estrenar cartera. Nada más llegar impuso que se modificara el reglamento para otorgarle rango de secretario de Estado.

Censurando, que es gerundio

Durante su mandato ya han saltado a la luz pública dos demenciales casos de censura que vienen a confirmar, uno, que muchos han suspendido en Primero de Transición (a pesar de haber muerto), y, dos, que el deporte nacional sigue siendo la Autoridad, y que la potestad… ¿Potestad? Su otra gran aportación a la entidad es salvar las cuentas desamortizándola. A finales del año pasado colgó el cartel de “Se vende” de cinco edificios que en otra época fueron emblema del Cervantes.

El nuevo episodio de represión que apunta hacia su poltrona, contribuye a la degradación de un sistema cultural corrupto por los intereses y los favores, que cuestionan el bien común y evidencian el lavado de imagen de quienes no consienten que el orden natural sea diferente a como ellos lo han escrito. El cura y los mandarines es el libro censurado por la empresa de José Manuel Lara, que, tal y como ha informado este periódico, ha retirado de la venta por, según Morán, expurgo del capítulo de once páginas dedicado a De la Concha; según, la empresa, por miedo a los tribunales dado el tono del libro.

En este caso, la autocensura de Planeta evitó –debieron creer- la llamada de la censura y el ensayo dedicado a la cultura y la política en este país, entre 1962 y 1996, se quedó a las puertas de las librerías, a pesar de estar anunciado desde hace meses y en preventa. Los abogados de la empresa leyeron el manuscrito de Morán con ojos diferentes a los de la editora de Crítica, Carmen Esteban. Y sobre la planta de los abogados, la de los intereses crematísticos de una empresa que no puede prescindir del canon que recibe por hacer el Diccionario de la RAE, que, curiosamente, esta semana presentará a bombo y platillo su edición XXIII, un día después de que Planeta haga lo propio con su Premio. La sombra del exdirector es demasiado alargada y, al parecer, el texto deja en entredicho su actuación al frente de la RAE.

Demasiados acontecimientos sensibles como para arruinarlos con el ruido de la crítica a la otra España, la que está agotada, la que mira por la buena marcha de los cortijos arruinados, la que no quiere que se sepa nada, la que evita que se lea algo que no tenga el visto bueno de abogados y empresarios, la que ha hecho de los escritores y sus editores una comparsa bulímica de los intereses de empresas desorientadas en un escenario de decadencia y dolor, la España de la cultura del atontamiento que ha hecho del consenso el bálsamo de sus lujos. Ahora toca preguntarse qué se corrompe antes, la realidad, las palabras o las personas.

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