Podemos y Villa Meona: la hipoteca que Pablo Iglesias e Irene Montero jamás podrán pagar

Chalet con piscina en la sierra. He aquí un lugar común del folclorismo madrileño asociado al arribismo social desde los 50. Un estigma cultural con el que Podemos cargará de por vida

Foto: Montaje: E. Villarino.
Montaje: E. Villarino.

"Esto puede ser nuestra Villa Meona". Profecía de un miembro del sector crítico de Podemos sobre el chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero en Galapagar. Si de arquitectura y lujo hablamos, la comparación es muy exagerada: el chalet de Pablemos es un cobertizo mugriento e insalubre comparado con la villa de 13 cuartos de baño de Isabel Preysler y Miguel Boyer en Puerta de Hierro. Pero si de lo que hablamos es de simbología, la comparación no es descabellada, ya que lo simbólico opera en unas claves diferentes a las de la cruda realidad.

Ejemplo de esta escisión entre símbolo y realidad: cuando Boyer entró a vivir a Villa Meona (otoño de 1992), hacía más de siete años que había abandonado el ministerio de Economía, el gobierno socialista y la política activa, lo que no fue óbice para que su 'casoplón' cuajara como ejemplo total de la degeneración cultural del felipismo, más cercano a la 'beautiful people', el dispendio y la corrupción que al pueblo llano. Y ponte tú a recordar la fecha de la dimisión de Boyer 26 años después...

La línea de defensa de los pablistas sobre el chalet tiene su aquel. Se quejan de que, a) los medios husmean en su vida privada hasta el acoso, y de que, b) la derecha les ataca por cuestiones ideológicas. Todo esto es cierto, pero no explica el 'shock' de la izquierda con el 'chaletgate'. Y aunque el debate en el interior del podemismo (Kichi contra Monedero) se ha centrado en la pérdida de pureza obrera de Pablo e Irene, tampoco eso explica del todo el malestar de fondo, al margen de que plantearlo solo en esos términos —ser austeros— tiene algo de callejón sin salida: si el abuso del discurso contra la casta le ha pasado factura a Podemos —la insistencia en la corrupción como problema moral, individual y privado que se soluciona retirando las manzanas podridas y dando ejemplo viviendo como ascetas en Vallecas— tampoco parece tener sentido redoblar ese discurso criticando a Iglesias por no vivir como un monje shaolin pordiosero.

Collage de la revista 'Mongolia'.
Collage de la revista 'Mongolia'.

En otras palabras: si parte de las críticas derechistas al chalet rezuman clasismo y pijismo (¡cómo se atreven estos malditos perroflautas a vivir como nosotros, eh, cómo se atreven, pero estamos locos o qué!), no es menos cierto que a la izquierda le encanta jugar a ese juego: nosotros sí que vivimos como Simón del Desierto —en penitencia, sobre una roca de ocho metros, ingiriendo una aceituna al día y bebiendo nuestra propia orina— no como esos derechistas degenerados que comen tres veces al día. Retroalimentación cultural de libro entre la izquierda y la derecha. Todos contentos pues.

El chiste eterno

Si gano las generales, seguiré viviendo en Vallecas, presumió Iglesias. Pero, ¡ay!, cuando conviertes la virtud privada en el punto fuerte de tu política, ¿qué margen tienes tras comprarte un chalet de 600.000 euros? ¿Puede el podemismo asumir sin chiflar que Pablo Iglesias pase en pocos segundos de héroe obrero a habitante del nirvana (la zona noroeste de la periferia capitalina) de las clases pudientes madrileñas?

Todo proceso de desclasamiento lleva su tiempo y genera desgarros: pero cuando este proceso simbólico se culmina a todo gas y por sorpresa —lo inesperado en política puede ser letal, ¿verdad Mariano Rajoy?— la guerra cultural nuclear no hay quien la pare, como demuestra la descomunal tormenta de chistes —muchos de ellos desde la izquierda— sobre el chalet podemita. Dado que el choque de contrarios es la gasolina de la comedia —y que Pablo Iglesias ha pasado de cargar contra los que viven en casas de 600.000 euros... a comprarse una— los chascarrillos podrían perseguir a Podemos hasta el siglo XXIII.

Si las palabras claves de Villa Meona fueron: 13-cuartos-de baño; las de la casa podemita en Galapagar son: chalet-con-piscina-en-la-sierra. He aquí el quid cultural de la cuestión, lo que Pablemos no ha calibrado bien, el monumental error de cálculo de unos líderes que presumían de su habilidad para manejar lo simbólico. Si Pablo Iglesias e Irene Montero no han visto venir que sus feligreses iban a gripar tras oír las palabras chalet/piscina/sierra, es que la política institucional les ha alelado.

'Las verdes praderas'.
'Las verdes praderas'.

Aunque Galapagar queda fuera (por poco) del hábitat natural de las clases opulentas madrileñas (el Cinturón Pijo de 'urbas' exclusivas al noroeste de la capital, entre Torrelodones, Las Rozas, Majadahonda y Pozuelo), sí entra dentro de un imaginario popular vigente desde los años 60: el chalet en la sierra como rito de paso del cambio de clase. Trasfondo, por cierto, de una de las películas básicas de José Luis Garci: 'Las verdes praderas' (1979).

Chalet, piscina, sierra... Tres palabras icónicas del folclorismo madrileño. El chalet como residencia de los pijos o de los progres, pero que siempre simboliza la escalada y el éxito social: de los altos cargos del felipismo (Felipe incluido) a los prohombres de la administración actual, como el exministro de Economía Cristóbal Montoro; por no hablar del modesto chamizo de 1 millón de euros al que se ha mudado Albert Rivera en una de las zonas más exclusivas del noroeste madrileño. Una tradición que viene de lejos.

En 'Urbanización y crisis rural en la sierra de Madrid' (1977), Manuel Valenzuela Rubio analiza cómo la publicidad de las 'urbas' durante el desarrollismo franquista reflejó esta "nueva mentalidad": "La pseudovaloración de lo natural es el rasgo más destacable, expresada en la reiteración de términos tales como sierra, montaña, sol, monte, bosque, atmósfera, primavera… Una naturaleza reservada al uso exclusivo de unos pocos privilegiados pertenecientes a una escala social superior, mentalidad implícita en términos tales como privilegio, exclusivo, privado, señorial, regio, etc.", resumía Valenzuela sobre las palabras más repetidas en los anuncios de las promotoras inmobiliarias.

Una naturaleza reservada al uso exclusivo de unos pocos privilegiados pertenecientes a una escala social superior

"Lo que se ofrece, en definitiva, es naturaleza hecha confortable, que hará posible al futuro beneficiario una vida más feliz y saludable; en efecto, palabras como felicidad, salud, disfrutar, confortable, vivir bien son expresivas de todo lo que puede esperarse de la adquisición de una parcela y construcción de una casa en algunas de las urbanizaciones de los alrededores de Madrid", añadía Valenzuela Rubio, catedrático emérito de Geografía Humana en la UAM.

He aquí algunos de los eslóganes publicitarios de la época:

"Para usted que siempre deseó vivir en un lugar bello, saludable, exclusivo" (Monte Norte, Torrelodones).

"Monte Escorial, donde Madrid se hace regio".

"Usted en su confortable apartamento-jardín de la sierra" (La Jarosa de la Sierra, Guadarrama).

"La ciudad-jardín donde el terreno se viste de etiqueta" (Villafranca del Camino, Villanueva de la Cañada).

"Solo para 109 familias decididas a vivir bien" (Urbanización Club 109 Villas, Pozuelo).

Gentes regias, que visten de etiqueta, a las que les gusta vivir bien y en ambiente exclusivo… En efecto, parece más una canción de Julio Iglesias que el programa cultural de Podemos.

"Colegios privados, fiestas en la sierra, coches pagados por los padres. Igual que ahora, el mundo era muy sencillo si tenías la suerte de tener pasta"

En las piscinas privadas

El chalet en la sierra siempre ha sido sinónimo de estar en la cresta de la ola: bien porque uno estaba forrado y se lo podía permitir, bien porque culminaba así su ascenso por la pirámide social. No diga casa en la sierra, diga ¡weeeeeeah! "Lo de la casa en la sierra es un localismo pijo madrileño que tiene traducción muy fácil a otras comunidades autónomas de nuestra piel de toro: casita en Hondarribia, chalet en Getxo, pazo en Sanxenxo, adosado en El Puerto, piso en Santander o masía en el Ampurdán", escribe Raquel Peláez en su monumental trilogía sobre lo pijo en 'Vanity Fair'.

En 'Fui un pijo adolescente en el Madrid de los 90', obligatorio artículo de Javier Suárez en 'Vice', se resalta desde la entradilla la importancia simbólica del chalet en el imaginario pijo de la época: "Colegios privados, fiestas en la sierra, coches pagados con el dinero de nuestros padres. Igual que ahora, el mundo era bastante sencillo si tenías la suerte de tener pasta".

"Como buenos pijos, no es que no pasásemos de Kapital, es que más allá de Atocha acababa la Tierra. Nosotros éramos más de mirar al Norte, a la sierra. Muchos teníamos casas allí y padres que se iban de viaje de vez en cuando, así que subíamos a dar rienda suelta a nuestro 'angst' adolescente", escribe Suárez.

¿Significa esto que en la sierra solo hay gentes y ambientes selectos? No, en la sierra hay de todo y depende de en qué parte se mueva uno, pero el chalet como culminación del cambio de estatus domina el imaginario colectivo, como reflejó Garci: en 'Las verdes praderas', a una pareja le entra el telele existencial tras mudarse al 'casoplón' en la sierra. O el vacío cultural de la nueva clase media aburguesada y consumista de la transición a la democracia.

El malestar de un sector del podemismo con el chalet tiene, por tanto, raíces culturales profundas. Si Pablo Iglesias cree que puede despacharlo acusando a la derecha de acoso y recurriendo a un plebiscito ventajista, quizá sea porque no ha entendido del todo ni lo que ha pasado ni lo que puede pasar: que dentro de treinta años, cuando rememoremos su paso por la política española, su chalet en Galapagar ejerza el mismo rol que Villa Meona para el felilpismo. Podría pasar. Puede ser injusto, exagerado y disparatado, pero lo simbólico tiene razones que la razón no entiende.

Irene Montero y Pablo Iglesias pueden cargar con esta hipoteca cultural hasta el fin de sus días. Una hipoteca impagable.

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