Bienvenido al infierno español: el lado oscuro de James Rhodes

La historia de amor entre España y el pianista británico entra en una crisis (de Estado) de impredecibles consecuencias

Foto: El pianista James Rhodes. (EFE)
El pianista James Rhodes. (EFE)
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Estimado James Rhodes: te lo digo de hombre a hombre, de español a español, LAS CROQUETAS LAS CARGA EL DIABLO.

El pianista británico James Rhodes ha triunfado a lo loco en España. Primero arrasó con un libro de memorias, 'Instrumental', sobre los abusos que sufrió de niño y el poder sanador de la música clásica. Luego se hizo popular tras afincarse en Madrid y entusiasmarse con nuestras costumbres cotidianas. Por último, logró colocar en la agenda política los abusos a menores. La gente le adoraba, el presidente del Gobierno le escuchaba, Rhodes iba por todos los rincones de Celtiberia luciendo una sonrisa llena de dientes… hasta que todo empezó a ir mal… como estaba previsto: la historia de amor entre España y James Rhodes solo podía acabar como el rosario de la aurora. Es un clásico cultural eterno: intentar regenerar España, cantar sus virtudes... para acabar soltando bilis cada vez que se oye la palabra 'España'. Crónica de un psicodrama anunciado.

La popularidad del músico se desmadró en 2017: vino a vivir a Madrid y, tras unas horas de aclimatación, procedió a una desenfrenada apología tuitera de lo español, de sus costumbres, del bello, campechano y dicharachero pueblo cañí.

Es un clásico cultural eterno: intentar regenerar España y cantar sus virtudes y acabar soltando bilis cada vez que se oye la palabra 'España'

Rhodes describió su amor a España en ‘El País’: “Ver a la gente de paseo, tan tranquila (imposible en Londres), o esperando a que el semáforo se ponga en verde (no lo había visto en la vida). Contar la cantidad de parejas que van por ahí de la mano. Sonreír al contemplar la majestuosidad de Serrano, donde una chaqueta cuesta lo mismo que un coche. Ver una obra increíble en El Pavón Teatro Kamikaze, picar unas croquetas que literalmente pueden cambiarte la vida en el restaurante Santerra, reírte de lo buenos que están los cruasanes del Café Comercial, presenciar cómo los profesionales de 'Sálvame' analizan el lenguaje corporal de Letizia frente a un público embelesado. Las diferencias entre este país y el Reino Unido son incontables”.

La sinceridad naíf del pianista polarizó a España: estaban sus fans y estaban sus 'haters', a los que se acusaba de cínicos, de no tener sensibilidad, de estar podridos por dentro.

En el fondo, aquello no era nada nuevo: cuando uno viaja al extranjero, es normal que le fascinen cosas que los indígenas pasan por alto por exceso de uso. Ocurre que lo de Rhodes era eso —la mirada entusiasta, pura y virgen del turista— elevada a lo imparodiable: Rhodes veía la vida (española) de color de rosa, Rhodes salía a la calle y lo flipaba con los detalles más nimios, Rhodes parecía a punto de escribir una oda a la belleza cegadora de las cacas de perro de la calle Claudio Coello.

Me he tirado horas en el Carrefour de Peñalver abrumado por los colores, los sabores, los olores y lo fresco que es todo

Atentos a este párrafo de uno de sus artículos: “Me he tirado horas en el Carrefour de Peñalver abrumado por los colores, los sabores, los olores y lo fresco que es todo (en Londres algo así es impensable), he visto tomates del tamaño de un balón de fútbol en la frutería de mi calle, he recibido bizcochos de unos vecinos que, en lugar de quejarse por el ruido, me piden que toque el piano un poco más fuerte. He descubierto las natillas”. Sí, parece una parodia de James Rhodes que me acabo de inventar, pero es James Rhodes puro y sin cortar.

Resumiendo: si usted no cae en éxtasis cada vez que paladea una croqueta, es culpa suya (quizás esté usted pútrido por dentro, hágaselo mirar).

Y sigue:

“A lo mejor no me creéis, pero no os miento si os digo que aquí todo es mejor. Los trenes, el metro, los taxistas, los desconocidos amabilísimos, el ritmo de vida tranquilo... Me encanta este país. Para mí, está en lo más alto. Metafórica y literalmente. Antes nunca miraba hacia arriba; caminaba con la vista clavada en la acera o el móvil. Aquí en España lo miro todo con asombro. Os miro a vosotros y vuestra belleza me ciega”.

Esto lo escribió Rhodes hace seis meses. Un amor incondicional y exagerado. Un enamoramiento costumbrista más allá del absurdo. Y claro: solo era cuestión de tiempo que llegara... LA GRAN HOSTIA.

Los gemelos malévolos

Contexto: Rhodes publicó en agosto una columna sobre abusos a menores dirigida al presidente del Gobierno. Menos de 24 horas después, Pedro Sánchez lo recibió en Moncloa para impulsar una nueva ley para erradicar la violencia que sufre la infancia. Rhodes se codeaba con el presidente, empezó a ir a actos con Colau y Carmena, era una estrella del rock con una misión.

Pero, ¡ay!, aunque las cosas de palacio suelen ir despacio, a Rhodes le entró la prisa, detectó maniobras aviesas de la oposición para retrasar su ley (con el único objeto de jorobar a Pedro Sánchez) y escribió (el pasado mes) una columna de denuncia en ‘El País’. Se trata de un artículo histórico en todos los sentidos: Rhodes había pasado en tiempo récord del amor enfervorecido a España al mal rollo extremo. ¿Los culpables? En efecto, lo han adivinado, nuestros perversos políticos (especialmente, los gemelos malévolos Casado y Rivera) y nuestros no menos degenerados periodistas. Atención, que vienen curvas:

1) “He sido testigo de los tejemanejes, la hipocresía y la falsedad de muchos políticos, periodistas, cadenas de televisión y otras organizaciones que tienen un cometido público que no están cumpliendo. Y debería caérseles la cara de vergüenza, porque están jugando con las vidas de los más pequeños”.

2) “Si no se presenta la nueva ley en el Congreso a finales de año y se aprueba en 2019, todos los partidos políticos de este país, de un modo u otro, serán cómplices de la muerte de más niños en los próximos meses y años. Es más, no solo serán cómplices de estos asesinatos inútiles y absurdos, sino también de los miles de abusos, violaciones y actos de violencia que se cometan contra los niños y que son un cáncer que destruye día a día nuestra sociedad".

3) “La prensa es igual de culpable: se dedica a rebuscar alegremente en el pasado de los ministros y se niega a implicarse en las necesidades y medidas políticas que deben (y pueden) ponerse en práctica ya mismo”.

Cojamos un poco de aire… Si estas afirmaciones de Rhodes le parecen a usted demagógicas, vaya inventándose una nueva palabra para describir los siguientes párrafos de su artículo:

4) “Los partidos de la oposición están tan sedientos de votos y de reconocimiento que no piensan permitir que el Gobierno consiga una victoria que pueda hacerle ganar votos en las próximas elecciones. Aunque Rivera y Casado se comprometan en privado a apoyar la ley y aunque todos los partidos sepan que urge tener una ley que proteja a nuestros menores, prefieren dejar que estos se mueran antes que permitir que el nuevo Gobierno presente esta ley como un logro propio”.

5) “Los líderes de los cuatro principales partidos son padres. Casado prometió dar su apoyo a la ley en privado, en una oficina llena de dibujos hechos por sus hijos pequeños. Y su mujer es profesora de educación infantil. Señor Casado, le aseguro que, por lo menos, uno de los alumnos de su mujer sufre abusos. Es probable que muchos más”.

Medio año después, la España que disfruta de la vida y en la que hasta los taxistas comen flores se había convertido (en la cabeza de Rhodes) en el país con mayor número de violadores infantiles por metro cuadrado. En un lugar cuyos políticos protegen a los fornicadores más terribles que uno pueda imaginar. En el infierno en la tierra.

¿Les genera todo esto mal cuerpo? ¿Es lo más turbio que han leído en sus vidas? Pues es pura sutileza y elegancia comparado con el festival de golpes bajos del final del artículo del genial pianista:

La España que disfruta de la vida se había vuelto (en la cabeza de Rhodes) el país con mayor número de violadores infantiles por metro cuadrado

6) “Os prometo que si hubieran forzado, penetrado oral o analmente, estrangulado, golpeado y utilizado como si fuera poco más que un juguete sexual a alguno de los hijos de Sánchez, Casado, Iglesias o Rivera (esa fue mi vida de los seis a los 10 años), yo no tendría que escribir este artículo hoy”.


Repetimos: 'demagogia' se queda corta para describir esto. La palabra que lo describe mejor sería: se-te-está-pirando-la-cabeza-James-Rhodes.

A ver, James, seguro que tus intenciones son las mejores, esta ley puede ser justa, necesaria y urgente, pero, oye, ¿era estrictamente necesario acusar a media España de jalear la pederastia para lograr tus nobles propósitos?

Y sigue (cuesta abajo, sin frenos y absolutamente enloquecido):

7) “Si los niños pudieran votar, yo no tendría que escribir este artículo hoy. Si los políticos fueran igual de valientes que los supervivientes que se atreven a romper el silencio y antepusieran la humanidad a sus jueguecitos de poder, yo no tendría que escribir este artículo hoy. Me parece increíble tener que seguir reivindicando esto, joder. Es increíble que tenga que pasarme infinitas noches en vela pensando en esto, llorando de la rabia”.

8) “Es increíble que mi madre esté sometiéndose en este momento a un tratamiento de quimioterapia de ocho sesiones y a un trasplante de células madre que le dará un 60% de posibilidades de seguir viva en cuatro semanas y que yo tenga que buscar horas para escribir este artículo al pie de su cama del hospital”.

Sí, han leído bien. O cuando al mal rollo y al melodrama tendencioso le sumamos el empacho (croquetil) megalómano.

¡El horror! ¡El horror! ¡El horrooooooooooooooor!

El artículo incendiario de Rhodes empezaba así:

“Siempre hablo y escribo sobre lo mucho que amo España. Este país me ha cambiado radicalmente la vida a mejor y ansío tener un día la suerte de poder pedir la nacionalidad. Cada vez que expreso la admiración, fascinación y adoración que siento por este país, alguien me dice: 'Ya verás cuando descubras la verdadera España'. Algo que jamás creí y que me tomaba como una salida de tono del típico tuitero anónimo cabreado. Pero creo que empiezo a entender a lo que se referían”.

Y acababa asá:

“Y a pesar de todo, mi amor por España no se ha enfriado”. Claaaaro, claaaaro. Bienvenido al infierno español, Mister Rhodes.

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