Una teoría sobre el crimen de las niñas de Alcàsser que no va a gustar a casi nadie

El documental de Netflix sobre el asesinato analiza la retroalimentación entre prensa amarilla y familiares de las víctimas

Foto: Fotograma del documental de Netflix.
Fotograma del documental de Netflix.

Hay cierta tendencia a ver el caso de las niñas de Alcàsser como una historia de padres coraje (buenos), periodistas (malos) y Estado de derecho (chapucero). Hay gente que compra las tres cosas, gente que compra dos y gente que compra una.

Pero esta opinión va sobre todo lo contrario: padres coraje (malos), periodistas (buenos) y Estado de derecho (eficaz). Si a usted le gusta seguir viendo agujeros 26 años después, se ha equivocado de artículo. El crimen de Alcàsser tiene tan pocos agujeros que parece tuneado por un comando de Leroy Merlin.

Periodistas buenas

‘El caso Alcàsser’ (Netflix) es una serie documental de cinco horas que repasa tanto los excesos periodísticos (amarillismo) como los narrativos (conspiraciones) que rodearon la investigación. Aquí se escuchan (casi) todas las versiones. Los creadores intentan no subrayar su posición, aunque las críticas a algunos medios/periodistas son evidentes, lo que no es ninguna novedad: Alcàsser es historia viva del amarillismo español desde 1993 ('El País' cargó ya entonces contra las teles por dar carrete a unos familiares de víctimas tan exaltados como dispuestos a propagar infundios sobre el crimen).

Más novedoso es ver cómo la serie da voz a las periodistas —Teresa Domínguez y Yolanda Laguna, del 'Levante EMV'— pioneras en desmontar las teorías de la conspiración: explican lo difícil que fue enfrentarse desde un periódico regional tanto a las teles nacionales como a la turbamulta conspiranoica. O Alcàsser como un caso en el que (también) hubo periodistas buenos.

Padres coraje malos

Es cierto que el contexto histórico no ayudó a apagar la llama conspiratoria. La cultura de la sospecha contra los poderes fácticos gubernamentales vivía entonces máximos históricos en democracia: estábamos en pleno fin de régimen (socialista), con la corrupción campando a sus anchas, Roldán en fuga asiática y el Gobierno mintiendo para tapar sus vergüenzas.

El padre coraje Fernando García, gran protagonista del serial, fue el ideólogo de la teoría de la conspiración junto al criminólogo Juan Ignacio Blanco (con la inestimable ayuda del programa 'Esta noche cruzamos el Mississipipi'). Dice Fernando García que cuando se hizo con el sumario del crimen (robándoselo a un abogado) comprobó que todo aquello (la teoría alternativa) no había sido “una fantasía o una iluminación” suya. El sumario demostraba —según él— que a su hija "no la habían matado los mindundis esos [Anglés y Ricart]". Hablaba desde un pozo (de dolor) sin fondo que era imposible de llenar con dos 'don nadie'. El azar y la aberración de dos delincuentes de baja estofa no podían dar sentido a algo tan chungo como la muerte de una hija. Había que dar sentido al sinsentido. Tenía que haber algo más. O cuando el dolor (y la expectación mediática) es tan grande que ha de llenarse con una conspiración de Estado.

Hasta aquí la empatía con el familiar de una víctima... al que le gustaban mucho las cámaras. Porque quizás ha llegado el momento de llamar por su nombre (¿golfo?) a Fernando García.

Porque el delirio de Fernando García llegó tan lejos que a) defendió con uñas y dientes a Ricart y Anglés, es decir, a los asesinos de su hija (que se dice pronto), b) montó una fundación para ayudar a otros familiares de víctimas... y se quedó con el dinero recaudado, como reconoció en una cámara oculta de un programa de Canal Nou (hablamos de más de 78 millones de pesetas, que gastó en un bólido de lujo y dos áticos dúplex, según dicho programa), y c) acabó indignando a los otros padres y madres de las niñas de Alcàsser por su errático comportamiento.

Estado de derecho eficaz

La instrucción fue muy buena y las pruebas eran abrumadoras

El ‘true crime’ —documentales sobre sucesos— es el género televisivo de moda. Se trata de un género caracterizado por los falsos culpables, por los errores judiciales grotescos, por los abusos policiales, por las tramas perversas sobre los poderes fácticos. Pues bien: ‘El caso Alcàsser’ es un ‘true crime’... al revés. Pese a que las teorías de la conspiración siguen vivas un cuarto de siglo después, y algunos siguen hablando de caso abierto, Alcàsser es uno los asesinatos mediáticos resueltos de un modo más rápido y diligente de la historia de la democracia. Pocas horas después de encontrarse los cadáveres, ya había pruebas, confesiones y culpables contundentes. He aquí la gran paradoja: quizá fuera lo fulminante de su resolución lo que activó el delirio conspiratorio. Tras semanas y semanas de cobertura televisiva en 'prime time' —pasaron dos meses y medio entre el asesinato y la aparición de los cuerpos—, no era tan sencillo parar la rueda del 'shock', el dolor y la indignación. Tampoco la de hacer dinero.

'El caso Alcàsser', en definitiva, es un 'true crime' en el que hay poco que aclarar sobre la versión oficial. Lo dijo hace tiempo Vicente Fenellós, abogado del Estado, en un reportaje estupendo de 'Valencia Plaza': "La instrucción fue muy buena y las pruebas eran abrumadoras. Socialmente, el caso era trágico, pero desde el punto de vista legal, fue muy sencillo".

Vale, la versión oficial no era perfecta (ninguna lo es en casos tan complejos, véase el 11-M, siempre hay fisuras por las que pueden colarse los sinvergüenzas): Anglés se escapó y nunca más se supo (gran cagada de las autoridades), faltaron pruebas biológicas contra Ricart y la sentencia reconoció que pudo haber más implicados. Pero esto no significa que Anglés y Ricart no fueran culpables. Tampoco significa que los verdaderos autores del crimen fueran altas personalidades del Estado dedicadas a las 'snuff movies', como han asegurado Blanco y García en varias ocasiones, también en este documental, en el que quizás hablen/mientan más de la cuenta.

Esto es la tele

“A Anglés no le han cogido porque no han querido; cogen a quien quieren”, dijo en su día la madre de una de las víctimas. El primer día del juicio, centenares de personas se manifestaron para pedir la suspensión por falta de pruebas. Comandadas por Fernando García. Con una pancarta al fondo: “Fernando García es la voz del Estado de derecho”. Sí, claro, y yo soy Teddy Roosevelt.

El nivel de delirio y disparate fue tal que la frase más sensata del juicio (por su condición de síntesis perfecta del caso) la dijo un hombre que tenía la cabeza como un colador: el hermano de Antonio Anglés, Enrique. Pese a sus serios problemas mentales, fue el primero en darse cuenta de qué iba todo aquello: apretado por el fiscal —"Usted ayer por la noche decía una cosa [en el programa de Pepe Navarro] y hoy está diciendo otra"—, Enrique respondió: "Sí, pero es que eso era la tele y esto es un juicio". Máximo respeto.

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