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Soplones, delincuentes y gentes de mal vivir

Un viaje a los bajos fondos a través de la novela negra de nuevo cuño

Foto: El escritor Carlos Zanon (EFE)
El escritor Carlos Zanon (EFE)
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    Hoy toca hablar de delincuentes, ex presidiarios, hombres con afán de venganza, chicas que huyen del reformatorio, gente de mal vivir, empleados de un bingo y antiguas estrellitas del rock, tías que un día están buenas y al día siguiente dejan de estarlo, víctimas de la especulación, la soledad y los abusos infantiles. De personas engañadas y personas que se engañan a sí mismas. De viejos, con aspecto de cerdos de York, que consumen viagra para tener la fantasía de que aún pueden follar. Soplones y travestis. Viudas que se caen del guindo. Policías y ladrones: cancerberos de la intimidad, chorizos de la buena fe. De los que compran oro y de las fincas con portero. De Barcelona, París, Las Palmas de Gran Canaria, Madrid. Empecemos por el principio.

    El romanticismo marxiano de Carlos Zanón

    Carlos Zanón es un poeta excelente que, además, en los últimos años se ha manifestado como un narrador fuera de lo común. Lo ha conseguido con tres novelas que son negras de verdad y no un calco confortable del lenguaje televisivo: Tarde, mal y nunca; No llames a casa; y Yo fui Johnny Thunders. Las tres han sido publicadas por RBA y están protagonizadas por personajes que rompen los moldes del cartón piedra y huelen a sobaco, a güisqui y a caldo de gallina.

    Zanón recupera la tradición del mejor realismo del género negro: ese realismo que escritores como Hammett o como James M. Cain tomaron a su vez prestado del naturalismo, de los impulsos homicidas y los estigmas de clase y/o genéticos que plasmó Émile Zola en novelas como La bestia humana (Capitán Swing, 2010): dentro de Séverine y de su conjunción de vulnerabilidad y peligro, están como en la panza de las matrioskas las mejores mujeres fatales del negro estadounidense.

    Zanón consigue no reducir lo humano exclusivamente a lo sórdido generando una corriente de compasión incluso hacia los perdedores más abyectos de sus novelas: hacia los que aparentemente han ganado y tienen que conservar el capital o el prestigio –sexual, económico-, y ahora hacen cosas que quizá preferirían no hacer. El mismo proceso de carnalidad que caracteriza la construcción del personaje se aplica al retrato de una Barcelona melancólica y lumpen. Pero el elemento más sobresaliente de Yo fui Johnny Thunders es la calidad de una prosa alucinada.

    La prosa a veces suena como los martillazos de James Ellroy  que es un señor con pajarita al que le debemos un texto autobiográfico sobrecogedor y pautado como una partitura donde lo frío y lo caliente, lo sórdido y lo racional, lo real y lo ficticio se equilibran con una sobriedad difícil de conseguir: Mis rincones oscuros (Zeta bolsillo, Ediciones B). Otras veces, la prosa de Zanón se hace permeable a los ritmos de las canciones que funcionan como subtexto y, a la vez, son un recurso para recrear una época. El capítulo con el que arranca la novela es, en este sentido, espectacular.

    La cantinela de “las vueltas que da la vida” en Yo fui Johnny Thunders, la posibilidad de que exista un rayito de luz o un golpe de suerte son falsedades que conciencian al lector de la ingenuidad de sus deseos mientras lee: que se salve Johnny, que se salve Johnny... Es el mismo deseo de la Crónica de una muerte anunciada (DeBolsillo). Pero ni García Márquez ni Zanón nos hacen trampas. Tampoco sus muertes forman parte del mismo catálogo: hay muchas maneras de morir y algunas tienen que ver con no morirse.  Las vueltas que da la vida nunca colocan a quien se ha situado en el centro del juego de la gallina ciega o de la zapatilla por detrás –tris, tras- en un lugar mejor.

    En las novelas de Zanón, al final, no existe la mala suerte: la tostada siempre se cae del lado de la mantequillaEsos vaivenes aparentemente azarosos constituyen una modalidad de inercia, de agua que gira hacia el desagüe en una dirección específica que tiene que ver con la violencia política y económica. En las novelas de Zanón, al final, no existe la mala suerte: la tostada siempre se cae del lado de la mantequilla pero no por efecto del destino trágico o la caprichosa ira de los dioses, sino por el barrio en el que te parieron y criaron, la brecha de la desigualdad, las dificultades para huir de tu propia clase o para convertirse en un self made man. El sueño americano no cuaja en la plaza Guinardó. Por mucho que nos gusten Roy Orbison, Elvis, los Stones o Willy DeVille vestido de Dios sabe qué. La paradoja entre la realidad y el deseo, lo cotidiano y lo mítico, se hace devastadora.

    Pensar en línea recta

    Cuando José Ovejero escribió su colección de biografías de escritores que habían delinquido o de delincuentes que se habían dedicado a escribir, no se acordó –yo no recuerdo que se acordase- de Albertine Sarrazin. Después de leer Escritores delincuentes (Alfagura, 2011), a los lectores se nos queda la saludable sensación de que tal vez la única escritura que merece la pena es la que se atreve a vulnerar los límites de la ley. El orden y lo establecido. Tal vez por esa razón, no mucho más tarde, Ovejero ganó el premio Anagrama de ensayo con su Ética de la crueldad.

    En cualquier caso, los libros temáticos y las antologías se caracterizan por una perversa propiedad que nos hace fijarnos más en las amputaciones y olvidos que en la presencias. Porque en el interesantísimo texto de Ovejero estaban Anne Perry y Genet y Burroughs. Pero no estaba Albertine que fue recluida en diversos reformatorios a lo largo de su breve existencia: murió con veintinueve años. Era una mujer atractiva: ojos oscuros, cuello largo, boca sensual. Tenía un aire a Nefertiti. Aunque nadie podría haberla comparado con Piedad, la última mujer fatal, la mejor dibujada, la que más aprende y se libera, creada por Carlos Salem en Muerto el perro (Navona, 2014).

    En El astrágalo (Seix Barral) Sarrazin relata una de sus fugas: al saltar la valla de la prisión, Anne-Albertine se rompe ese pequeño hueso del pie que tiene un nombre entre náutico y astrológico. Un hombre llamado Julien la socorre. La oculta. Se convertirá en su marido. Pero El astrágalo no acaba de un modo tan convencional, sino con cierto sentido perverso del humor y del romance. Con un momento de burla y anticlímax que funciona como señal de tráfico: mientras leíamos el texto nos habíamos olvidado de la realidad. El carácter indomable de la Sarrazin, su singular modo de mirar y su prosa provocan la admiración de Patti Smith a quien le debemos el prólogo de la presente edición.

    Anne-Albertine busca la libertad y la encuentra: encuentra el dolor físico y moral -la vida-, en cada una de las decisiones que toma a lo largo del camino. El dolor se transforma en miedo a la amputación y se coloca al lado de esa búsqueda de la libertad que coincide con el hallazgo del amor y el desfiguramiento voluntario de la autonomía personal: el deseo vivificante de las cárceles que sí se han elegido. Se experimenta rencor y agradecimiento hacia el amante: el daño y el gozo se unen en un punto inequívocamente sexual.  La mujer es una guitarra que dice de sí misma “Pero si yo no soy tan frágil” mientras se hace consciente de que su cuerpo es un espacio sobre el que se escribe el dolor.

    El ritmo de la prosa se vincula con una idea que Anne-Albertine apunta en el texto: no se puede pensar mientras se siente. O al revés. Sin embargo, todo El astrágalo es una refutación de un prejuicio tan ingenuo y chusco. La dicotomía se nos revela falsa y, como lectores, sentimos fundidas emoción y reflexión en una mezcla de estupor o perplejidad. El periplo de Anne-Albertine se narra con una prosa que recuerda a la de las vanguardias, a sus libertades combinatorias y a esa falta de respeto por las convenciones literarias que acaba siendo toda una declaración de amor –muy francesa- a la literatura. El astrágalo, en definitiva, es un road movie o una película de gánsteres franceses de muy poca monta.

    También Anne-Albertine, en los ratos muertos en que espera a Julien, lee a los golfos de la Série Noire. Mientras vive su factura y su vulnerabilidad sintiendo celos retrospectivos, Anne es tiránica o cruel con otro hombre que la ama. Hablar de la dificultad de pensar es un acto de coquetería por parte de alguien que lo hace tan exquisita y singularmente: quizá es que Anne-Albertine en realidad está hablando de la dificultad, incluso de la conveniencia o no, de pensar en línea recta. O de escribir sin hacer de la escritura una práctica delictiva. Un ejercicio de auténtico riesgo. Contra el orden, los tabúes y todo lo establecido.

    Las Palmas de Gran Canaria como escenario criminal

    Pequeños delincuentes. Personas que buscan la libertad o aspiran a encauzar su vida quizá en el último tramo. Johnny Thunders, Anne-Albertine. Adrián Miranda-Gil, el protagonista de La última tumba (Edaf, 2013), se mueve por un instinto mucho más civilizado, la venganza. Porque la venganza no es elemental: requiere un artístico punto de premeditada sofisticación que Alexis Ravelo le sabe dar al narrador de una historia por la que obtuvo el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe.

    En La última tumba importa mucho dónde se coloca la frontera colectiva, social, que separa a los malos de los buenos. Ravelo retrata con solvencia quirúrgica y sentido del humor: la hipocresía, el doble moral, los lobos con piel de cordero y los corderos con piel de lobo y los corderos corderos y los lobos lobos y toda esa carne de cañón que se rebela un ratito e infringe las leyes en un mundo enfermo que, después, sin un ápice de clemencia se la come a bocados. Ravelo se acerca al odio que suscita en el pueblo la carne de cañón que sale del pueblo. Hasta qué punto a los que somos pueblo nos han trasplantado los hemisferios cerebrales: ya empezamos a hablar con un lenguaje que nos hace daño porque el ventrílocuo que nos mueve la boca es un pedazo de hijo de la gran puta.

    Para propiciar esa ira sana en el lector, Ravelo ha creado el personaje de Adrián Miranda, antiguo chapero yonqui, recluido en prisión veintinueve años por un crimen que no cometió. El lector acompaña a Adrián en su aventura justiciera y llega a ponerse de su lado incluso en momentos de extrema brutalidad. Lo acompaña en su indignación y se duele por su perra vida. Se ve obligado a escarbar en la negrura de su propio corazón. En sus contradicciones. Como en las novelas de la Highsmith. Sobresalen los secundarios: Yoli, la travesti; la hipersensual Candi, lectora cómplice de Galdós -una cosa no quita la otra-; Tomás, el buen tendero y hermano comprensivo de Adrián… 

    El elemento pasional, muy presente, no neutraliza el peso de la violencia económica y las desigualdades. De los verdaderos estigmas. El otro gran logro narrativo de Ravelo es la construcción de Las Palmas como territorio liminar y precario. Pobreza, sordidez, sensualidad y sexualidad, puteríos, travestismo y ambigüedades. Ravelo se compromete con la literatura  y con la realidad en la poco favorecedora instantánea que nos ofrece.   

    Los delincuentes invisibles

    No quiero acabar esta Biblioteca pública sin aludir a la colección de relatos Compro Oro (La marea, 2013) de Isaac Rosa. En cada cuento el autor aborda los efectos de esa delincuencia que día a día practican manos, cerebros, caras que aparentemente no tienen nombre y que se van colando en nuestra cotidianidad: en nuestra desconfianza hacia la persona que queremos, nuestra suspicacia y susceptibilidad, nuestra crueldad hacia los otros, nuestra necesidad de decir mentiras. En el deseo inmarcesible de vivir en una finca con portero. Rosa es un excelente novelista que se revela como cuentista sobresaliente. Se acerca a las cosas que están pasando y que a menudo nos cuentan –o no- en los periódicos: la literatura no debería renunciar a ese relato por mucho que nos digan que hay asuntos demasiado bajos para ser tratados por la “literatura”. Mentiras. Elitismo malintencionado. Cuentos de la bruja.  

    Biblioteca Pública
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