Engañados por la máscara de lo amable

Tres muestras de melancolía y humor. Una novela, una colección de relatos y una película de éxito. Las nuevas obras de Ambjorsen, Pàmies y Wes Anderson

Foto: Ralph Fiennes en una escena de 'Gran Hotel Budapest', de Wes Anderson (Fox Searchlight)
Ralph Fiennes en una escena de 'Gran Hotel Budapest', de Wes Anderson (Fox Searchlight)
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Hoy traemos a Biblioteca Pública tres muestras de melancolía y humor. Una novela, una colección de relatos y una película. Un autor noruego, un catalán que se traduce a sí mismo al castellano y un tejano que no por casualidad vive en París: Ambjorsen, Pàmies y Anderson.

Narradores Rain Man

Elling es el narrador protagonista de la tetralogía del escritor noruego Ingvar Ambjornsen. Hasta el momento Cristina Gómez-Baggethun ha traducido para Nórdica dos de estas novelas: Elling. Hermanos de sangre y Elling. El baile de los pajaritos.

La primera fue adaptada al cine por Petter Naess. He tenido sensaciones cambiantes mientras estaba leyendo El baile de los pajaritos quizá porque estoy cansada de esos narradores excéntricos que nos hacen cuestionarnos el concepto de normalidad. Narradores Rain man (¿se acuerdan de la peli de Levinson protagonizada por Hoffman y Cruise?) o narradores Vardamanes, de elocución más o menos poética, al estilo de Mientras agonizo (Cátedra) de Faulkner.

No sé hasta qué punto se puede utilizar ese tipo de narrador con una finalidad de crítica social. No sé hasta qué punto con estos personajes se produce una mitificación de ciertas patologías o se pone en tela de juicio la idea de patología en sí. No sé si con estos seres, tiernos e inadaptados, se ve mejor –con más nitidez- o peor –emborronado- el mundo, ni en qué medida la disfuncionalidad individual, como síntoma, sirve para revelar la disfuncionalidad social. También sospecho de los libros que se publicitan como divertidos.

Leyendo la novela de Ambjornsen me retracto de algunos de mis prejuicios: la voz narrativa de Elling, los personajes que le rodean –el grandullón Kyell Bjiarne- y el retrato de la apacible sociedad noruega son estremecedores. Ambjornsen le da al lector algunas bofetadas que lo espabilan y lo sacan del ronroneo amable, falsamente sencillo, de su prosa: alguna escena terrible se incrusta, como esquirla, entre el discurso de la comicidad y la compasión. Entre las hilarantes rarezas de Elling.

Esa escena nos lleva a preguntarnos dónde depositamos nuestro afecto. Cuánta es la fragilidad de los destinatarios de nuestro afecto. Cómo se produce la aniquilación de los débiles ante nuestra mirada impotente. Cuánta es nuestra incapacidad para paliar el dolor. Cuál es la pertinencia de la máscara de la risa, el cinismo y la distancia para sobrevivir. En el último tramo de El baile de los pajaritos Ambjornsen escribe una escena de una brutalidad tal que el lector tardará mucho en borrarla de su mente: tras ese episodio traumático, El baile de los pajaritos multiplica su grosería e inanidad -su inanidad como actitud grosera-, hasta el punto de que se transforma en una melodía agresiva que nos obliga a releer con los ojos de la mala conciencia aún más abiertos.

Noruegos en Benidorm

Es posible que Ambjornsen parta de la base de que la vida es una mierda –en Noruega también-. Aun así a veces resulta disfrutable. El mundo y sus contradicciones, las convenciones sociales, el contraste cultural, saltan de la página hacia la sensibilidad del lector a través de la mirada de Elling, virginal más allá de los treinta, rígido en sus costumbres, cuadriculado –los huevos pasados por agua solo se desayunan los domingos-, imaginativo y peligrosamente mitómano, enamoradizo, maniático, socialdemócrata a ultranza, amante de los puzles y de los animales domésticos de los que su comunidad no le deja disfrutar, hipersensible, generoso y egoísta en la misma proporción, ácido y vulnerable, tonto del bote y listo como un lince: Elling se ajusta a cierto estereotipo de escritor.

El sueño de la razón produce monstruos y la socialdemocracia también. La pregunta sobre la anormalidad de Elling se subraya al oponerlo al conjunto de sus compatriotasEl protagonista va con su madre a Benidorm en un viaje organizado. Fuera de Noruega se agrandan los defectos o la ridiculez de sus compatriotas, el mal gusto y los prejuicios: trasplantados al exótico y artificioso contexto benidormense –un espacio literario que da mucho de sí-, los noruegos dejan de ser una masa civilizada para metamorfosearse en gente que grita y se emborracha, alucina al probar un arroz salado –la paella- y acaba bailando en la sala de fiestas de un hotel la conga, la yenka y los pajaritos.

El sueño de la razón produce monstruos y la socialdemocracia también. La pregunta sobre la anormalidad de Elling se subraya al oponerlo al conjunto de sus compatriotas. La inadaptación del individuo y el interrogante subyacente sobre qué fue de la promesa del bienestar socialdemócrata recorren la novela: el sentido del humor, a la vez maligno e ingenuo de Elling, alcanza su cota máxima cuando el personaje reflexiona sobre los abusos sexuales hacia los niños en el seno de su propia familia. Entonces me acuerdo de una película terrible: Festen del danés Thomas Vinterberg. Ternura y crueldad entreveradas. No se dejen engañar por la máscara de lo amable: estamos un poco tristes y sonreímos.

Canciones de amor y de lluvia

Empecemos por el principio. Sergi Pàmies es alguien que ha escrito un libro que se titula Si te comes un limón sin hacer muecas (Anagrama); que titula otro Canciones de amor y de lluvia; y que elige como portada para este último la imagen de un hombre que lleva su risueña cabeza entre las manos como si fuera un paquete. La imagen de un pintor chino llamado Yue Minjun. Si los paratextos, las portadas, los títulos y los prejuicios que acumulamos respecto a un autor interfieren en nuestro proceso de lectura, definir el tono de los textos de Pàmies no es tarea sencilla. Ese horizonte resulta atractivo para lectores hartos de prever que lo dulce será dulce y lo amargo, amargo.

Canciones de amor y de lluvia es una colección de relatos que encierra ideas serias tratadas con un humor agrio, grotesco, que no gustará a todo el mundo. Está escrito con mucha inteligencia. Con una hipersensibilidad que nada tiene que ver con lo ñoño. Pàmies confía en la literatura y en la necesidad de la memoria. Indisolublemente unidas. Necesitamos contar para vivir y el olvido puede ser síntoma de enfermedad y muerte.

Un tema importante es la autobiografía como ficción y la ficción como autobiografía. En Nueva York, 1994. Notas para un cuento el autor nos convierte en los mirones que observan por el agujero de la cerradura a un Pàmies que se comporta como Woody Allen en una cena en casa de Paul Auster.

Mientras uno lee Canciones de amor y de lluvia se pregunta si en el ejercicio de la autobiografía, el autor catalán se desnuda o se disfraza o si, en último término, los disfraces y las máscaras –incluso la escritura más barroca y artificial- no son más que formas de la desnudez. Por eso Pàmies alterna la primera persona con la tercera y comienza así Autobiográfico:

“Para que no parezca que estoy hablando de mí, invento un personaje de cuarenta años, le atribuyo virtudes de las que carezco y un interés, pongamos por, la política y el budismo”… El juego de palabras cruzadas, el quiasmo –“Era caótico en su manera de ser generoso y generoso en su manera de ser caótico” se dice del protagonista de “Don Pollo”-, revela la afición por una manera de pensar que da otra vuelta de tuerca a lo convencional y emparenta la prosa de Pàmies con el humor gráfico de El Roto y de LPO; también con el conceptismo de Quevedo y ese naricismo infinito que en su manera de manipular el lenguaje ofrece una oportunidad para mirar el mundo desde detrás de los cristales de otras gafas.

Puede que la poética de Pàmies se resuma en este fragmento de Humor: “Las letras, en cambio, son una vocación que, como escribió el maestro Manganelli, acaba siendo volátil, misteriosa y frívola. Precisamente por eso, preferiría donar mi cuerpo a las letras y acabar alimentando la imaginación de un perturbado o la capacidad de fabulación de alguien que, ante unos órganos cedidos de manera altruista (y algo temeraria), quizá lograría sacar de ello un provecho inmaterial, un brote de sana o insensata inspiración, un poco de ficción.” 

El color del humor de Sergi Pàmies

La parresia, una figura retórica que consiste en decir cosas aparentemente ofensivas, pero que en realidad encierran una lisonja para la persona a quien se dicen, constituye el motor de los cuentos que el escritor dedica a su madre, Teresa Pàmies: Bufanda, Volver andando a casa o Fu-Manchú son piezas excelentes por su mezcla de crueldad y ternura, distancia y proximidad, resentimiento y amor…

En estos relatos hay cierto tono de reproche por el carácter invasivo de la política en la vida cotidiana que posiblemente deba ser reinterpretado a la luz de otros cuentos donde aparecen los hijos: en El nicho la memoria y la reconstrucción del retrato familiar se abordan con menor distancia, con una emoción menos analítica. Las canciones y la lluvia se reservan para los relatos sobre el amor conyugal y su desgaste. Entonces ineludiblemente los lectores escuchan canciones tristes, francesas, a menudo interpretadas por el cantante belga Jacques Brel.

En estos relatos hay cierto tono de reproche por el carácter invasivo de la política en la vida cotidianaA Pàmies no parece gustarle la cita erudita y en sus relatos hay pocos nombres propios (Louis de Funes); sin embargo, algunos de los cuentos más humorísticos son metaliterarios: Los mejores cuentos del siglo XX, Agradecimientos, La llave del sueño donde se juega con los límites de realidad y ficción, con la capacidad de lo real para intervenir en lo ficticio y viceversa, con la posibilidad de que los que leemos y escribimos seamos una pandilla de mirones; o La libreta donde se vincula memoria, pérdida de la memoria y escritura, y se insertan historias dentro de historias…

Lo metaliterario, por efecto de juego de espejos, del dentro en cuyo interior cabe otro dentro y otro más, adquiere un carácter luctuoso. Como si nichos, lápidas, incineraciones, dualidades, relatos dentro de relatos, testimonios de lo que ya no está, hibernaciones, fueran la metáfora de esa escritura que deteniendo la vida, congelándola, al mismo tiempo es imprescindible para su vivificación y su supervivencia. Cuando acaben Canciones de amor y de lluvia no sabrán de qué color es el humor de Sergi Pàmies.

Wes Anderson y Stefan Zweig

Confieso mi burricie. No había visto ninguna película de Wes Anderson, pese a que en mi barrio a los hipsters que abarrotan las terrazas no se les cae de los labios. Después se levantan enfundados en sus pesqueros pitillo, se ponen ese gorrito que siempre les queda pequeño y se van pedaleando en una bici vintage de paseo al fondo de cuya cestita descansan algunos alimentos ecológicos y un ejemplar de En el camino (Anagrama) de Kerouac. 

El otro día corregí mi error viendo El gran hotel Budapest. Y me gustó mucho. Por la creación de escenarios artificiosos. Por eso que creo que se llama dirección de arte. Por la proximidad con la exageración caricaturesca del tebeo en la creación de unos personajes cuya dicción en inglés es maravillosa incluso para los que no dominamos la lengua de Shakespeare –Ralph Fiennes, Jude Law…-. Por el color de los pasteles que prepara Agatha y la línea recta del funicular que permite acceder al Gran hotel. Por el asesinato de una caracterizadísima Tilda Swinton. Por esa magnífica, muda, hilarante y absurda fuga de prisión que tanto me recordó a ciertos dibujos animados. Por su sociedad secreta de porteros de hotel. Pero si algo me gustó de esta película es el residuo de melancolía con que se pone fin a la historia de amistad entre Gustave H. y Zero en un imaginario país de la Europa de entreguerras.

El guion de Anderson está basado en escritos de uno de los autores más impresionantes del siglo XX, Stefan Zweig. El autor de Carta de una desconocida (Juventud) –es bellísima la adaptación cinematográfica de Max Ophüls- y de La piedad peligrosa –ahora La impaciencia del corazón (Acantilado)- se suicidó en Petrópolis en 1942. Como reza en Wikipedia: “Su autobiografía El mundo de ayer, con publicación póstuma hacia 1944, es un panegírico a la cultura europea que consideraba para siempre perdida”. Zweig y su mujer se quitaron la vida ante el firme convencimiento de que los nazis conquistarían todo el planeta. Ese aliento elegiaco y ese miedo a la brutalidad del fascismo empapan la película de un cineasta tejano que –insisto-, no por casualidad, reside en París.  

Biblioteca Pública
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