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La oveja roja de la sociedad inglesa
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Marta Sanz

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La oveja roja de la sociedad inglesa

Nobles y rebeldes es un texto autobiográfico donde Jessica Mitford, la penúltima hermana del famoso clan, repasa sus orígenes en la altísima sociedad británica

Foto: Imágenes de la Guerra Civil Española. Almería 1937, de Gerda Taro (EFE)
Imágenes de la Guerra Civil Española. Almería 1937, de Gerda Taro (EFE)

Casi al final de Nobles y rebeldes Jessica Mitford alude a un título que no le gusta nada: “De retoños de sangre azul a inmigrantes bohemios”. El título daba nombre a una colección de artículos publicados en Estados Unidos por el que entonces era el esposo de Jessica, Esmond Romilly. Y, sin embargo, ese lema bien podría resumir estas memorias de juventud de una de las pequeñas Mitford: el relato de un desclasamiento de arriba abajo en el que, frente a la fantasía de la libertad y la idea de que cada quien es dueño de su propia vida, la autora es consciente de que “…su alegre intransigencia y hasta la suprema confianza en sí mismo que tenía, la sensación de que podía salir ileso de cualquier fuego, eran rasgos cuyo rastro se remontaba claramente hasta unos antepasados y una educación inglesa de clase alta”. De nuevo se refiere a su primer marido, Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill, con quien se escapa rumbo a la guerra de España, se casa con enormes dificultades, emigra a los Estados Unidos, vende medias a puerta fría, prepara cócteles en un bar de Miami... Pero empecemos por el principio.

Nobles y rebeldes es un texto autobiográfico donde Jessica Mitford, la penúltima hermana del famoso clan, repasa sus orígenes en la altísima sociedad británica durante el periodo de entreguerras. Habla de sus hermanas: Nancy Mitford, inteligente y frívola, cuyas novelas están siendo metódicamente rescatadas por Libros del Asteroide -leí No se lo digas a Alfred y me reí mucho-; la bellísima Diana, casada en primeras nupcias con el heredero de la Guiness y en segundas con el dirigente de la Unión Británica de Fascistas, Oswald Mosley; Unity Valkyrie –alias Gorgo- que llegó a sentarse a la mesa del mismísimo Adolf Hitler y a los treinta y tres años se disparó una bala en la cabeza que no la mató hasta nueve años después... Jessica Mitford, más conocida como Decca, se duele de la imposibilidad de acceder a la universidad: sus padres consideraban que a las mujeres con aprender francés y un poco de equitación en compañía de una serie de niñeras excéntricas les bastaba. La repercusión de las Mitford quizá debería obligarnos a cuestionar la escualidez del plan curricular concebido por sus padres. O quizá es que la educación no es exactamente lo mismo que los contenidos del plan curricular.

En los primeros capítulos de Nobles y rebeldes las diferencias vitales e ideológicas que se producen en el seno de una misma familia –de clase alta, no lo olvidemos- alejan el texto de la tela de araña del glamour que suele envolver las historias de estas mujeres. Lejos del sensacionalismo amarillo o rosa, Jessica Mitford logra que se abran interrogantes que exceden los morbosos –y a menudo apetitosos- límites del who is who: ¿cómo se construye la personalidad?, ¿de dónde surgen los posicionamientos ideológicos?, ¿cómo una misma educación puede cristalizar en caracteres tan diferentes?, ¿o es que acaso las Mitford compartían mucho más de lo que pensaban?, ¿qué papel desempeña la educación en el proceso de construcción de esa cosa que llaman la identidad?, ¿se desvincula esa cosa que llaman la identidad de los procesos históricos?, ¿y de la clase? Si hay una lección que se desprende de este relato es que, más allá de tópicos, cencerradas y sabidurías populares, los extremos no se tocan casi nunca. Y en determinados contextos históricos menos aún.

Jessica aborda la construcción de una conciencia social y política en un mundo hostil, así como la imposibilidad de desgajarse de la propia clase. Nos invita a reflexionar sobre cuestiones de actualidad tan candente como si es posible ser de izquierdas y de buena familia, o hay que ser a la fuerza de extracción proletaria para entender y practicar el antifascismo y conocer el significado de la lucha de clases. Porque ¿quién tiene más mérito, el que lucha por la “humanidad” en abstracto o el que lo hace por la resolución de sus acuciantes problemas particulares?, ¿el que corre el riesgo de que su activismo sea calificado siempre como toreo de salón o el que se muere de hambre?, ¿el que lucha sin tener nada que perder o el que puede perderlo todo?, ¿quién no tienen nada que perder: el que no posee nada o el que sabe que siempre dispondrá de un remanente?, ¿quién tiene la fuerza y la legitimidad?, ¿es necesario elegir? El problema del dinero como fuente de legitimación –o deslegitimación- ideológica subyace en las páginas de un libro que nos invita a pensar si este asunto es una cuestión de grado, de procedencia o de qué uso se les da a los capitales.

Jessica Mitford dibuja un mundo convulso donde cada ser humano tiene la necesidad moral de tomar partido y donde aún los Estados Unidos de América eran tierra de promisión. Analiza la complicidad de los ingleses –de las clases altas- con Franco durante la Guerra civil española. Y escribe un libro pleno de ganas y alegría de vivir en un contexto histórico que no lo ponía fácil. Testimonia el nacimiento de un amor que no olvidaría nunca trazando el magnífico retrato de Esmond Romilly, un hombre de izquierdas, valiente, aventurero, enamorado, heroico, emprendedor en el mejor sentido de la palabra, lúcido y, sobre todo, muy, muy simpático. Esmond Romilly aparece como un hombre – en realidad, como un muchacho- al que a cualquier lector nos habría gustado conocer.

Estas memorias de Jessica Mitford son interesantísimas tanto si se leen como crónica de época, novela de aprendizaje o historia de amor. Y yo creo que esa triple posibilidad de lectura satisfactoria es posible gracias a la solvencia y brillantez narrativa de Jessica Mitford. El sentido del humor la vincula con su hermana Nancy en la misma medida que la aleja de ella, porque la gracia para contar de Jessica Mitford nunca es frívola ni adopta un nivel de superioridad respecto a los posibles lectores: es una gracia que combina algo que podríamos llamar “humanidad” con el pudor, incluso la elegancia –quizá tremendamente británica y high class- de casi convertir en elipsis la muerte de su hija Julia, víctima del sarampión.

Posiblemente el estilo Mitford no puede desvincularse de sus nobilísimos orígenes y de ahí el mal efecto de rasgarse las vestiduras en público o de chillar en la oreja del receptor, la renuncia a la hipérbole. El estilo, incluso el estilo que consigue una mayor cota de autenticidad, es una marca de clase. Tal vez el estilo de Decca Mitford es una prueba más de que nadie escapa a sus orígenes. Más allá de esta reflexión, resulta muy divertido –encantador, dirían ellos- el capítulo en el que relata la maestría de Esmond para, a través de técnicas comerciales tan bufonescas como invasivas, vender medias a pobres amas de casa atónitas e indefensas. Y absolutamente genial la estampa de la madre Mitford, Mamu, reticente a darles a sus retoños absolutamente ninguna medicina, porque tiene la convicción de que todo se cura solo.

Hay un género más desde el que se podría interpretar este texto autobiográfico de la “Oveja roja” de la familia Mitford: el de esos libros que se dedican a contrastar las culturas británica y estadounidense, y cuyo representante más promiscuo e intenso fue el genial Henry James. Los embajadores, Los europeos, Daisy Miller o Retrato de una dama son solo algunas de las grandes obras maestras en las que este autor contrapone la espontaneidad de la nueva cultura yanqui frente al envaramiento de las tradiciones británicas.

Cuando Jessica y Esmond desembarcan en Nueva York van superando una serie de etapas que les llevan desde la incomprensión al desconcierto, desde la crítica hasta la autocrítica, desde la percepción de una ingenuidad y de un entusiasmo por la propia nación que no alcanzan a entender hasta la creencia de que existen entusiasmos que son fundamentales para seguir adelante. Jessica y Esmond ponen el pie en un país donde el antifascismo, entendido como pilar de la democracia, aún no había sido demonizado por Comité de Actividades Antiamericanas. Más tarde, en la época de la vesania macarthista, Jessica Mitford fue llamada a declarar junto a Robert Treuhaft, su segundo marido.

La dificultad del desclasamiento constituye uno de los temas de Nobles y rebeldes: la intención de desclasarse –hacia abajo o lo que es más frecuente hacia arriba- es una muestra de que la libertad de elección está muy condicionada y de que la igualdad de oportunidades es uno de los becerros de oro –los gatos de escayola- de la contemporánea ideología del marketing. Como el mito de la movilidad o el del goteo de la riqueza desde arriba hacia abajo. El desclasamiento, como pérdida voluntaria de los privilegios de clase y casta, impele a Jessica y Esmond a convertirse en personajes de un libro de aventuras en el que el aura heroica y la convicción política se deslizan peligrosamente hacia el lado bohemio y farandulero de los vividores. Tal vez, por eso, a Jessica le resultó tan ofensivo el título al que se hacía alusión al inicio de esta reseña. Luego ella misma corrobora que las posibilidades de escaparse son muy limitadas, aunque eso no signifique bajo ningún concepto que haya que renunciar a la lucha.

Jessica Mitford. Nobles y rebeldes. Introducción de Christopher Hitchens. Traducción de Patricia Antón. Libros del Asteroide. Barcelona. 2014. 304 págs.

Casi al final de Nobles y rebeldes Jessica Mitford alude a un título que no le gusta nada: “De retoños de sangre azul a inmigrantes bohemios”. El título daba nombre a una colección de artículos publicados en Estados Unidos por el que entonces era el esposo de Jessica, Esmond Romilly. Y, sin embargo, ese lema bien podría resumir estas memorias de juventud de una de las pequeñas Mitford: el relato de un desclasamiento de arriba abajo en el que, frente a la fantasía de la libertad y la idea de que cada quien es dueño de su propia vida, la autora es consciente de que “…su alegre intransigencia y hasta la suprema confianza en sí mismo que tenía, la sensación de que podía salir ileso de cualquier fuego, eran rasgos cuyo rastro se remontaba claramente hasta unos antepasados y una educación inglesa de clase alta”. De nuevo se refiere a su primer marido, Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill, con quien se escapa rumbo a la guerra de España, se casa con enormes dificultades, emigra a los Estados Unidos, vende medias a puerta fría, prepara cócteles en un bar de Miami... Pero empecemos por el principio.