LA ESCASEZ DE MUJERES HUMORISTAS

Humor contra el machismo

El humor contra el machismo chocaría con el hecho de que ciertas reivindicaciones feministas pasan por la corrección política de un determinado uso del lenguaje. Las

Foto: Eva Hache presenta 'El club de la comedia' (laSexta)
Eva Hache presenta 'El club de la comedia' (laSexta)

El humor contra el machismo chocaría con el hecho de que ciertas reivindicaciones feministas pasan por la corrección política de un determinado uso del lenguaje. Las exageraciones, deformaciones y caricaturas son incompatibles con lo políticamente correcto. Sin embargo, la literatura humorística como herramienta para el cambio –modesto- de mentalidades no podría apuntar en la dirección de lo políticamente correcto, sino en la de un discurso cáustico, transgresor, subversivo, cruel y maleducado que impacte al lector por su violencia más que por ceñirse a las reglas del deber ser. Se trataría de provocar un efecto “ético” con una literatura quizá malsonante que no reduzca la agresividad o la risa grosera a espectáculo.

Cuando hablamos de humor feminista no nos referimos al que puede encontrarse en internet. No nos referimos a chistes del tipo: ¿Sabes cuánto tarda una bala en atravesar el cerebro de un hombre? 1 hora y 1 segundo. Un segundo atravesando la cabeza y una hora buscando el cerebro.” Eso no es humor feminista, sino humor machista aplicado a los hombres. Tampoco es feminista meterse en un boys a llenar de euros el calzoncillo de un tío que te restriega el paquete contra la cara.

El humor como estrategia para resistir contra el machismo podría haber sido una reacción a esa otra corriente dominante en la literatura humorística: la misoginia. En España tenemos los casos del Arcipreste de Hita y de Quevedo, pero sobre todo el del Arcipreste de Talavera y su Corbacho (s.XV)Un ejemplo de humor feminista podría ser la película estadounidense La boda de mi mejor amiga (Paul Feig, con guion de Kristen Wiig). En ella las rivalidades entre mujeres reproducen los tópicos del romanticismo más conservador: las damas de honor vestidas de rosa, la boda, el que todo tenga que ser “perfecto”. Sin embargo, como trasfondo aparece la solidaridad femenina, la precariedad laboral que se ceba en las mujeres, la sensación de que la juventud se acaba, la soledad que en el caso de las mujeres es un defecto y en el de los hombres un valor… La boda de mi mejor amiga se plantea desde una posición opuesta a la de una serie como Sexo en Nueva York en la que la actitud tolerante respecto a la sexualidad femenina no desdibuja la perpetuación de tópicos sobre el amor y las mujeres: la independiente Carrie desea más que nada en el mundo “cazar” a Mr. Big.

El humor como estrategia para resistir contra el machismo podría haber sido una reacción a esa otra corriente dominante en la literatura humorística: la misoginia. En España tenemos los casos del Arcipreste de Hita y de Quevedo, pero sobre todo el del Arcipreste de Talavera y su Corbacho (s.XV). Basta con leer algunos títulos de la segunda parte de su libro: De los vicios e tachas e malas condiciones de las perversas mujeres, e primero digo de las avariciosas; De cómo la mujer es murmurante y detractadora; De cómo las mujeres aman a diestro y a siniestro por la gran codicia que tienen; Cómo la mujer es envidiosa de cualquiera más fermosa que ella; Cómo la mujer es cara con dos faces; Cómo la mujer es desobediente; Cómo la mujer es dotada de vanagloria ventosa; De cómo la mujer miente jurando y perjurando; Cómo se debe el hombre guardar de la mujer embriaga…

¿Tienen las mujeres sentido del humor?

A veces se ha afirmado que las mujeres están incapacitadas para el humor. Aún hay pocas mujeres humoristas -Eva Hache-. Otras son actrices que aprenden un monólogo. Me interesa saber cuántas mujeres se dedican al humor porque creo que cada quien escribe desde sus circunstancias y el hecho de ser mujer puede facilitar el uso del humor como herramienta de denuncia. Del machismo que no es lo contrario del feminismo por mucho que se pretenda fomentar esta confusión.

Entre las escritoras publicadas recientemente que utilizan el humor, además de Stella Gibbons, E.M. Delafield y Nancy Mitford, me interesa el salvajismo de Muriel Spark. Amélie Nothomb en algunos de sus libros también es graciosa. Nórdica acaba de sacar las Tiras cómicas de Flannery O´Connor, una autora que antes de regalarnos joyas como La buena gente del campo se dedicó a un “viñetismo” corrosivo. Feroz. Pero, en general, hay pocas mujeres que se hayan decantado por el género del humor en la literatura.

En la entrada de Wikipedia sobre literatura de humor no hay ni una sola escritora. Quizá es que nos han hecho creer que solo servíamos para el amor y la intimidad. Incluso la escritora humorística argentina Daniela Di Segni piensa que las mujeres tendemos a tomarlo todo demasiado en serio: “No me parece que la mujer común, al menos en la Argentina, tenga demasiado sentido del humor. Debe ser por la mezcla de madre de Lorca y mamma italiana del sur (…) que vemos todo desde lo dramático. Siempre es "no sabés lo que me pasó..." "¿a mí me vas a contar?" "si sabré yo de eso...". Siempre queremos ser la que más y mejor sufre. Nos falta esa cualidad de tomar distancia, de ver la parte jocosa de la tragedia.”

Mujeres humoristas

Ramón Buenaventura recuerda algunos nombres de mujeres que tal vez no sean “humoristas” pero sí han utilizado el humor como recurso literario. Cita a Maruja Torres, Maitena o Elvira Lindo, así como a otras escritoras y dibujantes: la baronesa Alberta; Claire Bretcher, dibujante-guionista, que colaboró en Spirou;  Pauline Carton; la ilustradora polaca Dorota Chwalek; Frances Edwina Dumm, dibujante de cómics estadounidense; Micaela Fantauzzi, caricaturista italiana; Varvara Karbóskaya, periodista rusa; la novelista inglesa Katherine Mansfield; la actriz Conchita Montes; Remedios Orad; Carmen Rico-Godoy; Elena Soria Miranda creadora del personaje de Mamen en El Jueves…

Los caballeros las prefieren rubias y Pero se casan con las morenas 

Entre las autoras que Buenaventura rescata está Anita Loos, que además de firmar los guiones de Intolerancia y San Francisco fue una humorista de primera. De hecho, esta introducción sobre mujeres y humor nace del placer con que he leído sus dos novelas publicadas por Alba: Los caballeros las prefieren rubias Pero se casan con las morenas. Del primero de estos libros Edith Wharton dijo que por fin se había escrito “la gran novela americana” –ésa que nos llega cada temporada-. Ambos textos recibieron comentarios elogiosos de Churchill, Faulkner y,,, ¡James Joyce!

Las novelas están contadas a través de la voz de Lorelei Lee y es inevitable pensar en Marilyn Monroe, la actriz que la interpretó en la versión cinematográfica del libro. Pensar en los labios rojos de Marilyn y en su mirada miope, en su cuerpo embutido en lentejuelas rojas que parece diminuto al lado de la monumentalidad colosal de los volúmenes de Jane Russell. En la cultura el tiempo se hace a menudo una sustancia circular y blanda, y los cinéfilos y los mitómanos –y las cinéfilas y las mitómanas, no olvidemos el título de este artículo- no podemos evitar representarnos a Lorelei vistiendo modelos de la década de los cincuenta, con un make up de los cincuenta, cuando ella es un personaje propio de los “felices” veinte: Lorelei se desenvuelve como pez en el agua –colea, sobrevive, medra…- en una Norteamérica pacata marcada por la ley Seca, el puritanismo y la hipocresía sexual.

La tierra de promisión, a través del prisma cómico de Lorelei, incumple su precepto respecto a la igualdad de oportunidades: la salida picaresca es la única posible para las mujeres y los pobres y las mujeres pobres. La descontextualización del personaje por efecto de la adaptación cinematográfica puede contaminar la interpretación del texto.

 

No sucede lo mismo con otra novela que también fue objeto de una adaptación cinematográfica: El blanco móvil de Ross MacDonald. El detective Lev Archer adopta la fisonomía de Paul Newman en Harper, investigador privado, pero las coordenadas temporales de la narración son idénticas en la novela y la película: esos años posteriores a la Segunda Guerra Mundial donde el desencanto de los héroes, en Estados Unidos, se convierte en violencia y resentimiento de clase.

El diario de Lorelei, con sus hipérboles, sus reiteraciones y sus palabras cultas deformadas, en Los caballeros las prefieren rubias es, a ratos, descacharrante. Los golpes de humor iconoclastas dejan al descubierto las costuras de una sociedad mojigata y clasista. Desde un punto de vista narrativo, sobresale la construcción del personaje a través de una voz ingenua, cándida, poco inteligente y a la vez más lista que el hambre, que todos los demonios del infierno y que todos los ratones coloraos. Lorelei, una simpática femme fatale con sus toques de mezquindad y soberbia, es un personaje que se reduce a estereotipo, se adelgaza y se frivoliza en la versión cinematográfica y en el desmesurado amor de Marilyn por las joyas en general y los diamantes en particular.

Lorelei, en el texto de Anita Loos, es el paradigma de la definición de inteligencia como capacidad de adaptación al medio: una veleta y una choriza en el reino de Jauja de los puteros y los especuladores. Un fantástico ejemplo del sentido del humor de Anita Loos se muestra en la relación que establece entre “educarse” y “prostituirse”: los señores que pagan los viajes y la manutención de Lorelei lo hacen en aras de su educación. Y educarse para ella es muy, muy importante. Desde esta perspectiva, el subtítulo de Los caballeros las prefieren rubias no está exento de un significado tan eufemístico y fino como hilarante: Revelador diario de una señora profesional.

El contrapunto de Lorelei es Dorothy Shaw. El relato de su vida constituye el eje temático de Pero se casan con las morenas que podría leerse como una peculiar novela de aprendizaje. Los ojos de una Lorelei volcada en una vocación literaria que la va a cubrir de prestigio social -con la misma eficacia que un visón negro- nos permiten “ver” a Dorothy, esa chica sin clase, malhablada, escéptica y cáustica que, en cierta medida, crece a la sombra de Lorelei. O tal vez es su ángel de la guarda. Porque los lectores nunca llegaremos a saber con certeza quién es la payasa lista y la payasa tonta, la clown y la augusta, la realista y la idealista, la Sancha y la Quijota, la Watson y la Sherlock, de este dúo memorable que en la versión cinematográfica canta y baila. Más allá de la risa y del retrato poco favorecedor de la sociedad de la época, estas novelas de Anita Loos formulan una divertida pregunta sobre qué significa ser inteligente.

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