Mundial de Rusia o por qué solo me gusta el fútbol cada cuatro años

A pesar de no ser seguidora de este deporte, no puedo evitar las ganas de pegarme a la pantalla que me entran cada vez que llega este momento

Foto: El Mundial es uno de esos eventos culturales que te permite sentirte parte de algo (EFE)
El Mundial es uno de esos eventos culturales que te permite sentirte parte de algo (EFE)

La dimisión de Rajoy y Eurovisión tienen más en común de lo que parece. Dejando aparte los chupitos y las palomitas que no pude catar mientras sucedía lo primero al encontrarme en horario laboral, había algo que compartía con la gente de mi alrededor: la expectación que trae un evento que llega, al menos, a nivel nacional. No me he perdido Eurovisión ni un año desde que tengo conciencia de que esa amalgama hortera y maravillosa existe y me levanté de madrugada para ver el final de ‘Perdidos’, pero también voy a por algo de picar para pasar la jornada cuando hay elecciones y estuve pegada a la pantalla por voluntad propia durante el goteo de ministros de Pedro Sánchez. Solo me faltaba hacer la ola después de cada nombramiento.

El sentimiento de formar parte de algo, en tiempo real y que mantiene los corazones hinchados o las uñas mordidas, depende del caso, me apasiona a niveles estratosféricos. Es algo que recuerda a lo que sentimos en la comunión grupal que supone un concierto, el sentimiento de cuando te sabes acogido y arropado por una masa heterogénea -el ‘fandom’- que tiene algo común. En la monótona y aburrida vida diaria, este particular sentido de pertenencia -más allá del que podemos desarrollar en el trabajo, los amigos o familia-, se pierde casi del todo. Por eso ahora, incapaz de otear los Oscars, Eurovisión o las Olimpiadas en la lejanía, me conformo con la catarsis de bajo presupuesto que me proporcionan ruedas de prensa o alguna dimisión para pasar la hora de merendar.

El Mundial llega en este momento de sequía en el que el único sentimiento de comunidad que podría arañar sería enganchándome a algunas de las series de las que más habla mi entorno personal para compartir la emoción del estreno de un nuevo episodio, como ‘Juego de Tronos’ o ‘El cuento de la criada’, pero no estoy preparada para ponerme al día con las chorrocientas temporadas de la primera ni para afrontar el dolor de la segunda. Por eso, aunque mis ganas de fútbol son nulas en el día a día y las rivalidades entre clubes no han conseguido conquistarme -y eso que mi padre hizo constantes esfuerzos durante mi niñez para que sintiera una mínima emoción por el Levante- cada cuatro años no puedo evitar girar la cabeza hacia la pantalla más cercana cuando sé que está jugando España.

Casi sin darme cuenta he añadido el Mundial a mi cajita de eventos culturales porque cada vez que lo he visto -vivido- me lo he pasado bien

"¿Ponemos el fútbol?" es la frase más repetida durante estos días en mi entorno y supongo que en el de cualquiera. Más aún de lo habitual. La diferencia es que, al contrario de la que sería mi respuesta en cualquier otro momento de los últimos cuatro años, ahora me apetece decir un "sí" voraz. Casi sin darme cuenta he añadido el Mundial a mi cajita de eventos culturales porque cada vez que lo he visto -vivido- me lo he pasado bien. Es algo parecido a lo que me ha pasado con esta edición de 'Operación Triunfo' tras años sin importarme lo más mínimo.

Es curioso cómo en ambos eventos, los detractores hacen -hacemos- casi el mismo ruido que sus seguidores más apasionados. "A ver si acaba ya OT" bravan unos hinchando el pecho de la camiseta de su equipo. Los otros, con la imagen de su triunfito favorito como perfil en redes sociales, defienden que al menos Eurovisión es solo un día -al festival también le cae lo suyo cada año-. Luego están quienes rechazan todo y presumen de apagar la tele y hundir la nariz en un libro. Quizá esto reúne lo bueno y lo malo de la tan disfrutada catarsis. No todo el mundo la tiene con lo mismo, pero eso también la hace más intensa.

Me gusta que una sola cosa pueda acoger a tantísima gente o que en cada uno de mis grupos sociales se muevan apuestas sobre las que no tengo ni idea, pero a las que me apunto por las risas, siguiendo los consejos del gato blanco que este año hace las veces del pulpo Paul. Lo que siento durante el Mundial lo olvido entre la celebración de uno y otro, pero me devuelven a la realidad las pruebas que acumulo año tras año: hace unos días encontré una foto de 2010 en la que se me ve expectante en un bar, con pinturas rojas y amarillas cubriendo mis mejillas y rodeada de amigos y patatas fritas. Supongo que dentro de unas semanas me sorprenderé agitando una banderita como si en el campo estuviera Amaia de OT.

Chicas Malas

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