La cultura española está equivocada: la realidad importa más que la ficción

Por alguna razón extraña, los libros sobre economía, tribunales, ideas políticas, ciencia en general o ciencias cognitivas en particular son considerados algo no del todo perteneciente a la cultura

Foto: Feria de juegos, comics y animación en Hong Kong. Foto: Jerome Favre / EFE
Feria de juegos, comics y animación en Hong Kong. Foto: Jerome Favre / EFE

La estrategia de Michael Lewis es casi siempre la misma. Escoge un gran tema casi imposible de abarcar -sea el deporte profesional, los bancos de inversión o las innovaciones de los últimos cuarenta años en el terreno de la psicología- y detecta dentro de él a un grupo de gente que se desmarca de las prácticas habituales en el sector. Gente rara, hombres por lo general, repelentemente empollones, obsesionados con los números y convencidos de que todo el mundo está equivocado menos ellos. Lewis sigue sus actos con detalle: sus decisiones contra corriente, la testarudez que les permite ignorar las burlas de los demás, lo mucho que les gusta ser excéntricos y el miedo pasajero a estar equivocados. En el último acto, sin embargo, el resultado siempre es el mismo: esos rebeldes tenían razón. Triunfan y el mundo se lo reconoce. Quienes les despreciaban bajan la mirada, avergonzados.

Pedro CalvoPedro Calvo

Michael Lewis (Nueva Orleans, 1960) empezó a trabajar en Solomon Brothers, un banco de inversión estadounidense, con veinticuatro años. Allí debía asesorar a millonarios sobre dónde invertir su dinero y comprar y vender bonos a pesar de que no tenía la menor idea de cómo se hacía. Había estudiado historia del arte: “nunca había hecho un curso de contabilidad, ni dirigido una empresa, y ni siquiera tenía ahorros propios que gestionar”. Tres años más tarde, divertido por esa experiencia tan surrealista, pero asustado por el absurdo funcionamiento de las grandes instituciones financieras, lo dejó (ahora sí, con unos buenos ahorros, porque ganaba una fortuna) y escribió unas memorias sobre su experiencia, ‘El póquer del mentiroso’ (Alienta Editorial). Vendió medio millón de ejemplares. Se había hecho rico riéndose de Wall Street y sus absurdos códigos de conducta, pero también había retratado con precisión los años ochenta, la era de la megacodicia, que también abordaron Tom Wolfe en la novela ’La hoguera de las vanidades’y Oliver Stone en la película ‘Wall Street’. Por supuesto, en España son mucho más populares estas dos últimas recreaciones porque son obras de ficción (volveré sobre esto más adelante).

Michael Lewis. Foto: Lucas Jackson / REUTERS
Michael Lewis. Foto: Lucas Jackson / REUTERS

El resto de libros de Lewis no le tienen a él como protagonista, aunque sí lo es su mirada, que detecta, como decía, a vencedores que parecían que no iban a serlo nunca. En ‘Moneyball’ (no hay traducción al castellano, pero sí una película protagonizada por Brad Pitt, ‘Moneyball: rompiendo las reglas’) seguía los pasos de Billy Beane, director general de un mediocre equipo de béisbol estadounidense, los Oakland Athletics, al que revolucionó con sus métodos y colocó en posiciones competitivas. Para Beane, los criterios con los que durante décadas se habían diseñado las tácticas del deporte y se había fichado a los jugadores -los conocimientos comunes compartidos por ex profesionales, comentaristas, ojeadores y técnicos; estrellas mediáticas en general- estaban completamente equivocados y las claves del juego solamente se podían desentrañar mediante el estudio de estadísticas muy detalladas y modelos predictivos. Con sus métodos, Oakland subió como la espuma. Al cabo de pocos años, todos los equipos del país copiaron su método de análisis matemático.

Los libros de Michael Lewis detectan a vencedores que parecían que no iban a serlo nunca

De la misma manera, en 'La gran apuesta' (Debate; también hay adaptación al cine, una vez más con Brad Pitt), se narra cómo un grupo de pequeños gestores de fondos tuvieron el convencimiento, mucho antes de que cayera Lehman Brothers, de que la economía estadounidense estaba condenada. Con ese conocimiento, apostaron buena parte de su dinero y el de sus clientes a que las hipotecas basura iban a perder casi todo su valor. Fueron ridiculizados por los grandes bancos de inversión, pero al final, no solo resultó que tenían razón, sino que se hicieron millonarios. En ‘Flash Boys’ (Deusto), un grupo de bichos raros se enfrenta al establishment de los mercados financieros al denunciar la manipulación del sistema que supone la llamada negociación de alta frecuencia, que utiliza sofisticados programas y recursos tecnológicos para comprar y vender activos a gran velocidad sin apenas intervención humana. El FBI abrió una investigación el día después de que se publicara el libro.

'The undoing Project'
'The undoing Project'

Debate publicará el nuevo libro de Lewis en abril, previsiblemente con el título 'Deshaciendo errores: Kahneman, Tversky y la amistad que cambió el mundo'. Kahneman y Tversky fueron dos psicólogos israelíes (Kahneman tiene 82 años, recibió el premio Nobel de economía y publicó hace poco un bestseller imprescindible, ‘Pensar rápido, pensar despacio’, también en Debate; Tversky murió joven, en 1996) que se iniciaron en su profesión cuanto esta apenas existía en su país. Reclutados por el ejército en plena guerra de Yom Kippur, aplicaron nuevas técnicas para comprender el comportamiento de los soldados y mejorar su moral. Por ejemplo, recomendaron analizar qué cosas tiraban a la basura para saber qué no les gustaba de las raciones de comida y poder ofrecerles lo que sí (les gustaban mucho las uvas en lata). Después de la guerra, animaron a los soldados con estrés postraumático a hablar abiertamente del miedo que habían sentido (descubrieron que la mayoría de ellos no luchaban por patriotismo, sino para proteger a sus amigos y familias).

A partir de entonces, reconfiguraron el estudio de la psicología, por lo que disfrutaron de reconocimiento, pero en cierta medida también vivieron aislados en su rareza intelectual, su entusiasmo por ideas innovadoras y una amistad emocionante y cerrada. Con su obra, descubrieron cómo toma las decisiones la mente humana, por qué falla con mucha frecuencia y por qué nos engaña a nosotros mismos, y revolucionaron el estudio y la práctica de fenómenos como el Big Data, las finanzas, el deporte, los sesgos cognitivos y las reacciones en situaciones de riesgo. Es decir, algunos de los grandes temas de nuestra época.

Kahneman y Tversky descubrieron por qué la mente humana falla con mucha frecuencia y por qué nos engaña a nosotros mismos

Los libros de Lewis no se venden mal en España, me cuentan sus editores, aunque sus ventas aquí no se puede comparar con los millones de ejemplares que despacha en Estados Unidos. Su falta de reconocimiento entre nosotros no tiene por qué ser relevante -aunque a mí me parece uno de los grandes escritores de nuestro tiempo-, pero sí es una muestra más de la tendencia española a identificar completamente la cultura con la ficción. Para empezar por lo menos importante, aquí solo se llama ‘escritor’ a quien escribe novelas y ‘literatura’, a las obras de ficción; los documentales raramente se llaman ‘películas’ fuera de la profesión.

Pero hay implicaciones más trascendentes que tienen que ver con la relación intelectual que tenemos con la realidad. El ensayo o la crónica en forma de libro son considerados géneros demasiado sesudos o cosas raras fuera del contexto de los periódicos (no es un problema lingüístico: en Latinoamérica la crónica es un género de gran prestigio). Y aunque la crisis ha aumentado el interés por los libros de carácter económico, político e investigativo (algo bueno tenía que tener), sus ventas suelen ser muy inferiores a las de las novelas y su vida en las librerías y su prestigio casi siempre son coyunturales. Por alguna razón extraña, los libros sobre economía, tribunales, ideas políticas, ciencia en general o ciencias cognitivas en particular son considerados algo no del todo perteneciente a la cultura, sino trabajos técnicos ajenos al interés general o mera divulgación.

Si queremos comprender mínimamente al ser humano, cómo funciona y qué cosas hace, no basta con la imaginación

Por supuesto, el problema no es solo del público, sino también de quienes escribimos, de las editoriales y de los medios: algo hacemos mal para que la realidad no seduzca a muchos lectores. Está bien que la imaginación tenga mucho prestigio. Pero también tiene sus límites, y si queremos comprender mínimamente al ser humano, cómo funciona y qué cosas hace -en un mundo brutalmente complejo en el que los mercados financieros y las decisiones de la política hacen y deshacen nuestras vidas, en el que la ciencia nos va diciendo más sobre nosotros de lo que jamás habríamos podido soñar, en el que nadie puede saber de todo a pesar de que los tertulianos sean los nuevos tribunos-, no basta con la imaginación. Ésta es un mecanismo innegablemente interesante para saber cómo podrían haber sido las cosas en el pasado, cómo podrían ser en el presente y el futuro, y un magnífico entretenimiento. Pero necesitamos más que eso. Necesitamos realidad, realidad bien contada. Y comprender que ésta forma parte de la cultura tanto como cualquier fruto de la imaginación.

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