¿Qué demonios le pasa a la izquierda?

La política como identidad y ofensa. Mark Lilla vuelve a la carga con un nuevo libro sobre la deriva de la izquierda estadounidense, extrapolable a la europea y española

Foto: El líder de Podemos Pablo Iglesias, durante la segunda jornada de la Asamblea Ciudadana Estatal de Vistalegre II (Efe)
El líder de Podemos Pablo Iglesias, durante la segunda jornada de la Asamblea Ciudadana Estatal de Vistalegre II (Efe)

Mark Lilla, un pensador de quien ya les he hablado, ha publicado esta semana un libro sobre la izquierda estadounidense en la era Trump. El título se podría traducir como 'El progresista del pasado y el del futuro', y aborda muchas de las disfuncionalidades de la izquierda de nuestro tiempo. Es un libro centrado en la izquierda estadounidense, pero todo lo que dice sirve, matizado, para la europea y la española.

Según Lilla, la izquierda estadounidense ha tomado tantas malas decisiones en las últimas décadas que tiene difícil recuperar el voto de las mayorías. Para empezar, se ha olvidado de ideas como “el bien común”, "la ciudadanía” o “el nosotros” para refugiarse en la “identidad” de algunos grupos y de las minorías. Se trata de una izquierda que ya no pretende representar mayoritariamente a los trabajadores, sino a profesores y a periodistas obsesionados con su propia identidad —mujeres, hombres, blancos, negros, asiáticos, homosexuales, heterosexuales, del sur, del nordeste, de clase media, de clase baja, etcétera— y que ha olvidado los fines de la política para el conjunto de la sociedad.

Para Lilla, esta izquierda, sobre todo los jóvenes universitarios que conformarán la élite progresista dentro de unos años, ya no es capaz de elaborar argumentos políticos complejos sobre el progreso del país o una idea determinada de sociedad, sino que siempre piensa la política en términos identidad, y especialmente de una herida, ofendida por las demás identidades. Por explicarlo con sus palabras: si antes los estudiantes solían iniciar la exposición de sus ideas diciendo “Yo pienso A, y estos son mis argumentos”, ahora dicen “En tanto que mujer (u hombre, o blanco, o negro, u homosexual, etcétera), me siento ofendido por lo que has dicho”.

'The Once and Future Liberal. After identity politics', de Mark Lilla
'The Once and Future Liberal. After identity politics', de Mark Lilla

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? Para Lilla, todo procede de la deriva que la izquierda adoptó en los años sesenta. Entonces, dice, la izquierda se obsesionó con la frase “lo personal es político”. Tradicionalmente, dice el argumento, se pensaba que por un lado estaban los asuntos públicos —como los salarios, la igualdad ante la justicia o la eficiencia de las administraciones—, que era de lo que había que discutir políticamente. Y, por otro lado, estaban los asuntos privados -—la sexualidad, la familia, los gustos—, que estaban fuera de esa contienda. La nueva izquierda de entonces, sin embargo, estableció que absolutamente todo era político, puesto que ninguna esfera de la vida estaba exenta de las relaciones de poder que se producen entre humanos. Eso hizo que, de los sesenta en adelante, la izquierda se galvanizara con asuntos como el feminismo, los conflictos raciales, las preferencias sexuales o lo políticamente correcto.

Pero con esa frase, según la cual “lo personal es político”, dice Lilla, la gente, simplemente, empezó a confundir las dos cosas y a pensar que la participación política no era más que el hecho de “expresar quién eres”, hacer que los demás acepten la definición que tú haces de ti mismo y convertir todo el juego político en la necesidad de que esa identidad sea respetada. El socialismo tradicional tenía poco interés en reconocer la individualidad y se preocupaba sobre todo por lo social, por una idea del bien común. La nueva izquierda representó exactamente lo contrario y eso ha llevado a la izquierda actual, fragmentada e incapaz de conseguir mayorías amplias surgidas de todos los grupos sociales, a un debate inagotable sobre matices identitarios que a la sociedad en general no suele interesarle demasiado.

Para Lilla, esta izquierda ya no es capaz de elaborar argumentos políticos complejos sino que piensa la política en términos identidad

Es una tesis interesante, pero probablemente indemostrable. Cuando Lilla empezó a publicar artículos sobre este tema tras la elección de Trump (uno de ellos lo publicó en castellano la revista 'Letras Libres' y puede leerse aquí), fue rápidamente acusado de machista y de racista por feministas y miembros de minorías de izquierdas, lo cual en cierto sentido le daba la razón. Pero también hay algunos puntos débiles en sus muy bien hilvanados argumentos: para empezar, si la izquierda ha dejado atrás su identificación puramente obrerista es probable que sea porque cada vez hay menos obreros a los que pedir el voto. Además, Lilla comete un error muy habitual en la discusión política: reclama una nueva unidad alrededor de ciertas ideas compartidas, pero esas ideas, por supuesto, son las suyas, no las de los demás, que suele desdeñar. Y, por último, creo que tiende a sobreinterpretar la victoria de Trump, que en última instancia no tuvo una composición de votantes muy distinta que la de cualquier otro candidato republicano previo.

En todo caso, antes decía que este diagnóstico puede ser útil para entender las izquierdas europea y española, pero no estoy seguro de en qué grado. Las sociedades europeas son mucho más homogéneas en términos raciales, pero el proceso de desindustrialización y de desaparición de empleos fabriles ha sido parecido. Los movimientos feministas y defensores de las minorías sexuales han adoptado buena parte del lenguaje y las tácticas de sus equivalentes estadounidenses. Y, como ha sucedido allí, expresiones de la izquierda que hasta hace no mucho parecían confinadas en la universidad vuelven a estar presentes en el debate público, como las ideas de la llamada escuela de Frankfurt sobre la virtud burguesa y el sexo, la mezcla de retóricas marxistas y psicoanalíticas, una especie de resistencia general a la vida en sociedades modernas y una tendencia a ver en el neoliberalismo la explicación a cualquier cosa que no funcione.

Esta crítica muy compleja a todo lo que en la democracia liberal se considera “sentido común” —lo sea o no— está de vuelta en el debate público. Y más allá de mis simpatías por este viejo/nuevo lenguaje de la izquierda, estoy de acuerdo con Lilla en que esta lo tiene muy difícil para conquistar mayorías por el mero hecho de que su marco es demasiado complejo y contraintuitivo. Fue interesante ver cómo Podemos, consciente de esta dificultad, intentó en varias ocasiones hacer campaña renunciando a este lenguaje, pero es también interesante ver cómo vuelve a él constantemente porque, a fin de cuentas, es su cosmovisión. Y es muy difícil renunciar plenamente a ella, aunque te condene a no ganar.

Quizá la esencia de la izquierda después de la caída del mundo soviético resida en estar en crisis y no acabar nunca de encontrarse a sí misma

Como se ha dicho muchas veces, quizá la esencia de la izquierda después de la caída del mundo soviético resida en estar permanentemente en crisis y no acabar nunca de encontrarse a sí misma. A pesar de ello, ha tenido triunfos notables en las últimas décadas reinventándose de una manera u otra —de Clinton a Blair, de Zapatero a Obama—. Pero quizá sí sea cierto que ahora mismo, también en la izquierda española, se está produciendo un problema endémico dentro de los bloques ideológicos: una competición interna para ver quién es más puro, quién rechaza más al adversario, quién se opone con más fiereza al “sentido común”. Cuando la política es dominada por esta tendencia —que, ciertamente, la derecha sabe advertir mejor y rechazarla—, los partidos se convierten en seminarios y sus medios de expresión en hojas parroquiales, que muchas veces son virulentas. Todo el mundo exige más bondad a los demás, pero en público justifica sus propias carencias mostrando su sensación de que está siendo ofendido y acosado (a veces con razón, en otras no). Cuando la política de izquierdas se limita a eso, la derecha gana. Lo entendió muy bien Steve Bannon, el exestratega en jefe de Donald Trump, antes de ser despedido, cuando le dijo a un periodista que le parecía muy bien que la izquierda se obsesionara con discutir sobre el racismo y sus raíces históricas, porque entonces la derecha hablaría de cómo acabar con lo que se percibía como la desleal competencia china en materia comercial y cómo subir los sueldos de los trabajadores, y en ese contexto su idea de derecha ganaría siempre. Es una idea dolorosa. No sé si cierta. Pero quizá debamos prestar atención a los argumentos de Lilla.

El erizo y el zorro

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