Nos persigue el pasado porque nadie tiene un plan para el futuro (y eso es peligroso)

En general, la manera en que la política usa el pasado tiende a complicar horriblemente el presente

Foto: Jorge Vestrynge y Pablo Iglesias tras una bandera republicana. (EFE)
Jorge Vestrynge y Pablo Iglesias tras una bandera republicana. (EFE)

Tradicionalmente, las ideologías se han caracterizado por cómo miraban a la historia. Los reaccionarios, por ejemplo, odiaban el presente, y creían que el mejor futuro posible consistiría en volver al pasado. Los conservadores democráticos añoraban el pasado, pero sabían que era irrecuperable, de modo que se conformaban con que el futuro fuera lo más parecido al presente, cambiando lo menos posible. Y la izquierda democrática pensaba que, más allá de pasado y presente, lo importante era construir un futuro transformado y nuevo.

La división nunca fue tan clara, por supuesto, y en el último medio siglo unas cosas y otras se han ido mezclando y cambiando de lado. La última novedad, me parece, es que ahora nuestra obsesión es el pasado, sea cual sea nuestro bando. Esto es particularmente llamativo en la izquierda, que siempre consideró el pasado un camino equivocado y por lo tanto desdeñable. Lo importante era pensar en el futuro. Hoy, sin embargo, buena parte de la izquierda parece combatir más por el pasado que por el futuro. No puedo probarlo, pero tengo la sensación de que la comunicación pública de Podemos, por ejemplo, está más dominada por el intento de vender su interpretación del pasado español -desde la Segunda República hasta los años dorados de corrupción del PP-, que por contarnos sus planes para pasado mañana.

Esto es en buena medida normal, pero quizá porque ahora ninguna ideología tiene un plan creíble para el futuro que sea capaz de entusiasmar a las mayorías, el repliegue parece mayor Y es un repliegue peligroso porque, en general, la manera en que la política usa el pasado tiende a complicar horriblemente el presente.

Contra la memoria

Lo cuenta muy bien David Rieff en dos libros, 'Contra la memoria' y 'Elogio del olvido' (ambos en la editorial Debate, el segundo publicado hace pocos meses). En ellos explica cómo en la actualidad existe un consenso general en que lo correcto, en términos morales, es recordar. Muchas veces es una idea noble y bienintencionada, pero al mismo tiempo puede volverse fácilmente en contra de quienes creen que recordando los males del pasado se evitarán los del futuro. A menudo, lo peor del nacionalismo parte de una lectura histórica interesada, y a veces la persistencia del recuerdo impide una reconciliación tolerable entre las partes del conflicto. La obsesión con el pasado puede convertirse en una droga que te destruye a ti pero también a los demás.

Sin embargo, la lectura de los libros de Rieff es incómoda, aunque uno esté de acuerdo con él. Lo deseable es, sin duda, encontrar, dentro de un debate histórico sereno, el equilibrio razonable entre la memoria y el olvido. Y no hay forma de nobleza de espíritu más encomiable que, después de una tragedia, limpiar la sangre derramada por los tuyos y prometerte que intentarás olvidar, o, más bien, que tu recuerdo no te llevará a buscar venganza. Ha sucedido antes: sin ir más lejos, con los pactos que permitieron la fundación de lo que sería la UE y, más tarde, la España democrática.

Pero sigue existiendo ahí un elemento extraño, que hace que te revuelvas en el asiento mientras lees. Este, en realidad, se reduce a una pregunta de carácter moral que, según se mire, es particularmente cómoda o incómoda para quienes nunca nos hemos visto implicados en conflictos violentos ni vivido en sociedades completamente rotas: ¿sería yo capaz de olvidar o de empezar un nuevo día sin buscar una reparación equivalente al daño al que se me ha sometido? O por decirlo en términos un poco más filosóficos: ¿qué demonios hago con mi pasado para construir mi futuro?

Mira lo que me obligas a hacer

Esta pregunta no es solo política. En el extremo más frívolo de esta discusión me topé con 'Look What You Made Me Do' ('Mira lo que me obligas a hacer'), la última canción de Taylor Swift, una joven estrella del pop estadounidense. En la canción, Swift promete que se vengará de alguien que le ha infligido un daño que considera terrible (es un tema habitual en sus canciones: su carrera de millonaria un poco consentida está construida, en buena medida, sobre promesas de acabar glamurosamente con la felicidad de quienes le han hecho daño en el pasado).

Los códigos de honor se basan siempre en esa frase: "te estoy matando, pero solo porque en el pasado tú mataste a mi padre"

No es una canción memorable, pero me llamó la atención su título, que repite machaconamente en el estribillo. Porque eso, “mira lo que me obligas a hacer”, es lo que suelen repetir quienes infligen un mal evidente -mediante la venganza, la violencia o la política extremista- pero sienten que ellos no son los responsables de ese mal, sino sus adversarios. “Mira lo que me obligas a hacer”, es decir: “no hago el mal porque me apetezca, sino porque el pasado me obliga”. Los códigos de honor que rigieron -y en ciertas partes del mundo siguen rigiendo- la vida en sociedad se basan siempre en esa frase: “te estoy matando, pero solo porque en el pasado tú mataste a mi padre”. Romper esa cadena interminable para hacer un futuro distinto es lo que recomienda Rieff, y es lo correcto, pero no sé si podemos imaginar lo complicado que es.

Lo decía Orwell en su novela 1984: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”. De hecho, su protagonista, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad reescribiendo el pasado para satisfacer las necesidades ideológicas del régimen dictatorial. En los países democráticos esta lógica sigue presente, aunque sea de una manera distinta. Pero no vamos a eliminarla del debate público, porque es inherentemente humana: seguimos pensando en el futuro en términos de pasado, y ahora singularmente el control del pasado es considerado uno de los mayores triunfos políticos. Es algo raro, pero ahí estamos: peleando furibundamente por el pasado mientras quizá el futuro ya está en ruinas.

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