El timo de la autenticidad: condenados a ser nosotros mismos

Las páginas de autoayuda de los periódicos nos recomiendan seriamente que seamos nosotros mismos, persigamos nuestros sueños y recordemos que somos, por el mero hecho de existir, especiales

Foto: Detalle de un retrato de Rousseau, el 'inventor' de la 'autenticidad'
Detalle de un retrato de Rousseau, el 'inventor' de la 'autenticidad'

Una forma de retórica ha invadido el espacio público: la retórica de la autenticidad, la virtud y la identidad. Está prácticamente en todas partes. Las páginas de autoayuda de los periódicos nos recomiendan seriamente que seamos nosotros mismos, persigamos nuestros sueños y recordemos que somos, por el mero hecho de existir, especiales. La publicidad nos insiste en que llevar una cierta prenda de ropa o conducir determinado coche son una muestra de autenticidad y de que no nos sometemos a la voluntad de los demás, y que lo importante en la vida es expresar nuestro verdadero carácter. Desde hace un tiempo, el debate político se ha teñido de constantes apelaciones identitarias que nos incitan a mostrar orgullo por ser miembros de nuestro grupo, nos recuerdan que la mera pertenencia a esa comunidad nos hace singulares (cuando no mejores) y que el fin último de la política es que tu identidad sea reconocida y ocupe un lugar especial en el imaginario colectivo.

Es una retórica narcisista que parece servir para todo y que tiende a expulsar de la discusión a la razón. En realidad, la mayoría de nosotros no somos especiales, ni auténticos, ni particularmente virtuosos. Llevamos las vidas que podemos -que son más fáciles si has nacido en el grupo demográfico y el hogar adecuados, e increíblemente más difíciles si no es el caso- y tratamos de hacerlo de acuerdo con las coordenadas morales que escogemos. Esta retórica, sin embargo, parece que nos quiere sacar a empellones de esta especie de mediocridad para recordarnos a gritos que esa existencia es falsa y, sobre todo, el sometimiento a unas convenciones sociales putrefactas. Aunque, por supuesto, esa otra forma de entender la vida que nos propone sea puramente convencional y no precisamente progresista.

Los orígenes de esta manera de mirar el mundo datarían del XVIII y de un escritor entre la ilustración y el romanticismo: Rousseau

Muchos piensan que ese discurso es el propio del neoliberalismo: una falsa épica vital que, en realidad, te lleva a dejar de ser un ciudadano para convertirte en un mero consumidor: un consumidor de mercancías, de experiencias y de tu propio ego. Yo mismo aventuré en un libro que esta retórica nació en los años sesenta, antes del neoliberalismo, fruto de una serie de circunstancias políticas, culturales y económicas que podríamos resumir como una suma de contracultura y bienestar. Pero un brillante ensayo del profesor de literatura Alex Matas Pons, 'En falso. Una crítica cultural del siglo XX' (Pretextos), recién publicado, sitúa los orígenes de esa manera de mirar el mundo mucho antes, concretamente en el siglo XVIII, y en un escritor que vivió en el tiempo de frontera entre el pensamiento ilustrado y la reacción romántica a este: Jean-Jacques Rousseau.

'En falso'
'En falso'

Rousseau defendió “con una violencia extraordinaria la idea de que existe una identidad natural, ajena a lo social”, es decir, que todos somos una expresión de autenticidad que la sociedad desfigura. Sostuvo esta idea en muchas obras de naturaleza distinta, pero sobre todo lo hizo en un libro titulado 'Confesiones' (1782). En él decidió presentarse “desnudo”, revelar “sus secretos más vergonzantes”, convencido de que “su sinceridad, la revelación inmediata de su intimidad, es la virtud ejemplar gracias a la cual podrá ganarse el reconocimiento público. Si antes la ejemplaridad venía dada por la santidad o el heroísmo, ahora él quiere democratizarla haciéndola accesible a todo el mundo: cualquiera la merece por el simple hecho de ser único o genuino”. De ahí que Rousseau escribiera al principio de 'Confesiones': “Si no valgo más, al menos soy distinto”.

¿Una idea liberadora?

Puede parecer una idea liberadora. Como cuenta de forma admirable Matas, apoyándose en ejemplos literarios de obras de Joseph Conrad, Scott Fitzgerald, Patricia Highsmith o Philip Roth, entre otros, esta visión ha tenido una influencia crucial en toda la cultura posterior y llegado hasta nosotros. Antes de la época de Rousseau, el reconocimiento pasaba en buena medida por cumplir a la perfección el papel que desempeñabas en el seno de la sociedad -cumplir el código de honor de tu profesión, tu religión o tu grupo social-, pero, a medida que la sociedad se iba liberalizando y siendo más igualitaria, al menos nominalmente, empezaron a ser el carácter o la individualidad las cualidades que eran vistas como meritorias. Eso hizo que la cultura posterior estuviera dominada por algo que es probable que no estuviera en la mente de Rousseau: la impostura, la exhibición ante los demás de un carácter que no es el tuyo, sino una construcción falsa y vanidosa.

A medida que la sociedad iba siendo más igualitaria empezaron a ser el carácter o la individualidad las cualidades vistas como meritorias

Jim, el protagonista de la gran novela de Conrad 'Lord Jim' (1900), es un capitán de barco que incumple la más sagrada tarea que la sociedad ha depositado en él: ser el responsable de los pasajeros de su barco. Cuando se produce un naufragio, olvida ese compromiso y solo se preocupa de salvar su vida, así que salta de la nave en cuanto puede. Los pasajeros son recogidos y salvados por otro barco, y a partir de entonces Jim se convierte en un fugitivo. El resto de su vida consistirá en tratar de erigir un carácter que no sólo niegue que en determinada ocasión fue un cobarde, sino que exhiba exactamente lo contrario. En otra novela de Conrad, 'El agente secreto' (1907), un terrorista se considera poseedor de una moral superior, excepcional, pero el narrador del libro señala que, con su desafío revolucionario, “se procuraba a sí mismo una impresión de poder y prestigio personal. Mitigaba su desasosiego […] A su manera, los más ardientes revolucionarios no están haciendo sino buscar la paz al igual que el resto de los mortales: la paz de la vanidad apaciguada, de los apetitos satisfechos, o tal vez de la conciencia aplacada” .

El libro de Matas está repleto de ejemplos así de dramáticos. Los destinatarios actuales de las consignas de la autoayuda, la publicidad o la política identitaria no solemos vivir situaciones tan extremas. Pero cuando se ha desplegado la idea de que el carácter natural del individuo es algo que debe luchar constantemente contra las convenciones sociales luego es muy difícil volver a contenerla. Aunque, en última instancia, esta solo sirva para suturar las miserias personales o apaciguar el conocimiento de las limitaciones de uno. Y por eso, la idea deja de ser liberadora para convertirse en una especie de condena narcisista que ahora, paradójicamente, incluye a toda la sociedad de la que en teoría nos queremos desmarcar. Lo que quería acabar con la hipocresía social se convierte así en su motor.

“No seáis auténticos, sed prácticos sin ser inmorales”, sería mi respuesta a este estado de cosas. Da para un buen tuit. Pero es probable que me pasara las horas posteriores a su publicación pendiente de si ha tenido éxito -es decir, de cuántos reconocen mi autenticidad-, lo que no haría más que empeorar las cosas.

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