¿Es Facebook una amenaza para la democracia?

No solo es posible que las redes sociales sean poco útiles para mejorar el compromiso político, sino que cada vez resulta más verosímil que sean abiertamente perjudiciales para la democracia

Foto: Logo de la aplicación móvil de Facebook
Logo de la aplicación móvil de Facebook

Es probable que el rasgo más definitorio de mi generación (los que nacimos a finales de los años setenta) sea que fuimos los últimos habitantes de los países ricos cuya adolescencia transcurrió sin redes sociales. Es cierto que también somos la generación cuya juventud terminó abruptamente a causa de la crisis financiera de 2008, y que esta marcará definitivamente la segunda mitad de nuestra vida. Pero, a fin de cuentas, las crisis económicas son algo desgraciadamente frecuente. Un fenómeno como el de Facebook, no.

Es curioso cómo ambas cosas están interrelacionadas. Facebook nació en 2004, Twitter en 2006, WhatsApp en 2009 e Instagram en 2010 (hoy, la primera es propietaria de las dos últimas). Durante los años más desesperanzados de la crisis, se pensó que estas herramientas podían ser claves para articular una respuesta política a los estragos económicos. No ocurrió solo en los países ricos, donde fenómenos como el 15M en España o Occupy Wall Street en Estados Unidos, ambos de 2011, vieron en la tecnología una manera de organizar y motivar a los indignados. Antes, en 2009, Facebook ya había sido crucial para la organización de las protestas en Irán tras el supuesto pucherazo electoral que dio la victoria a Mahmud Ahmadinejad. En 2011, las protestas articuladas a través de las redes sociales propiciaron la caída de Hosni Mubarak, que había gobernado Egipto desde 1981.

Como cuenta el Economist en su número de esta semana , el 21 de noviembre de 2013 el periodista ucraniano Mustafa Nayem escribió en su muro de Facebook: “Venga, chicos, seamos serios. Si de verdad queréis hacer algo, no solo le deis ‘me gusta’ a este post. Escribid que estáis listos y que podemos intentar empezar algo”. Animado por los 600 comentarios que recibió en apenas una hora, Nayem volvió a escribir y pidió a sus seguidores que se reunieran ese mismo día en la plaza Maidan de Kiev, la capital ucraniana. El presidente, Viktor Yanukovich, fue destituido tres meses después.

Del escepticismo al miedo

A pesar de estos acontecimientos, pronto empezó el escepticismo sobre el verdadero poder de las redes sociales para articular movimientos políticos (a fin de cuentas, Ahmadinejad siguió en su puesto, Mubarak fue sustituido por los Hermanos Musulmanes, que después fueron rápidamente expulsados del poder y reemplazados por un nuevo dictador militar, y Ucrania se convirtió en un inmenso caos). Ya en 2010, el escritor Malcolm Gladwell comparó estos movimientos de protesta con los de los años sesenta y llegó a la conclusión de que los lazos y el compromiso que se establecen por medio de las redes nunca tendrían la profundidad que adquirían los establecidos de manera física. Pero hemos tardado un poco más en darnos cuenta de otra cosa: no solo es posible que las redes sociales sean poco útiles para mejorar el compromiso político de la sociedad civil y desafiar a los gobiernos, sino que cada vez resulta más verosímil la posibilidad de que sean abiertamente perjudiciales para la democracia.

Hay que ser escéptico sobre los supuestos efectos negativos de las nuevas tecnologías en la convivencia: en eso no hay constantes

La invención de la imprenta transformó la política a partir del siglo XVI y propició, al menos, la fundación de una religión, el protestantismo, que hoy practican alrededor de 900 millones de personas. La invención de los periódicos modernos a finales del siglo XVIII permitió que se conformaran los antecedentes de lo que hoy son nuestras democracias. Y la televisión, que en el mundo occidental se popularizó entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, transformó de manera profunda la democracia convirtiéndola, en buena parte, en un espectáculo mediático. Con esto quiero decir que siempre hay que ser escéptico sobre los supuestos efectos negativos de las nuevas tecnologías en la convivencia: creo que, simplemente, en eso no hay constantes.

Al mismo tiempo, ya hay numerosas pruebas de que Facebook ha empeorado notablemente la calidad de la discusión política. Como decía este fin de semana el economista Tim Hartford en el Financial Times: “Para el modelo de negocio de Facebook, no importa demasiado si lo que vemos en él es cierto o falso, a menos que empecemos a mostrar más interés en que no nos mientan. Por ahora, los empresarios dedicados a las noticias falsas se han dado cuenta de que es mucho más rentable la invención de atractivas fábulas que la investigación para confirmar la verdad cotidiana. Estamos empezando a darnos cuenta de que Facebook es el vector perfecto para anuncios cuidadosamente dirigidos a determinados usuarios y que contienen oscuras difamaciones políticas. Una afirmación falsa en un anuncio de televisión o en un autobús de campaña puede ser refutada; una afirmación falsa dirigida cuidadosamente a unos pocos miles de votantes en una circunscripción indecisa puede pasar sin refutar y, además, puede que nadie la vea excepto aquellos a quienes va dirigida”.

Desestabilizar Occidente

Por lo pronto, hay pruebas que indican que en tres de las más recientes catástrofes políticas del mundo rico -el voto en favor del Brexit, la elección de Trump o la falsa propaganda del independentismo catalán-, Facebook ha tenido un papel importante, posiblemente favorecido por el apoyo y el desembolso económico de Rusia, siempre deseosa de desestabilizar Occidente. Y, además, algunos estudios empiezan a señalar, como explicó el escritor John Lanchester en el artículo 'Tú eres el producto' que el uso intensivo de Facebook con frecuencia aumenta la tristeza de los usuarios y saca a relucir nuestra envidia. Un reciente estudio señalaba que el estadounidense medio toca 2.600 veces al día su teléfono móvil, y que los usuarios más activos pueden tocarlo el doble de veces. ¿Cómo íbamos a esperar que eso no tuviera consecuencias en nuestra psicología y nuestras actividades políticas?

La hipótesis de Zuckerberg era que si todos estábamos conectados, la sociedad mejoraría. Es posible que suceda lo contrario

No se trata de afirmar que Facebook es malo (que a mí me lo parezca es irrelevante). Sino de sospechar que está cambiando la manera en la que vivimos de una manera no muy premeditada. La hipótesis de su fundador, Mark Zuckerberg, era que si todos los individuos estaban conectados entre sí y compartían información valiosa, la sociedad mejoraría paulatinamente. Es posible que esté sucediendo lo contrario. En uno de los artículos más brillantes que se han publicado sobre el tema en España, Manuel Arias Maldonado afirmaba en la revista Letras Libres : “De aquí no se sigue que la democracia liberal se encuentre amenazada o en camino de ser sustituida. Las transformaciones en curso más bien ratifican su vigencia, al menos en el plano teórico: no existe ningún régimen político más apropiado para lidiar con el conflicto entre concepciones rivales del bien, la pugna entre identidades afectivamente recargadas o la creciente desorganización del debate público. Solo una sociedad abierta, escéptica y flexible puede adaptarse con éxito a estas novedades; aunque lleve tiempo acostumbrarse a ellas”.

Lo que no sabemos es cuánto tiempo podremos seguir siendo sociedades abiertas, escépticas y flexibles mientras Facebook, que a casi todos los efectos es un monopolio, se vuelve cada vez más adictivo y se convierte en el único canal de información del que dependen cada vez más personas.

El erizo y el zorro
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios