Eres religioso y no lo sabes

Una inmensa parte de los españoles sigue pensando que ser cristiano tiene sentido y utilidad, pero que las reglas que rigen su fe no lo tienen tanto, sobre todo las relacionadas con la moral

Foto: Dos jóvenes celebran la Navidad. (iStock)
Dos jóvenes celebran la Navidad. (iStock)

Se acerca la Navidad y, con ella, las críticas a las costumbres de estas fechas que llevo oyendo desde que soy niño: que se ha convertido en una mera excusa para el consumismo y los excesos alimentarios, que se la ha despojado de todo rasgo espiritual y, en definitiva, que ha dejado de ser la festividad religiosa que fue para convertirse en una especie de celebración pagana con elementos de iconografía cristiana. Muchos tienden a ver esta evolución como una muestra más de la imparable marcha de la sociedad moderna hacia la laicidad o, como a veces se dice, la posreligión: un mundo en el que los símbolos siguen teniendo un cierto encanto pero, en realidad, no se cree en ellos.

El hecho es que, según el sondeo del CIS de abril de este año, el 70% de los españoles se declara católico (aunque un 60% de ellos raramente asiste a misa), comparado con el 90% que se declaraba católico en 1978. Aun así, el porcentaje actual sigue constituyendo una amplia mayoría, y tiendo a pensar que lo que está en crisis no es tanto el cristianismo en sí como algunas de sus reglas morales.

Es decir, una inmensa parte de los españoles (u occidentales en general) sigue pensando que ser cristiano tiene sentido y utilidad, pero que las reglas que rigen su fe no lo tienen tanto, sobre todo las relacionadas con la moral. Es lo que en inglés se llama el “cristianismo de bufé libre”: una interpretación según la cual los individuos pueden aceptar las creencias de una religión que les resulten convenientes, pero rechazar las que les incomodan o en las que simplemente no creen. Alguien puede definirse como cristiano y creer en la existencia de un dios sobrenatural, pero negarse a asumir que una mujer virgen dio a luz a un hijo en el siglo I o que mantener relaciones sexuales con tu pareja antes del matrimonio es algo malo. O puede pensar simplemente que la religión ofrece consuelo ante las penurias de la vida, pero detestar la estructura eclesiástica y su pompa. ¿Continúan siendo esas personas cristianas?

¿Un cerebro religioso?

No lo sé y no creo que importe demasiado. Pero sí que evidencia que, aunque las costumbres morales o el fastidio ante las prebendas eclesiásticas se transformen con el tiempo, las personas seguimos tendiendo a pensar en términos religiosos. Existen estudios de psicología que señalan que tenemos un “cerebro religioso”, diseñado para creer en lo sobrenatural y dar por sentada la existencia de milagros y sucesos que escapan a las leyes científicas. Es lo que a veces se llama “hipótesis de la creencia intuitiva”, según la cual la creencia en lo sobrenatural se debe a la persistencia del pensamiento intuitivo, pero se reduce en personas que recorren más al pensamiento analítico. Hace unas pocas semanas, sin embargo, la revista 'Nature' publicó un interesante -y legible- estudio que niega que el cerebro tenga predisposición al pensamiento religioso y afirma que la creencia en lo sobrenatural depende fuertemente de otros factores, como “la educación socio-cultural”.

Si uno mira las tendencias ideológicas de nuestro tiempo, es fácil llegar a la conclusión de que no son más que sustitutas de la religión

Sea como sea, si uno mira las tendencias ideológicas de nuestro tiempo -relacionadas con la alimentación o la medicina, y por supuesto también con la política- es fácil llegar a la conclusión de que en realidad estas no son más que sustitutas de la religión, y que su funcionamiento es el mismo: mediante la creencia y no el empirismo, o, en estos casos, con lo primero disfrazado de lo segundo. Si están atentos a las modas en cuestión de dieta, verán que hoy se fustiga el consumo de azúcar con la misma ira religiosa con que hace apenas dos décadas se consideraba pecaminosa la ingesta de grasa. Por supuesto, hay razones científicas para reducir el consumo de ciertos alimentos, pero el furor de algunas campañas contra algunos de ellos tiene el mismo aire evangélico que la propaganda religiosa, y hay quien sostiene, como Alan Levinovits, autor de 'La mentira del gluten', que la relación que las personas mantienen con la comida se rige por los mismos patrones que el pensamiento basado en la fe. Cada cierto tiempo, los antivacunas ponen en duda la seguridad de las vacunas. Que algunos de ellos fumen no les impide afirmar que no deben utilizarse porque contienen sustancias nocivas que se introducen en nuestro cuerpo por las malas artes de la gran y avariciosa industria.

En el plano político, esto parece aún más evidente. Al ver el comportamiento de muchos independentistas catalanes a pocos días de las elecciones, es difícil no pensar que sus razonamientos son de carácter religioso, es decir, que están basados en un “salto de fe”, una creencia que los no creyentes no podemos ver pero que para ellos es evidente y justa. Si alguien me dijera que mi unionismo pragmático, centrista, ateo, procientífico y aburrido es también una forma de religión le respondería con argumentos que a mí me parecen basados en hechos, pero en realidad debería aceptar la crítica: no tengo ninguna prueba de que mi cerebro sea menos religioso que el de los demás, aunque para mí sea evidente.

En algo habrá que creer

En todo caso, parece que los humanos necesitamos creer. Cuando le explicaba mi ateísmo adolescente a mi abuelo, un hombre no particularmente religioso, me decía siempre: “Pero hombre, en algo habrá que creer”. Parece que es cierto. Sea a través de las dietas milagro, la medicina alternativa o una independencia que cubrirá de riqueza y justicia a los catalanes virtuosos, la creencia es un hecho de la vida. Incluso quienes somos refractarios debemos aceptarla como tal y, por eso mismo, aumentar nuestro escepticismo sobre la posibilidad, que a veces alientan científicos, economistas o evangelistas del ateísmo, de que es posible crear una raza de vulcanianos ajenos a toda ilusión. De hecho, quienes más creen que esto es posible -y yo respeto mucho a pensadores como Richard Dawkins, Christopher Hitchens y a los críticos del pensamiento anticientífico en general- parecen comportarse a veces con el celo de los predicadores.

La creencia es un hecho de la vida. Incluso quienes somos refractarios a él debemos aceptarlo

La religión, aunque ya no adopte la forma de las viejas jerarquías eclesiásticas que dictaban la moral a seguir con el apoyo del Estado, sigue hoy en el centro de la vida pública en los países ricos, tolerantes y aparentemente laicos. Puede que no sean los curas, sino los políticos, los periodistas o los intelectuales quienes, aunque juren una y otra vez que no defienden más que la libertad, tengan una noción puramente prescriptiva y ligeramente autoritaria de sus propias ideas. Quizá sea inevitable. Quizá yo incurra también en ello.

Sea como sea, feliz Navidad.

El erizo y el zorro

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