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El año en el que el feminismo se convirtió en obligatorio

En 2017 las ideas políticas más interesantes y más intensamente debatidas en el espacio público han sido las relacionadas con las luchas de las mujeres

Foto: Protesta contra abusos sexuales a la mujer en París. (EFE)
Protesta contra abusos sexuales a la mujer en París. (EFE)

En esta columna hablo con mucha frecuencia de ideologías políticas. 2016 estuvo dominado por el populismo y sus múltiples amenazas al liberalismo. No creo que esas amenazas hayan desaparecido, pero me parece que en 2017 las ideas políticas más interesantes y más intensamente debatidas en el espacio público han sido las relacionadas con el feminismo, aunque no estoy seguro de que éste sea simplemente una ideología política.

2017 es el año en que supimos que el productor de cine Harvey Weinstein acosó brutalmente a inumerables actrices durante décadas y siempre se salió con la suya gracias a su posición de poder en Hollywood; en que se hizo público que el cómico Louis C. K. -cuyos monólogos eran, si no feministas, sí al menos muy críticos con la actitud sexual masculina- se masturbaba delante de sus colegas de trabajo, quienes luego no lo contaban por medio a represalias; en que descubrimos que el cocinero Mario Batali disponía en su restaurante de Nueva York de una sala a la que llamaba la “rape room” (habitación para violaciones); en que se produjo el juicio al grupo de hombres llamado La Manada por un caso de violación en grupo en Pamplona y en que una ristra de políticos, presentadores de televisión y hasta el editor de una prestigiosa y fina revista literaria y el mejor periodista político de la revista New Yorker perdieron su puesto de trabajo por acusaciones de abusos que, en la mayor parte de los casos, reconocieron y por los que se disculparon.

Llevarse las manos a la cabeza es una reacción ingenua o torpe, pero seguramente eso hicimos muchos hombres, asombrados no sólo por el hecho de que muchos otros creyeran que ese comportamiento era normal, sino de que su posición de poder les permitiera que, de hecho, fuera normal. Por necedad o pereza, pensábamos que el acoso ya no podía ser una costumbre admitida socialmente. Pero, estos casos ¿nos decían algo, aparte de la crueldad o la sensación de impunidad de ciertas personas concretas, acerca de los hombres, como grupo? ¿Cómo se lo explica el feminismo?

Poder y desigualdad

“El problema de fondo es que hemos naturalizado determinadas cosas”, me dijo Máriam Martínez-Bascuñán, profesora de ciencia política en la Universidad Autónoma de Madrid y columnista de El País. “Hay quien entiende que, como ocupas una posición de poder, eso te da derecho a ciertas cosas. Y los estudios feministas están mostrando que los hombres asumen con mucha más naturalidad esas posiciones de poder. Cuando se ocupa una posición de privilegio, se naturaliza una visión que te impide ver que están operando relaciones de poder”. El acoso sexual, para Bascuñán, es básicamente “una manifestación de esa desigualdad estructural”.

Los revolucionarios, casi siempre hombres, seguían tratando a las mujeres de sus grupos radicales como simples secretarias

En los años sesenta, los movimientos que pretendían hacer la revolución desde el trotskismo o el maoísmo tenían por objetivo, precisamente, acabar con las “desigualdades estructurales” de la sociedad. Pero solían verlas en términos económicos o políticos, raramente sexuales. Los revolucionarios, casi siempre hombres, seguían tratando a las mujeres que formaban parte de estos grupos radicales como simples secretarias o como asistentes en tareas administrativas o de organización (en casos peores, como el de las Panteras Negras en Estados Unidos, como sirvientas sexuales), y nunca pensaban en la desigualdad que ellos mismos estaban perpetuando. En respuesta a esta situación, el 13 de septiembre de 1968, la escritora y cineasta Helke Sander se levantó en mitad de un congreso de la Federación Alemana de Estudiantes Socialistas, la organización que aglutinaba las protestas revolucionarias de 1968 en ese país, para acusar a sus compañeros de no tener en cuenta las cuestiones femeninas en su trabajo revolucionario y de que, de hecho, su organización reflejaba las estructuras sexistas de la sociedad. Sander sostuvo que, en la medida en que el hombre asumía el papel de explotador de las mujeres, era un enemigo de clase para estas.

No se podía esperar a que se produjera una revolución para que la relación entre los dos sexos cambiara para siempre y se aboliera el patriarcado. Eso era parte de la revolución. Los hombres de la federación estudiantil, naturalmente, la ignoraron y pasaron al siguiente punto del orden del día. Pero el discurso de Sanders marcó un hito, fue considerado una defensa de la “autonomía” de la mujer y estuvo plagado de ideas que luego, sintetizadas, serían el título de un libro publicado al año siguiente por Carol Hanisch, 'Lo personal es político'. Las relaciones entre hombres y mujeres eran un asunto político, y por lo tanto era necesaria la lucha para subvertir las relaciones de poder, como en cualquier otro ámbito.

Lo personal es político

¿Es todo lo personal político? Aloma Rodríguez, escritora y columnista de la revista cultural Letras Libres, que escribe con frecuencia sobre feminismo, considera que en la Europa de hoy en día “en general, si no tienes demasiada mala suerte con tus jefes o novios, lo normal es que lo personal solo sea político cuando tienes hijos. La maternidad es lo que marca la verdadera brecha salarial y de carrera entre mujeres y hombres. Sin hijos la carrera de las mujeres sería bastante similar, al menos hasta el techo de cristal”. Pero también reconoce que “casi cualquier mujer va a recibir un tratamiento sexista en algún momento de su vida”. Para Bascuñán, los desequilibrios entre hombres y mujeres tienen una vertiente política, pero eso “no significa que todo sea político sino que todo es susceptible de ser politizado. No hay que llevar una dictadura de lo privado a la esfera pública. Pero todo es susceptible de ser leído políticamente en tanto en cuanto hay relaciones de poder”.

Muchos hombres, con ingenuidad o complacencia, dimos por hecho que la igualdad entre hombres y mujeres era un asunto gradual

Tengo la sensación de que muchos hombres, seguramente con ingenuidad o complacencia, habíamos dado por hecho que la igualdad entre hombres y mujeres era un asunto gradual. Al mismo tiempo que teníamos la percepción de que quedan innumerables asuntos graves por solventar, también pensábamos que se ha producido un cierto avance: que era plausible creer que mi generación era menos machista que la de nuestros padres y que la siguiente lo sería menos que nosotros. Es falso. “Hemos creído que el progreso era hacia adelante y nos hemos dado cuenta de que puede haber retrocesos”, me dijo Rodríguez. “Los sesgos, los clichés y las identidades de género -me contó Bascuñán- siguen perfectamente definidos de acuerdo con los roles de género tradicionales”. Seguimos diciéndoles a los chicos que deben ser líderes y a las chicas que deben ser cuidadoras; luego juzgamos a las chicas por no haber conseguido posiciones de poder. Y si una chica consigue ser líder “no es vista como tal, sino como una mandona. Si ocupa un lugar tradicionalmente ocupado por hombres es vista como una invasora”, afirmó Bascuñán.

La cuestión es que en este pasado año -por supuesto, no por primera vez, pero sí quizá de una manera más llamativa y pública- decenas de mujeres han decidido explicar sus experiencias de acoso en público, los medios les han prestado atención y el público casi se ha visto obligado a hablar de ello. (Un ingenioso chiste de El Mundo Today reproducía la fotografía de una comida familiar de Navidad en la que todos sus comensales parecían ligeramente borrachos bajo el titular: “Una familia logra esquivar el tema catalán durante la comida de Navidad pero cae de lleno en el del feminismo”. Y hablar de lo que ocurre parece un asunto clave. En referencia a Anita Hill, la primera mujer que en Estados Unidos contó en público sus experiencias de acoso cuando era empleada del Ministerio de Educación y que trastocó por completo los marcos del debate en los años noventa, Bascuñán me dijo que “si no se cuentan las experiencias particulares, no se puede explicar en términos racionales lo que está sucediendo”. Esto apoya mi experiencia respecto a la percepción del feminismo: para que a muchos hombres nos salaran las alarmas ha resultado mucho más efectiva la narración de experiencias personales que las citas a docenas de tomos académicos o los muy elocuentes datos sobre desigualdad. “Que se hable de acoso -me dijo Rodríguez- es estupendo: que los Weinstein sepan que se puede contar y que hay repercusiones”. Además, “el feminismo tiene que implicar a los hombres: los chicos que tienen amigas, hermanas, novias e hijas y hablan de estas cosas con ellas están más sensibilizados con el tema”.

Hablar de las cosas quizá no sirva para solucionarlas, pero estoy seguro de que debatir intensamente durante 2017 sobre la situación de las mujeres ha tenido alguna utilidad. En esta columna se habla de ideologías (lo sea o no el feminismo), pero también de libros. ¿Qué debemos leer para entender lo que está pasando? “Virginie Despentes, Caitlin Moran, Roxane Gay, Chimamanda N’Gozi y Mary Beard”, me dijo Rodríguez. “'El contrato sexual' de Carole Pateman y 'Política sexual', de Kate Millett”, me dijo Bascuñán.

Hablar no lo arregla todo y leer tampoco. Pero pongámonos a ello.

El erizo y el zorro

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