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¿En qué demonios cree el PP?

La izquierda española está debatiendo y cuestionando estos días (a veces a gritos) sus propias ideas. ¿Y a qué se dedica mientras la derecha española de toda la vida?

Foto: Ilustración: Raúl Arias
Ilustración: Raúl Arias

Hay al menos una buena noticia para la izquierda española: se están discutiendo a fondo sus bases ideológicas. Dentro y fuera de los partidos —y, en parte, en este periódico—, se está debatiendo quiénes son y quiénes deberían ser los votantes de la izquierda, cuáles son sus objetivos, en qué grado sus líderes están desconectados de esas ambiciones y cómo podría resolverse esa desconexión. Por supuesto, esta intensa deliberación no supone una garantía de que la izquierda recupere el poder en España, pero al menos la izquierda está pensando —a veces a gritos—, y eso es una excelente noticia, también para quienes no comparten su ideología.

No puede decirse que en la derecha española esté sucediendo lo mismo. Hay excelentes escritores de derechas, altos cargos ministeriales y cargos orgánicos del PP a quienes les gustaría que se produjera una batalla de las ideas, y no hace falta simpatizar demasiado con FAES para darse cuenta de que ahí se piensa. Sin embargo, más allá de impedir la secesión catalana y reconstruir la legalidad institucional en Cataluña, generar el empleo suficiente para pagar las pensiones y estabilizar las cuentas, y mantenerse en el consenso europeo (tres fines que comparto), ¿cuál es el proyecto de la derecha española? ¿Cómo pretende enfrentarse a algunos problemas objetivos que siempre habían preocupado a los conservadores, como la integración de los jóvenes en el mundo adulto o la fragilidad de algunas estructuras sociales? ¿Qué tipo de sociedad le gustaría a la derecha ver en España dentro de 10 años?

La izquierda está pensando. Eso es una excelente noticia, también para quienes no comparten su ideología

No hay una respuesta aparente. Ni siquiera la hay a la sencilla pregunta de en qué creen el presidente del Gobierno, su vicepresidenta o muchos de sus ministros, más allá del respeto a la Constitución o su apego al “sentido común” o a “hacer las cosas como dios manda”, signifique eso lo que signifique. ¿Qué ideas tienen y cuáles les gustaría que compartieran los españoles?

Debate intenso en EEUU

En esto, nuestro país es una anomalía. La derecha, en muchos lugares, está discutiendo seria y profundamente su ideología en el marco de estos tiempos convulsos. En Estados Unidos, la discusión en el seno del partido republicano sobre la verdadera naturaleza del conservadurismo y el papel de la derecha en el desarrollo de la vida social ha sido intensa durante décadas. La llegada al poder de Trump ha intensificado, si cabe, una pelea que muchas veces resulta agria. 'The Claremont Review', una revista de críticas de libros y ensayos, defiende la visión populista de Trump desde un nacionalismo que pretende volver a lo que considera los orígenes culturales de la nación americana. 'The Weekly Standard', el semanario señero del conservadurismo, sigue manteniendo los principios neoconservadores y ve con horror cómo un presidente poco sólido moralmente aleja a su país del concierto de las naciones. 'National Affairs', dirigida por el notable intelectual conservador Yuval Levin, cree que el capitalismo estadounidense ha destruido la armonía y la cohesión del pueblo de EEUU y aboga por rehacer esos lazos mediante políticas inclusivas. En una línea semejante está David Brooks, del 'New York Times'. Y así podríamos seguir con más publicaciones, intelectuales y 'think tanks': todos ellos son conscientes de que el conservadurismo debe discutir, renovarse y llegar a los jóvenes.

La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y el presidente, Mariano Rajoy.
La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y el presidente, Mariano Rajoy.

Lo mismo puede decirse de Reino Unido: basta con acercarse a publicaciones como el semanario 'The Spectator' o a las páginas de opinión de periódicos como 'The Times' o el 'Telegraph' para ver que el conservadurismo británico —bronco y antipático como suele ser, aunque a veces lo idealicemos— piensa y pelea por un modelo de sociedad determinado. Nick Timothy, hasta hace poco el joven jefe de gabinete de Theresa May, presionó a la primera ministra para que dejara atrás el derechismo pijo y atildado de los 'tories' y diera paso a una política más cercana a la clase trabajadora y lo que él considera que son las raíces reales y populares del conservadurismo. Los pijos de su partido, por supuesto, consiguieron echarle —él cometió torpezas estratégicas importantes—, pero dentro de su partido se erigió como una voz discordante y fuertemente ideológica.

Nada parecido se percibe aquí, aunque los periódicos y otros actores conservadores, como decía, hacen lo que pueden. La derecha que gobierna en España, dirigida en apariencia por un grupo inusualmente pequeño de personas, parece haber decidido reducir las ideas conservadoras a una mentalidad contable y a algunas sentencias judiciales.

El conservadurismo es algo demasiado importante para dejarlo en manos del PP

No necesitamos que los políticos sean intelectuales. Ser culto es un bien en sí mismo, pero no garantiza que alguien sea un buen gobernante o que sepa manejar presupuestos milmillonarios. Sin embargo, la política es algo más que la consecución del poder y su mantenimiento: es un proyecto —todo lo prudente y moderado que se quiera— hacia unos objetivos definidos para hacer la sociedad mejor, y una discusión —a veces abrasiva— sobre qué demonios significa el sintagma 'una sociedad mejor'. Incluso quienes no son de derechas necesitan que el pensamiento conservador —o democristiano, o libertario, o cualquiera de las múltiples expresiones ideológicas de la inestable coalición que hoy llamamos 'derecha'— sea robusto y comprensible, se base en ideas. Un excelente periodista conservador me decía este pasado fin de semana que, más allá de simpatías ideológicas, él mismo se daba cuenta de que Podemos tiene un proyecto, los independentistas catalanes tienen un proyecto, Ciudadanos tiene un proyecto, pero el PP no.

Muchas veces, la izquierda ha caído en la arrogancia intelectual de creer que mientras ella piensa, la derecha apisona. No es cierto. El pensamiento conservador es importante no solo porque conforma una gran tradición intelectual que va de Edmund Burke a Michael Oakeshott, o en nuestro país de Ortega y Gasset a Valentí Puig, sino porque representa a una importante proporción del electorado. Una que no solo está conformada por las élites económicas o políticas, sino que muchas veces pertenece a las capas inferiores de la clase media y de la clase trabajadora, que sienten un apego genuino por determinadas formas heredadas y por los cambios pausados. El problema, en España, no es el suministro de ideas de derechas, que está ahí y es evidente. El problema es que al actual Gobierno de derechas han dejado de interesarle las ideas. O todas menos una: el poder. Mientras sea así, el conservadurismo es algo demasiado importante para dejarlo en manos del PP.

El erizo y el zorro

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