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'El tiempo regalado', el pequeño y delicioso libro que cambiará tu manera de esperar

La escritora alemana Andrea Köhlen, es una investigación literaria y filosófica, a veces densamente lírica y a veces de un costumbrismo encantador, sobre el hecho de esperar y los tipos de espera

Foto: Tres personas esperan el autobús en el barrio de El Cabanyal, en Valencia. (EFE)
Tres personas esperan el autobús en el barrio de El Cabanyal, en Valencia. (EFE)

Nos pasamos la vida esperando. A que llegue el autobús, a que se acaben de cocer los macarrones, a que el médico nos atienda, a que entre un mensaje que creemos que puede cambiarnos la vida o simplemente distraernos. La vida es, en buena medida, lo que ocurre mientras estamos esperando. Si uno es creyente, esta vida es, básicamente, esperar a que llegue la otra. 'El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera' (Libros del Asteroide), de la escritora alemana Andrea Köhler, es una investigación literaria y filosófica, a veces densamente lírica y a veces de un costumbrismo encantador, sobre el hecho de esperar y los tipos de espera.

Algunas esperas son dolorosas. Por ejemplo, cuando uno espera a alguien a quien quiere, pero que llega tarde: “En primer lugar, seguramente pasaremos revista a los posibles motivos: el metro que se retrasa, un asunto impostergable en el trabajo, una tarea imprevista e inevitable. A continuación puede aparecer el enfado: ¡este, este siempre llega tarde! Después repasaremos los datos: lunes, tres y media, en el Café del Mercado. ¿Nos habremos equivocado? (…) El móvil suele poner fin a este proceso, a no ser que vuelva a salir el buzón de voz. De forma que seguimos adentrándonos en el monólogo, que ahora adopta quizá un matiz de pánico (…) ¿Y si no viene nunca más? Mejor será distraerse un poco hasta que llegue y podamos recibirle con un reproche o, mejor aún, con una generosa absolución”.

'El tiempo regalado' (Libros del Asteroide)
'El tiempo regalado' (Libros del Asteroide)

Por supuesto, si quien espera no es simplemente alguien que teme ser despechado sino un filósofo, la espera no implica solo angustia, sino también pensamiento. Como cuenta Köhler, en el invierno de 1929-1930, “Martin Heidegger convirtió la espera en una estación de tren en punto de partida sobre el ‘anhelo de ahuyentar el aburrimiento acelerando el tiempo’”. Heidegger esperaba en un “feo andén de un apeadero perdido”. De modo que salía a pasear por los alrededores mientras el tren llegaba. “Ahora -anotaba Heidegger- contamos los árboles de la carretera, y volvemos a mirar el reloj: justo cinco minutos desde el último vistazo”.

Pero la espera también oculta otros significados. “Hacer esperar es privilegio de los poderosos”, dice Köhler -algo que todos hemos experimentado ante la puerta del despacho de un superior-, y “la tortura de la espera se ha convertido en símbolo de la autoritaria arbitrariedad de todo aparato burocrático y quintaesencia de los estados dictatoriales”.

Por no hablar de la que es quizá la espera más angustiosa, la espera ante la enfermedad, la espera mientras -esperamos- se pasa el dolor.

Amable y punzante

'El tiempo regalado' es un librito amable y punzante al mismo tiempo (138 páginas elegantemente traducidas, más un erudito epílogo del filósofo Gregorio Luri). Como decía, oscila entre la lírica y el costumbrismo, y aunque en general yo suelo recelar de lo primero, lo cierto es que su mezcla de anotaciones sueltas, evocaciones literarias e ideas filosóficas funciona como un pequeño y preciso mecanismo; en cierto sentido, como un poema. Pero lo más interesante no es lo que provoca durante su lectura, sino después: a partir de ahora, no sé si voy a ser capaz de esperar -y me he dado cuenta de que paso muchas horas esperando- de la misma manera.

La reducción de la espera ha sido, en cierta medida, uno de los objetivos del avance de la sociedad industrial y tecnológica

La reducción de la espera ha sido, en cierta medida, uno de los objetivos del avance de la sociedad industrial y tecnológica. Los restaurantes de comida rápida intentan reducir al mínimo el tiempo que pasa entre que decides qué hamburguesa quieres comer y el primer bocado, de la misma manera que las empresas de ropa barata ya no te hacen esperar una temporada para ofrecerte la nueva colección; con internet, no hay que esperar a la mañana siguiente, ni siquiera al próximo telediario o boletín de noticias radiofónico para saber qué está pasando; por no hablar de Twitter. Pero es probable que esta reducción de los tiempos de espera, real como es, no haya acabado con la condición “esperante” del ser humano. Y, además, “no es lo mismo esperar que tener esperanza -dice Köhler-. La esperanza está del lado del futuro; la espera está atrapada en el instante. Uno tiene esperanza, uno confía en que ocurra esto o aquello, quizá no de inmediato, pero muy pronto. Cuando uno espera, en cambio, uno permanece en un estado de continua presencia, espera que algo que sucede en aquel momento pase, aunque quizá no pase nunca”. Esto sigue siendo tan cierto ahora como en los tiempos en que, por ejemplo, no había horarios para los trenes -un invento relativamente reciente- y el sistema de correos era la base de la comunicación y, en cierto sentido, de la civilización. A pesar de la sensación de velocidad, nuestra vida es una sucesión de tiempos muertos. Es probable que usted lea este artículo mientras espera a que ocurra otra cosa, y que no haya buscado esta lectura de manera premeditada.

El actual entusiasmo emprendedor parece alentarnos a no esperar ante nada, sino a actuar sin pedir permiso

Las nuevas expresiones filosóficas -que tan bien captan los libros de coaching y quienes se oponen a ellos- están obsesionadas con decirnos en qué debemos emplear nuestro tiempo. El actual entusiasmo emprendedor parece alentarnos a no esperar ante nada, sino a actuar sin pedir permiso, pensar solo en nuestra carrera y en nuestra reputación. A convertirnos en los jefes que hacen esperar a los demás, en vez de resignarnos a ser los tontos que esperan ante las puertas de los despachos. Algunos filósofos que mezclan quietismo con crítica marxista -véase la reciente y muy celebrada entrevista con Byung-Chul Hang en El País- afirman que todo tiempo dedicado a la producción conlleva una pérdida de valor, una autoexplotación, “la alienación de uno mismo”, en forma de patologías: somos anoréxicos o comemos demasiado, o nos convertimos en consumidores compulsivos, porque en realidad no sabemos qué hacer con nuestro tiempo.

Se trata de dos interpretaciones religiosas a la pregunta de qué hacer mientras no llega lo deseado. Creo que no hay que hacer caso a ninguna de las dos. Quizá lo más recomendable sea adoptar lo que Köhler llama un “prudente pragmatismo”: pensar que “algún día -si esperamos con paciencia- el mundo nos mostrará un rostro más amable”. Es una ficción, pero hasta que llega la muerte, quizá la más efectiva.

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