¡Viva la decepción! Lo que cuenta no es la ilusión

La relación que los humanos mantenemos con la ilusión es curiosa, sobre todo porque se ha demostrado repetidamente que es un pésimo indicador del futuro

Foto: Ada Colau e Íñigo Errejón durante un mitin en Barcelona. (EFE)
Ada Colau e Íñigo Errejón durante un mitin en Barcelona. (EFE)

Hace unas semanas, Íñigo Errejón comentaba que “mucha gente que confió en que nuestro país tenía arreglo se ha desilusionado por el camino”. Xavier Sardà escribía que, para los independentistas catalanes, eran “tantas las cosas que estaban preparadas, dispuestas, listas, proyectadas, planeadas y programadas que han sido enormes el desencanto, el desengaño y la desilusión”. Para Noam Chomsky, “la desilusión con las estructuras institucionales ha conducido a un punto donde la gente ya no cree en los hechos” Y a Mourinho le parecía, en la previa del encuentro frente al Sevilla, que caer eliminado de la Champions “sería una desilusión”.

La relación que los humanos mantenemos con la ilusión es curiosa, sobre todo porque se ha demostrado repetidamente que es un pésimo indicador del futuro. Es probable que un político que declarara que la realidad es muy compleja y que su gobierno no nos puede asegurar un destino mejor no recibiera ni un voto; que una petición de matrimonio basada en que la pasión se desvanece y es difícil aguantarse más de siete años no fuera muy bien recibida; o que un libro de dietas para adelgazar que afirmara que perder peso es muy difícil y casi siempre se fracasa no vendiera ningún ejemplar. Y, aun así, y aunque el mundo parezca ignorarlo, que nos ilusionemos no hace más probable que algo suceda. Pero ¡lo que cuenta es la ilusión!

Es probable que la dinámica ilusión/desilusión tenga que ver con cierto sentido religioso. Lo pensaba durante esta Semana Santa. En menos de siete días, los rituales de la Iglesia católica han pasado de la ilusionada celebración de la llegada de Jesús a Belén, triunfante en mitad de una multitud, a la devastación provocada por su muerte, a la renovada ilusión por su resurrección. La religión es, en buena medida, la gestión del tiempo, y este a su vez es, básicamente, la gestión de la ilusión y la desilusión. En las sociedades laicas, las personas no necesariamente creyentes participamos en actividades a las que hemos ido despojando de connotaciones religiosas (o no) como el deporte, la política o el amor, pero que reproducen esa mecánica: invertir una parte enorme de nuestra energía en algo que parece prometedor y luego lamentar desoladamente que el proyecto estaba mal concebido, tenía unos enemigos demasiado poderosos o somos víctimas de la mala suerte. ¿De veras no lo sabemos de antemano?

Al final de la escapada

Es posible que la vida sea así y poco podamos hacer al respecto: que consista en alternar la entrega a esperanzas ilusionantes con la decepción de ver cómo luego, en el mejor de los casos, se quedan a medias. Y, sin embargo, creo que tiene sentido intentar escapar de esta lógica. No convertirse en un cínico, porque supondría cometer un error simétrico al de ser un iluso/desilusionado en serie. La realidad puede mejorar y es necesario insistir en que lo haga, y seguramente haya que construir la vida cotidiana, pero también los proyectos más ambiciosos y colectivos, alrededor de preferencias morales (acompañadas, por favor, de planes técnicos) que señalen que simplemente algunas cosas son mejores que otras, e intentar que se impongan las buenas.

Una parte importante de la filosofía occidental lleva 25 siglos recomendando a los humanos que es mejor no hacerse demasiadas ilusiones

Al mismo tiempo, hay algo esclavizante en esta constante. Los más ingenuos tienden a pensar que es un taimado recurso del capitalismo: las empresas y los políticos quieren ilusionarnos para que consumamos, nos pongamos metas, le demos a nuestra vida una explicación meramente competitiva. Pero no es cierto o, por decirlo mejor, no se trata de un rasgo del capitalismo, sino del ser humano. Una parte importante de la filosofía occidental -y mi preferida- lleva veinticinco siglos recomendando a los humanos que es mejor no hacerse demasiadas ilusiones. “Escuchémonos vivir, esto es todo cuanto tenemos que hacer; nosotros nos decimos todo lo que principalmente necesitamos; quien recuerda haberse engañado tantas y tantas veces merced a su propio juicio, ¿no es un tonto de remate al no desconfiar de él para siempre?”, se preguntaba Montaigne en un ensayo titulado apropiadamente 'De la experiencia', según el cual, por supuesto, todos somos tontos de remate.

Durante los dos últimos meses he estado promocionando un libro sobre las revueltas de 1968 y no he parado de hablar sobre la ilusión. En las conversaciones que han surgido en este tiempo, es habitual que muchas personas consideren que los jóvenes que entonces querían acabar con el capitalismo, fundar una sociedad basada en la cooperación y el amor libre, y desterrar para siempre la idea de autoridad eran un poco ingenuos, y que además reconozcan que a corto plazo sus intentos revolucionarios salieron mal. Las revueltas más bien dieron pie a algunos rasgos sociales o culturales que consiguieron lo contrario de lo que pretendían, pero muchos asumen que, al menos, esos jóvenes tenían ilusión, estaban ilusionados con la posibilidad de crear un mundo nuevo, la ilusión les llevaba a la acción. Yo mismo me sorprendo a veces respondiendo que, bueno, quizá sí. Una de las cosas que enseña la experiencia, precisamente, es que por raro que parezca, de ilusión también se vive, aunque no sé si es la mejor forma de vivir.

Semana Santa, Cataluña, Podemos, Mourinho. Como ven, estoy bastante ilusionado con la idea de no tener ilusiones.

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