La polis literaria: cuando los novelistas dominaban la Tierra

Un reducido número de novelistas -Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Fuentes o Cabrera Infante- tuvieron un papel político impensable en el mundo literario de hoy

Foto: Mario Vargas Llosa, Patricia Llosa, José Donoso, Mercedes Barcha, Pilar Donoso y Gabriel García Márquez en Barcelona a principios de los 70
Mario Vargas Llosa, Patricia Llosa, José Donoso, Mercedes Barcha, Pilar Donoso y Gabriel García Márquez en Barcelona a principios de los 70

Hubo un tiempo no tan lejano en el que las novelas ocupaban el centro de la cultura. No era raro que se vendieran millones de ejemplares de un buen puñado de títulos, que estos duraran mucho tiempo en el mercado y en la discusión pública, ayudaran a arrastrar a la población hacia determinadas posiciones ideológicas y, en algunos casos, hasta se convirtieran en asuntos de Estado. La historia de algunos de ellos es el tema de 'La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría', del historiador cubano Rafael Rojas, que acaba de aparecer en la editorial Taurus. En él cuenta cómo un reducido número de novelistas -Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante y pocos más- pertenecientes al llamado “boom” latinoamericano tuvieron un papel político que sería impensable en el mundo literario de hoy. “El oficio de la literatura o, específicamente, de la novela, al que aspiraban aquellos escritores, formaba parte del conflicto ideológico de la Guerra Fría”.

'La polis literaria'. (Taurus)
'La polis literaria'. (Taurus)

Como cuenta Rojas con solvencia, a mediados y finales de los años sesenta, la literatura latinoamericana había conseguido globalizarse de una manera sin precedentes: sus escritores más exitosos podían vivir cómodamente en Europa, sus libros se traducían a numerosas lenguas y se vendían mucho; en cierta medida eran la cara de Latinoamérica en los ambientes cultos de Occidente. Muchos de estos novelistas habían mostrado un apoyo explícito a la Revolución cubana de 1959; todos ellos representaban distintas sombras de Marx y habían visto en el experimento cubano la posibilidad de establecer un régimen socialista democrático, que permitiera superar el autoritarismo y el atraso material que, desde su independencia, habían caracterizado a buena parte de los países de Centroamérica y Sudamérica. Una muestra de este compromiso era la implicación de todos ellos en Casa de las Américas, un organismo cubano que publicaba una revista del mismo nombre, que ejercía como una especie de guía cultural del movimiento revolucionario latinoamericano.

Sin embargo, a finales de los años sesenta empezaba a quedar claro que, en contra de las promesas previas, el castrismo se dirigía hacia el comunismo de carácter soviético, y no hacia la democracia. Por un lado, en 1968 el gobierno cubano respaldó la invasión soviética de Checoslovaquia, lo que muchos comunistas consideraron un caso de imperialismo no tan distinto del que tanto se criticaba de Estados Unidos. Por otro lado, en 1971, el gobierno de Castro encarceló al poeta Herberto Padilla por juzgar que su poesía formaba parte de acciones subversivas, y luego le obligó a hacer una humillante “autocrítica” pública en la que este desdeñó toda su obra e ideas anteriores. A partir de ese momento, dice Rojas, “las relaciones entre el boom y la Revolución pasaron de la armonía al conflicto”.

Cuba lo rompió todo

Y 'La polis literaria' es en buena medida una reconstrucción de ese conflicto: el rechazo de muchos de los más prestigiosos escritores latinoamericanos al trato sufrido por Padilla; las cartas que se intercambiaban los autores con planes editoriales, manifiestos y mensajes de aliento; la guerra entre la revista 'Casa de las Américas' -que defendía la ortodoxia cultural de la revolución cubana y criticaba con dureza a los escritores que se apartaban de ella-,'Mundo nuevo', editada en París, de un carácter algo más liberal y financiada por la estadounidense Fundación Ford, y 'Libre', que dirigió Juan Goytiolo a principios de los setenta, inequívocamente de izquierdas pero también más liberal. La pugna, en definitiva, entre quienes entendían que la creación literaria debía estar al servicio de una revolución con rasgos específicamente cubanos y quienes pensaban que sin una creación libre toda revolución conducía, como ya denunciaban en el caso cubano, al modelo soviético.

Hoy no es fácil imaginar a un novelista ejerciendo como diplomático no oficial, papel que desempeñó García Marquez

Una de las lecturas más asombrosas de 'La polis literaria', con todo, es ver cómo ha cambiado el panorama intelectual en los cincuenta años posteriores a los hechos contados en el libro. Con cierta nostalgia, algunos escritores actuales siguen pensando que la novela aún tiene un impacto político en la configuración de la ideología de las masas, aunque es probable que este sea, por decirlo educadamente, pequeño. Hoy no es fácil imaginar a un novelista ejerciendo como diplomático no oficial, papel que desempeñó García Marquez, quien intermediaba entre los mandatarios cubanos y de otros países para suavizar tensiones y, en algunos casos, salvar vidas. O resulta difícil concebir que un escritor pueda tener en su país la influencia política que tuvieron Carlos Fuentes u Octavio Paz (este último, no perteneciente al boom) en el México de su época, o que alguno se presente a unas elecciones, como hizo Mario Vargas Llosa en Perú, con opciones de victoria.

Lo cierto es que la novela ha dejado de ocupar el centro de la cultura, y con ella los novelistas, esos seres que fueron míticos, contradictorios e influyentes y que hoy están siendo sustituidos por directores, guionistas y productores de series de televisión casi anónimos. En un largo perfil publicado en el New York Times la semana pasada, Jonathan Franzen, lo más parecido a un novelista e intelectual que aún puede ser portada de una revista generalista, se presentaba como alguien desplazado de su tiempo y reconocía que, en algunos sentidos, se había quedado anclado en los años setenta. Si de 'Las correcciones', su tercera novela, vendió 1,6 millones de ejemplares, de la siguiente, 'Libertad', vendió 1,15 millones, y de la última, 'Pureza', 255.000 ejemplares. Ahora trabaja en la que asegura será la última obra que escriba y, de alguna manera, transmite que la labor del intelectual público clásico, mitad novelista mitad crítico de la sociedad y la política, consiste más en saber encontrar o fabricar un refugio que en transformar la realidad.

No creo que haya que sufrir por la calidad de las novelas que se escribirán: van a ser tan rompedoras o clásicas, omniabarcadoras o reveladoras de detalles de la existencia, ambiciosas políticamente o reacias al ruido de la sociedad como las mejores que se han creado hasta este momento. Pero si la tendencia de las últimas décadas continúa, parece que la sociedad les irá haciendo cada vez menos caso. Y los intelectuales seguirán convirtiéndose cada vez más en líderes sin seguidores. Y un líder sin seguidores es solo un tío paseando. Como son ya, por supuesto, la mayoría de intelectuales clásicos.

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