Ver 'Friends' y 'Seinfeld' hoy: así ha cambiado la moral en un cuarto de siglo

Cuando las crearon, los productores de ambas series tuvieron miedo de que fueran muy progresistas para llegar a un público amplio

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Por una mezcla de razones profesionales ―estoy escribiendo un libro― y de placer culpable ―¿quién no quiere asomarse de nuevo a su adolescencia?―, en las últimas semanas he dedicado una cantidad desproporcionada de tiempo a ver de nuevo las series de televisión 'Seinfeld' y 'Friends'. Es una experiencia extraña. Siguen siendo extraordinarias: están muy bien escritas, con geniales mecanismos internos, y son muy frívolas, neoyorquinas, jóvenes, modernas y algo despreocupadas.

'Seinfeld' es, como dijeron alguna vez sus protagonistas, una serie sobre nada. La simple filmación de los pequeños absurdos de la vida que, en el fondo, conforman la mayor parte de esta: qué haces mientras esperas a que te den mesa en el restaurante chino, cómo te peleas con otro conductor por una plaza para aparcar, lo raro que se te hace estrenar unos pantalones más estrechos que los que llevas normalmente, la ridiculez del deseo sexual y el sueño después de comer. Hay algo hipnótico en ella: la miseria humana contemplada desde el lado más divertido posible, pero también una comprensión seria de la cotidianidad que, en esencia, conforma nuestra vida.

'Friends', bajo su comicidad, tenía un mensaje sofisticado, muy emblemático de los años noventa: la fusión perfecta entre ortodoxia y progresismo. Para Rachel, Ross, Monica, Chandler, Phoebe y Joey, los protagonistas, parecía evidente que la juventud estaba para divertirse, ligar mucho, no tomarse en serio más que las propias neurosis e ignorar que la vida es un poco más dura que los caprichos sentimentales y eróticos veinteañeros (Ross era una excepción parcial en esto). Pero, al mismo tiempo, los personajes sabían que eso acabaría más temprano que tarde y que, en el fondo, no había otro horizonte que el matrimonio y los hijos. Una cosa era resistirse a ese destino, y otra no ser consciente de que este era inevitable. Se llamó 'Friends', pero en realidad era una comedia sobre la familia.

Las dos series siguen estando muy de moda, incluso entre generaciones posteriores a la de quienes crecimos con ellas. Netflix ha pagado cien millones de dólares para continuar ofreciendo “Friends” a sus suscriptores un año más y hace poco ha aparecido en España una historia oral de la serie, 'I’ll be there for you. Friends, todo lo que quisiste saber sobre la serie y nunca te atreviste a preguntar', de Kelsey Miller /Harper Collins). Los protagonistas de “Seinfeld” siguen ganando decenas de millones de dólares al año con la reposición continua en televisiones de todo el mundo. (Una curiosidad: uno de los orígenes de la riqueza de Steve Bannon, el aspirante a líder global de la extrema derecha, fue la adquisición en 1993 de parte de los derechos de reproducción de “Seinfeld”. Y Larry David sigue alargando su legado en la serie “Curb Your Enthusiasm”, que es su clara heredera y hasta escenificó una falsa reunión de los protagonistas para un capítulo especial diez años después de su fin. Pero lo más asombroso es ver cómo han cambiado los estándares morales desde entonces hasta hoy.

¿Demasiado progresistas?

Cuando las crearon, los productores de ambas series tuvieron miedo de que fueran muy progresistas para llegar a un público amplio. En el caso de 'Seinfi+eld', que reflejara un mundo demasiado pequeño, compuesto por judíos de Manhattan, cuyo protagonista era un cómico del muy alternativo y transgresor mundo de la 'stand-up comedy' neoyorquina. En el caso de 'Friends', a la cadena que emitió la serie no le parecía bien que los protagonistas se reunieran en un café con sofás y tazas modernas en lugar de hacerlo en una cafetería tradicional, que creían que era lo que la mayoría de los estadounidenses reconocería como propio. Pero fuera como fuese, ambas series no solo llegaron al gran público, sino que batieron récords de audiencia: en su emisión original, el último capítulo de 'Seinfeld' tuvo más de setenta millones de espectadores; el de 'Friends' más de cincuenta. Y lo consiguieron, como decía, desde una visión del mundo ortodoxamente progresista.

En ambas series, uno de los temas principales es la inseguridad masculina... pero vinculada con el miedo a la homosexualidad

Por eso llama tanto la atención verlas ahora. En ambas, uno de los temas principales es la inseguridad masculina, que lleva a los personajes a cometer estupideces cómicas. Pero un número inusitado de esas estupideces están vinculadas con el miedo a la homosexualidad, la posibilidad de descubrirse algún rasgo de homosexualidad o que sea algún otro quien lo descubra en ellos. George Constanza, el amigo perdedor de Seinfeld, entra en pánico después de que un hombre le dé un masaje y él sienta que se le mueve el pene, lo que ve como un peligroso síntoma de excitación. Ross y Joey, de 'Friends', se quedan dormidos en el sofá. Cuando despiertan, se dan cuenta de que han dormido recostados uno sobre el otro: ha sido una siesta maravillosa, reconocen, pero temen que pueda parecer un poco gay. Con frecuencia, la gente piensa que Chandler es homosexual, lo que le molesta enormemente.

Pero no es solo eso: Rachel tiene una cita a ciegas con un tipo triste, feo y desafortunado y, aunque al principio intenta ser generosa con él, acaba riéndose de su fracaso; Joey le recomienda su sastre a Chandler y este vuelve molesto porque, mientras le tomaba medidas para hacerle unos pantalones, le ha metido mano y Ross hace un chiste sobre los abusos sexuales en las cárceles; en otra ocasión, Chandler se comporta como una chica por culpa de una terapia de hipnosis para mujeres, lo que provoca el sarcasmo de los demás; y hay incontables chistes asociados al hecho de que la primera esposa de Ross le abandonó por otra mujer. En 'Seinfeld', Kramer y Newman, dos vecinos del protagonista, organizan una competición entre pobres sin hogar para que tiren de un rickshay (esa especie de calesa india), pero uno de ellos la roba; Seinfeld siente repugnancia por las manos masculinas de una mujer con la que sale; y el acento de los inmigrantes se presenta como un elemento más de comicidad.

No eran series moralmente transgresoras y diría que su humor no pretendía romper en ningún momento con la “corrección política” que, justamente entonces, empezaba a debatirse, sobre todo, en el periódico que estos personajes de ficción debían leer, el New York Times. Los chistes siguen siendo medianamente graciosos, pero hoy serían imposibles. Diría que incluso para un cómico con una fuerte vocación de transgredir. Quizá no haya mejores ejemplos para ver cómo ha cambiado en poco más de veinte años no ya el humor, sino la manera en que entendemos que se pueden contar las relaciones humanas. Es interesante ver cómo cambian los estándares morales a lo largo de la propia vida. Y cómo enseñan una lección a tener en cuenta: nunca hay que juzgar el pasado con los valores morales del presente.

El erizo y el zorro

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