Tu cerebro te engaña: ¿y si no eres más listo que un pulpo?

En su libro póstumo 'El río de la conciencia', Oliver Sacks deja una recopilación de ensayos que revela la amplitud de sus intereses científicos, su talento divulgador y su extraordinaria escritura

Foto: Imagen de un pulpo.
Imagen de un pulpo.

El neurólogo Oliver Sacks recordaba perfectamente los bombardeos nazis sobre Londres durante la Segunda Guerra Mundial. En una ocasión, una enorme bomba cayó en el jardín del vecino pero, por suerte, no explotó. La gente salió de sus casas, muchos en pijama, con las farolas apagadas para dificultar el bombardeo. Pisaban el suelo con cautela por miedo a que las vibraciones la hicieran explotar. En otra, cerca de su casa cayó una bomba incendiaria, que al arder desprendía un inmenso calor. Él y sus hermanos le llevaban cubos de agua a su padre, que los lanzaba contra la bola de fuego. Pero no parecía servir de nada: Sacks recuerda que cuando el agua golpeaba contra el metal, se producía un petardeo intenso, sibilante.

Sacks se acordaba perfectamente. Pero surgió un problema: su hermano Michael le hizo darse cuenta de que él no había estado presente cuando todo eso ocurrió. Los dos hermanos se encontraban fuera de la ciudad. De hecho, ambos conocían el hecho porque otro hermano suyo, David, que sí estaba presente, les escribió una carta contándoselo. “Una carta muy gráfica y dramática ―le dijo Michael a Oliver―. Tú te quedaste fascinado”. “Estaba claro que no solo me había quedado fascinado -cuenta Oliver-, sino que había construido la escena en mi imaginación a partir de las palabras de David, y posteriormente me la había apropiado considerándola un recuerdo propio”.

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Sacks recoge esta anécdota en su libro póstumo 'El río de la conciencia' (Anagrama), una recopilación de ensayos que revela la amplitud de los intereses científicos de Sacks, su talento divulgador y su extraordinaria escritura. Por estas páginas pasan Charles Darwin y su trabajo como botánico, los primeros trabajos de Freud como neurólogo antes de fundar el psicoanálisis, plantas y lombrices, tics faciales, la percepción del tiempo para los autistas o la manera en que los niños pequeños dejan de limitarse a imitar y repetir -si le sacas la lengua a uno, él te la sacará a ti, y luego querrá repetirlo mil veces- para empezar a crear conductas propias.

'El río de la conciencia'. (Anagrama)
'El río de la conciencia'. (Anagrama)

Uno de los temas centrales de Sacks es la manera en que nuestro cerebro siempre nos hace trampas, como en el recuerdo inventado a partir de la carta de su hermano. Pero también, y esto se repite a lo largo del libro y en buena parte de su obra, cómo lo que se queda impreso en él son las historias. “No existe manera alguna de transmitir o grabar en nuestro cerebro los sucesos del mundo; se experimentan y se construyen de una manera que es enormemente subjetiva”, dice. “Nuestra única verdad es la verdad narrativa, las historias que nos contamos unos a otros y a nosotros mismos: las historias que continuamente recategorizamos y refinamos. Dicha subjetividad se incorpora a la mismísima naturaleza de la memoria y es consecuencia del fundamento y mecanismos de nuestro cerebro”.

Así, es posible que cuando George Harrison escribió la canción 'My Sweet Lord' no fuera en absoluto consciente de que estaba plagiando 'He’s So Fine', de un autor mucho menos conocido, Ronald Mack. O que Ronald Reagan no fuera realmente consciente de que mentía cuando, en la campaña presidencial de 1980 contó la conmovedora historia de un piloto de bombardero que, durante una batalla en la Segunda Guerra Mundial, tras ser alcanzados por el enemigo ordenó a la tripulación que saltara en paracaídas. Un joven artillero estaba tan herido que no pudo saltar y, Reagan contaba emocionado y conteniendo las lágrimas, el piloto le dijo: “No te preocupes. Bajaremos juntos”. Lo cual no era más que la escena de una película bélica de 1944. Otro caso que menciona es el del escritor estadounidense Mark Twain: un amigo le hizo percatarse de que la dedicatoria de su libro era exactamente igual a la de otro. Él dijo que era imposible y fue a una librería a buscar el libro en cuestión, y, efectivamente, las dedicatorias eran iguales casi palabra por palabra, algo que Twain ignoraba.

Al cerebro no parece interesarle retener de dónde procede lo que sabe, pero eso “nos permite ver y oír con los ojos y oídos de los demás"

De modo que sí, en algunos casos, al cerebro no parece interesarle demasiado retener de dónde procede lo que sabe, pero eso, dice Sacks, “nos permite ver y oír con los ojos y oídos de los demás, entrar en mentes ajenas para asimilar el arte, la ciencia y la religión de toda la cultura (…). La memoria no surge solo de la experiencia, sino del intercambio de muchas mentes”. Lo más raro de todo, dice, “es que las aberraciones exageradas son relativamente escasas”.

Fascinaciones

Esta es solo una de las muchas historias de este libro, tan fascinante como 'El hombre que confundió a su mujer con un sombrero' o 'Un antropólogo en Marte', y como sus exposiciones de casos clínicos cuyos protagonistas pierden la memoria, tienen convulsiones por razones extrañas y recuperan la visión pero no saben “ver”. Aunque también hace incursiones fuera del cerebro. Es maravilloso el ensayo en el que cuenta el asombro de Darwin al descubrir “el secreto de las flores”: que “lo que antaño había sido la bonita imagen de unos insectos zumbando alrededor de unas flores de vivos colores se convertía de pronto en un drama esencial de la vida”. Las flores adoptaban sus características -colores, formas y aromas- para atraer a los insectos que les interesaban. “Mientras que las abejas se veían atraídas por las flores azules y amarillas -por ejemplo-, hacían caso omiso de las rojas, porque eran ciegas al color rojo”.

Oliver Sacks
Oliver Sacks

De tal modo que no solo las especies evolucionan, sino que coevolucionan; su desarrollo se influye mutuamente. Y en otro, por ejemplo, hace que resulte fascinante el comportamiento de las lombrices, las células nerviosas de una medusa o las estrellas de mar, y cómo durante un tiempo Sigmund Freud estuvo empeñado en comparar las células nerviosas de vertebrados e invertebrados, para acabar haciendo una alabanza a la inteligencia del pulpo y cuestionando si estos tienen algo parecido a la conciencia.

Oliver Sacks fue, por encima de todo, un escritor extraordinario: la fluidez con que explica sus casos clínicos o ciertos detalles de la evolución, que pueden resultar difíciles de entender para alguien sin conocimientos científicos, es propia de un narrador extraordinario. Pero además desvela cuestiones fascinantes de la naturaleza y de su obra cumbre, nuestro cerebro. Corran a leerlo.

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