Una historia secreta del siglo XX

Se reedita un clásico del ensayo cultural: 'Rastros de carmin', del muy influyente crítico Greil Marcus

Foto: Póster de 'God Save the Queen', de los Sex Pistols (1977) (The Mott Collection / Sex Pistols Residuals)
Póster de 'God Save the Queen', de los Sex Pistols (1977) (The Mott Collection / Sex Pistols Residuals)

Greil Marcus fue quien inventó la crítica de discos pop. En la década de los sesenta, estudiaba en la universidad estadounidense de Berkeley en California, sede de los mayores altercados universitarios que llevaron al estallido del 68. Ese mismo año, saltó de allí a un puesto hasta entonces inverosímil: jefe de la sección de reseñas de discos de la revista 'Rolling Stone', que a su manera estaba configurando cómo sería el futuro del rock hasta hoy. En ella, Marcus estableció un criterio asombroso: los discos debían reseñarse con la misma profundidad, seriedad y erudición que las obras de teatro, la ópera o los libros de poemas en los periódicos tradicionales. Como más tarde determinó en su propia obra, ya entonces pensaba que el rock se convertiría en algo tan central para la cultura estadounidense como lo habían sido 'Moby Dick' o 'El Gran Gatsby'.

No tardó en abandonar ese puesto: al director y propietario de la revista, Jann Wenner, le parecía muy bien lo de la trascendencia cultural del rock y el pop, pero entendía que básicamente se trataba de un espectáculo muy lucrativo poblado por estrellas, y que al público le interesaba mucho más la poderosa personalidad de esas estrellas que el mensaje profundo de sus canciones. De modo que cuando Marcus decidió publicar una crítica simplemente positiva del primer disco en solitario de Paul McCartney tras la disolución de los Beatles, Wenner le reprochó que aquello no era un buen disco más, sino un acontecimiento cósmico: ¡el fin de los Beatles! Marcus editó la reseña para satisfacer a su jefe, pero se dio cuenta de que aquello no era para él.

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Y así empezó la carrera del escritor de pop y rock más influyente del mundo. Colaboró con los medios más importantes, pero sobre todo empezó a escribir sobre música con una seriedad mortal, tratando a adolescentes que aporreaban sus guitarras con la misma seriedad con que los académicos trataban a Shakespeare. Su primer libro, publicado en 1975, fue el denso y conmovedor 'Mistery Train' (hay edición española en la editorial Contra), que intentaba capturar la “imaginación americana” a partir de músicos como Elvis Prestley, Bob Dylan, The Band o la Creedence Clearwater Revival. Era, como dijo en una entrevista larguísima y muy recomendable, “una combinación de todo lo que había aprendido en la universidad, todas mis pasiones, de Abraham Lincoln a Herman Melville, y de otros extraños personajes en la historia americana, sumados a mi pasión por el rock. Era un reconocimiento de que estaba interesado en todo eso”.

Los Sex Pistols en concierto
Los Sex Pistols en concierto

Si bien muchos consideraban el pop como no más que una explosión erótica y descarada, él veía, además, un eco de los viejos conflictos estadounidenses: la esclavitud de los negros, la Guerra de Secesión, mitos como el de los vagabundos colándose en trenes de mercancías, la conquista del Oeste y la explotación bajo los grandes magnates.

Rastros de carmín

Ahora, treinta años después de su aparición en 1989, Anagrama recupera su otro gran libro, 'Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX'. Se trata, seguramente, de la explicación más sofisticada y rica de algo que es cualquier cosa menos sofisticada y rica: la música de los Sex Pistols. Ellos, y el punk en general, produjeron una tremenda impresión en Marcus, que se preguntó de dónde salía esa ira, ese descaro, esa determinación a vivir salvajemente el presente, motivada por la creencia de que no existía el futuro. La respuesta fue este largo y maravilloso libro, donde rastreó entre los “dadaístas (…) los situacionistas y varios herejes medievales” para demostrar que el punk era el heredero de una larga tradición

'Rastros de carmín' (Anagrama)
'Rastros de carmín' (Anagrama)

“Cuando se escuchan los discos ―dice Marcus― resulta difícil afirmarlo”. Pero detrás de su declaración de ser el anticristo, su reivindicación de la 'Anarchy in the UK' o la proclamación, bella a su manera, de que “cuando no hay futuro/ cómo puede haber pecado/ somos las flores/ en el cubo de la basura” había una tradición cultural. El sociólogo marxista Nenri Lefebvre lo había dicho poco antes: “Si la modernidad posee un significado, es éste, lleva consigo, desde el principio, una negación radical: el dadá”. El punk era su culminación: un grito de furia sin sentido, amateur, maximalista, que era capaz de poner totalmente en duda las bases sobre las que se sustenta nuestra sociedad comercial y biempensante.

Pero, ¿tiene sentido ver tanta densidad intelectual en el rock, y más en una de sus versiones más disparatadas, los Sex Pistols? La exposición de Marcus es convincente. Por el libro pasan Marx, el urbanismo parisino del siglo XIX, los primeros grupos de música melódica negra de los años cincuenta, la escuela de Frankfurt y el a-uam-ba-baluba-balam-bam-bú. ¿Tiene sentido juntar todo eso? Sí, lo tiene, y más en manos de Marcus, un erudito con talento para la interpretación imaginativa y el giro emotivo. Pero también tiene sus riesgos. Si han leído hasta aquí, quizá ya los pueden imaginar: ¿en serio hay que mirar el punk de los Sex Pistols a la luz de las teorías de Walter Benjamin? ¿En serio?

Como la historia que el punk estaba contando era tan vieja y tan ajena, cada sonido y cada movimiento parecían completamente nuevos

Greil Marcus sabe como hacerlo. La mayoría de los demás críticos que han querido continuar su intelectualización del pop no lo ha logrado (una excepción es uno de los grandes libros sobre música escritos en español, titulado paradójicamente 'Esto no es música', del filósofo José Luis Pardo). Y su capacidad para colocar el punk en una tradición a la que, en el momento de su eclosión, eran ajenos sus protagonistas, es un ejemplo de cómo mezclar la historia de la cultura pop y la, a falta de un término mejor, alta cultura. “Como la historia que el punk estaba contando era tan vieja y tan ajena ―una historia acerca de arte y revolución que se seguía interpretando en un reino de diversión y mercancía―, cada sonido y cada movimiento parecían completamente nuevos. Pero la misma intensidad de esta ilusión, su vértigo, llevó la historia hacia el pasado, en busca de un lugar al que asirse”, dice al final del libro. Vale la pena hacer el recorrido con él. Incluso si uno es escéptico con que sea necesario intelectualizar hasta ese punto el rock.

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