Ilustrados contra charlatanes: la batalla política en tiempos de 'posverdad'

En 'Posverdad' el periodista conservador británico Matthew D’Ancona esplica con brillantez "cómo ha ido decayendo el valor de la verdad como moneda de reserva de la sociedad"

Foto: Los líderes políticos mundiales en la reunión del G8 en Charlevoix, Canadá, en 2018. (EFE)
Los líderes políticos mundiales en la reunión del G8 en Charlevoix, Canadá, en 2018. (EFE)

Es posible que usted esté cansado de oír hablar de las campañas de manipulación informativa en Facebook, de los bulos que circulan por WhatsApp, de las 'fake news', la posverdad o los bots de Twitter. En parte, se debe a que esas son las cosas que los periodistas biempensantes, cuando estamos perezosos, creemos que explican por qué la gente vota a partidos que no nos gustan. Y en parte, porque no solo son eso: son también asuntos complejos, elusivos, difíciles de entender y de explicar, que están transformando nuestra convivencia y debemos ser capaces de comprender mejor. De modo seguiremos hablando de ellos.

Un buen motivo para hacerlo es la reciente traducción al castellano de 'Posverdad' (Alianza), del periodista británico Matthew D’Ancona, un libro que tiene las virtudes de ser muy bueno y muy breve. D’Ancona fue subdirector del periódico bastante derechista The Sunday Telegraph, director del semanario muy derechista, muy culto y muy brillante The Spectator (sustituyó en el cargo a Boris Johnson) y ahora es columnista del muy izquierdista The Guardian. Es un conservador ecuánime y razonable. Y en este libro su mayor preocupación es simple: “cómo ha ido decayendo el valor de la verdad como moneda de reserva de la sociedad, y el contagio epidémico de un pernicioso relativismo disfrazado de legítimo escepticismo”. Es una descripción precisa de lo que nos está pasando.

'Posverdad' (Alianza)
'Posverdad' (Alianza)

Porque el problema no son las 'fake news': estas han existido siempre. Sí resultan un poco más problemáticos su inmenso alcance actual y la velocidad a la que circulan por las redes sociales y los servicios de mensajería. Pero en el fondo, tal como lo plantea D’Ancona, se trata de un problema (perdón) epistemológico: ¿y si, simplemente, a nuestras sociedades ricas, modernas y polarizadas el concepto de 'verdad' les interesa relativamente poco? ¿Y si lo que pretendemos cuando nos asomamos a la discusión pública es sentirnos bien con nuestras opiniones e insultar a las élites que detestamos, pero no intentar comprender la verdad? ¿Puede la verdad, de hecho, hacer que repensemos nuestras opiniones? Como muy bien dice D’Ancona: “No se trata de una batalla entre progresistas y conservadores. Es una batalla entre dos formas de percibir el mundo, entre dos enfoques radicalmente diferentes de la realidad: y hay que escoger entre ambas cosas. ¿Usted se conforma con que el valor primordial de la Ilustración, de las sociedades libres y del discurso democrático sea pisoteado por unos charlatanes… o no?”.

Definamos tentativamente 'charlatanes': gente para la que la verdad no importa, gente que tiene un fin y está dispuesta a conseguirlo retorciendo al máximo los hechos. Pero esta definición no es válida: todos, en mayor o menos medida, podemos incurrir a veces en esa conducta, más aún si somos políticos o intelectuales, pero también lo hará cualquier persona que se meta en un lío. Afinemos más. Los charlatanes son gente para la que la verdad simplemente no existe: lo que existe son mis intereses y cualquier camino para conseguirlos es lícito, puesto que nada es real, todo es indemostrable y los adversarios son siempre alguien pagado por un oscuro enemigo.

Quien siembra dudas...

Según D’Ancona: las “campañas de desinformación han allanado el camino a la era de la posverdad. Su cometido es invariablemente sembrar dudas, en vez de triunfar con rotundidad ante el tribunal de la opinión pública (lo que a menudo es un objetivo imposible de llevar a la práctica). Dado que las instituciones que tradicionalmente actúan como árbitros sociales ―como los árbitros de los campos de fútbol, por así decirlo― se han ido desacreditando progresivamente, los grupos de presión, generosamente financiados, han inducido al público a cuestionar la existencia de una verdad fiable de forma concluyente”.

Matthew D’Ancona
Matthew D’Ancona

O por decirlo de una manera más llamativa, “la Catedral está cediendo su lugar al bazar”. La cultura jerárquica en la que algunas autoridades eran muy respetadas y su palabra se consideraba fiable ―algunos periódicos, programas de televisión, algunas radios, figuras eminentes de la comunidad que pertenecían a partidos, sindicatos o iglesias, el médico de familia― se está convirtiendo en una donde cada cual puede contar su propia verdad y considerar que los demás son unos tramposos.Y este es el escenario ideal para que unas élites oportunistas, que se presentan a sí mismas como antiélites, aseguren en términos apocalípticos que la sociedad está condenada y que solo ellas pueden rescatarla de los oscuros conspiradores que, aseguran, la manejan. ¿Pruebas? No, ellos no necesitan eso. La ausencia de pruebas, de hecho, la demostración más clara de lo taimados son estos enemigos invisibles. “Los métodos de propaganda experimentados en Rusia han migrado a Occidente y se están aplicando a una población casi universalmente ajena al hecho de que sus páginas de las redes sociales están siendo explotadas para recabar datos por un nuevo complejo de la industria de la información”.

Hay quien responden, agresivos, que el sistema está completamente podrido y que quien escribe está a sueldo de tenebrosos intrigantes

Ante un libro como 'Posverdad', o un artículo como este, se producen varios tipos de respuesta. Una puede ser fácilmente, como decía, el cansancio ante periodistas demasiado preocupados por devolver el sistema informativo a como estaba hace veinte años. Pero también suele haber otra, una respuesta agresiva, más o menos coordinada, que transmite que ese sistema está completamente podrido y que quien escribe está a sueldo de tenebrosos intrigantes. Ricos y poderosos que quieren llenar Occidente de homosexuales, islamistas radicales y feministas que convencerán a las mujeres para que no tengan hijos y la especie se autoextermine, como parte de un complot de la izquierda. Apuesto que afirmaciones parecidas serán lo que, dentro de no mucho, aparecerán más abajo, en los comentarios.

La pregunta es qué podemos hacer ante esta realidad que no solo vuelve intratable la conversación pública, sino que multiplica las posibilidades de que las élites oportunistas se hagan con el poder. D’Ancona tiene algunas respuestas que, aunque sea desde el escepticismo, vale la pena explorar. No es irreal pensar que entramos en un tiempo que, efectivamente, estará dominado por la posverdad: una época donde la gente no solo mienta, lo cual es lo más habitual del mundo, sino donde las personas crean que pueden vivir una realidad que existe únicamente en su cabeza. Y, en efecto, pueden hacerlo, pero lo pagaremos todos los demás.

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