El barrio de Salamanca andaba revuelto...

Galaxia Gutenberg reedita una de las más memorables y extraordinarias novelas españolas recientes, 'Romanticismo', de Manuel Longares, publicada originalmente en 2001

Foto: Detalle de portada de la nueva edición de 'Romanticismo', de Manuel Longares. (Galaxia Gutenberg)
Detalle de portada de la nueva edición de 'Romanticismo', de Manuel Longares. (Galaxia Gutenberg)

El barrio de Salamanca, en Madrid, anda revuelto. Los hombres no hablan de otra cosa en la tertulia del Balmoral, un bar de la calle Hermosilla repleto de trofeos de caza. En la tertulia taurina del Wellington, en la calle Velázquez, una mujer asegura que a ella ningún comunista le quitará su dinero. Unas señoras, viejas amigas porque compartieron pupitre en las ursulinas de Loreto, meriendan incómodas en el Gregory’s, en Velázquez casi con Goya. Franco está enfermo. Lo que parecía que no iba a pasar nunca puede pasar: Franco podría morirse. Y entonces cualquier cosa es posible: ¿acaso los rojos ―“rogelios”, los llaman con desprecio estos burgueses que alardean de aristócratas― podrían robarles e incluso llegar al poder? ¿Va a haber una guerra? ¿Va a rebelarse el servicio doméstico? ¿Cerrarán las tiendas bien? Sirviéndose de una tetera, una mujer de orden se pregunta: “¿Por qué nos hace eso el caudillo?”.

Manuel Longares. (EFE)
Manuel Longares. (EFE)

Así arranca una de las más memorables y extraordinarias novelas españolas recientes, 'Romanticismo', de Manuel Longares, publicada originalmente en 2001 y ahora felizmente reeditada por Galaxia Gutenberg. Es, en un principio, una novela sobre el miedo que el fin del franquismo infunde en una clase social que vive refugiada en un castillo sin murallas, el barrio de Salamanca, donde se siente a salvo de un mundo exterior hostil y donde una servil clase baja le atiende sin cuestionar las jerarquías. Pero que se va dando cuenta, con recelo, de la inevitabilidad del cambio. No solo del político, que tendrá lugar con la muerte de Franco.

'Romanticismo' (Galaxia Gutenberg)
'Romanticismo' (Galaxia Gutenberg)

Para estos personajes ―como seguramente para todos nosotros― lo que consumen y dónde lo hacen es una seña de identidad. Con una mezcla de sutileza y parodia, Longares va explicando dónde compran pasteles, dónde meriendan, y dónde adquieren la ropa ―un personaje lleva “bolso de Pekary, el sombrerito de Cacharel, los guantes Varadé y la bufanda de Zarauz”, todas ellas tiendas de Serrano y Goya, y además le peina el célebre peluquero Ruphert―. Pero también importa a qué colegio van los hijos ―el Pilar, las ursulinas―, dónde asisten a misa y, por encima de todo, dónde viven. Aunque mucho de eso está condenado a cambiar. Las viejas tiendas serán sustituidas por establecimientos de grandes cadenas, las viviendas nobles serán convertidas en oficinas y, en última instancia, los jóvenes tendrán ganas de abandonar el barrio para irse a la periferia residencial. Su lucha es la del viejo noble del Gatopardo: asumir que todo cambia, pero aun así intentar que todo siga igual.

'Romanticismo' va más allá de los últimos días de Franco. Traza además la historia del barrio y su gente ―con nombres que, como toda la novela, son un cruce del costumbrismo de Galdós y del esperpento de Valle-Inclán: Javo Chicheri, Fela del Monte, Caty Labaig, Chema Bacigalupe, Isazkun Damborenea—, y aborda la llegada al poder de los socialistas en 1982 y del PP en 1996. Y en ese sentido, también es una novela sobre un aspecto crucial en todas las sociedades: ¿quién es la élite en cada momento? ¿Qué gente no solo manda, sino que se siente vindicada por la historia a medida que esta transforma los mecanismos económicos, políticos y culturales.

El arte del derecho

Por eso es tan interesante leer 'Romanticismo' en paralelo a un libro completamente distinto recién publicado, 'El arte del derecho', de Mercedes Cabrera (Debate). Se trata de la biografía de Rodrigo Uría, un abogado fallecido en 2007. Hijo de un respetado catedrático de derecho del mismo nombre con un pequeño despacho de abogados, en su juventud se codeó con artistas y con los viejos fascistas que se habían pasado al antifranquismo ―Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo, todos amigos de sus padres―, y fue un estudiante revolucionario represaliado por el régimen. Ya licenciado, se marchó a trabajar como abogado a un gran bufete de Nueva York, donde moderó su izquierdismo, y al volver a España transformó el despacho de su padre en un bufete moderno a la manera estadounidense. También se convirtió en un personaje clave en el mundo artístico español. No solo como coleccionista, sino apoyando al Estado en cuestiones como la instalación de la colección Thyssen en Madrid, la recuperación de un cuadro de Goya sacado irregularmente de España o como patrono y, más tarde, presidente del Museo del Prado. Fue, primero, uno de los miembros más destacados de la élite vinculada a la izquierda antifranquista, y después, a la del socialismo.

'El arte del derecho'. (Debate)
'El arte del derecho'. (Debate)

Lo interesante es que las calles, los colegios, los pisos y las costumbres en las que se desarrolla la vida de Uría en los años del tardofranquismo son los mismos que los de 'Romanticismo'. Él era, en sus propias palabras, “un niño del barrio de Salamanca”, el piso de la infancia estaba en Núñez de Balboa a la altura de Ayala, el colegio era el del Pilar, situado entre las calles de Ayala, Ramón de la Cruz y Conde de Peñalver. Uría fue subdirector de la revista del colegio, 'Soy pilarista', que en otros momentos dirigieron Luis María Ansón o Juan Luis Cebrián, que también fueron alumnos. Allí estudiarían además Francisco Fernández-Ordóñez, Javier Solana y Alfredo Pérez Rubalcaba. “Muchos de aquellos con los que coincidió Rodrigo en la universidad ―dice Cabrera― tuvieron un importante protagonismo durante la transición a la democracia; fueron diputados en el Parlamento, ocuparon puestos en la Administración Pública y en los más diversos organismos e instituciones, y algunos llegaron a formar parte principal del Gobierno”. Entre ellos estaban José Pedro Pérez-Llorca, Miguel Boyer o Carlos Solchaga, quienes habían sido “compañeros de batallas universitarias”.

Las calles, los colegios, los pisos y las costumbres de la vida de Uría en los años del tardofranquismo son los mismos que los de 'Romanticismo'

Esta élite progresista tuvo un papel enormemente benéfico para España y, desde su condición de élite, facilitó una mayor permeabilidad y movilidad entre clases. Y no es ningún secreto el origen familiar de buena parte de ella. Pero leer en paralelo la burlona y descarnada descripción de las élites franquistas de 'Romanticismo' y el sobrio y escrupuloso relato del ascenso de las élites socialistas de 'El arte del derecho' es aleccionador. ¿De qué? De algo que usted ya sabe: si quiere que sus hijos formen parte de quienes gobernarán España dentro de treinta años, encuentre la manera de vivir entre Juan Bravo y Goya, matricule a sus hijos en el Pilar, compre los pasteles en Chantilly, hágase con los zapatos de verano en Castañer y almuerce en La Torcaz. Luego todo será más fácil, quizá no tanto como en los años setenta, pero más fácil.

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