Por qué emprender la reconquista de España es absurdo e imposible

'Historia. Por qué importa', de Lynn Hunt, desmiente que podamos juzgar el pasado con los valores morales del presente

Foto: Santiago Abascal mirando al pasado
Santiago Abascal mirando al pasado

Todas las ideologías utilizan la historia para definirse. La izquierda española ha tenido cierta tendencia a idealizar la Segunda República. La derecha moderada ha convertido la Transición en una especie de monumento. Nuestra ya demediada derecha autoritaria es más ambiciosa: lo que le gusta son los Reyes Católicos, los tiempos imperiales y la conquista de América.

Esto no tiene nada de raro, en todos los países hay fascinaciones ideológicas equivalentes. Pero no significa que los políticos sientan necesariamente un interés genuino por el pasado, ni crean que haya que comprenderlo para tener una idea clara del presente. Uno de los fundadores del estudio de la historia tal como la entendemos hoy en día, Leopold von Ranke, escribió en 1824 que la verdadera historia no pretende juzgar el pasado para instruir a las generaciones del futuro, sino contar las cosas como fueron. Y sí, los políticos suelen entenderlo exactamente al revés.

Lo cuenta 'Historia. Por qué importa', un librito de Lynn Hunt recién publicado en Alianza. Se trata de una obra un poco gremial, que interesará más a los historiadores que a los simples aficionados, pero que contiene una serie de ideas enormemente interesantes sobre la manera en que nos relacionamos con el pasado.

Portada
Portada

Una de ellas, que quizá pueda disculpar el uso que hacen de ella nuestros políticos, es que hasta hace relativamente poco, la finalidad de la historia no era el descubrimiento de la verdad y, por lo tanto, su descripción no requería un cierto grado de objetividad. La historia se trataba de una forma que tenían las élites de entender lo que habían hecho las élites que les precedieron, con el fin de aprender lecciones que pudieran aplicar en su desempeño como políticos. Y, por supuesto, también el de crear una conciencia nacional.

Ahora, en cambio, en palabras de Ranke, aspiramos a “la presentación estricta de los hechos, sin importar lo provisionales o lo poco atractivos que pudieran resultar”. En los mejores casos, se estudian las fuentes originales, que se citan en innumerables notas al pie de página, para que los lectores puedan, si tienen ganas, “verificar su interpretación”.

Pero como dice Hunt, “a pesar de recurrir a las técnicas científicas en momentos determinados, la historia no es una ciencia”. Existen los hechos objetivos y algo parecido a una verdad histórica -que muchas veces no podemos alcanzar, solo aproximarnos a ella-, pero “los historiadores pueden contar historias muy diferentes acerca del mismo acontecimiento al elegir enfatizar hechos diferentes. Y esta cacofonía arroja dudas sobre la verdad de cualquier interpretación. Si existe tal desacuerdo sobre las interpretaciones, ¿cómo puede la historia reclamar para sí ninguna verdad acerca del pasado? ¿Se trata, simplemente, de la historia de unos contra los otros?”.

No, no se trata simplemente de eso. Para Hegel, cuenta Hunt, “si la historia del mundo es el progreso en la conciencia de la libertad, todo cuanto ocurre en la historia tiende a ese propósito (…) si la historia no es un progreso hacia la libertad, ¿qué sentido tiene entonces?”. El 'Macbeth' de Shakespeare no era un filósofo de la historia, sino un hombre condenado por su sed de poder, pero probablemente lo comprendió mucho mejor que Hegel: la historia, la vida, no solo no tienen propósito alguno, sino que son “un cuento contado por un idiota, todo estruendo y furia, sin ningún sentido”.

Von Ranke, escribió que la verdadera historia no pretende juzgar el pasado, sino contar las cosas como fueron. Y sí, los políticos suelen entenderlo exactamente al revés

Los políticos y los intelectuales actuales que se sirven de la historia para apuntalar sus posiciones de poder no son tan nihilistas como 'Macbeth', pero tampoco tienen ninguna vocación de objetividad (seguramente son hegelianos, como todos cuando somos optimistas, y ellos están obligados a serlo si quieren que les voten o les crean). Pero ahora mismo, el giro interesante es que la vida pública no solo está dominada por las discusiones sobre el pasado, lo cual no es anómalo, sino que constantemente se juzga el pasado con los valores morales del presente. Lo cual es el uso más estúpido que se le puede dar a la historia, uno que solo debería permitirse en las malas novelas y las películas históricas. Durante la campaña, las discusiones sobre Hernán Cortés o Manuel Azaña, sobre si Clara Campoamor era del PSOE actual o de Ciudadanos, o el retorno del fascismo han sido poco más que una forma de entretenimiento propagandístico cuyo interés no se centra en el pasado, sino en sacarle réditos al futuro en forma de poder o dominio cultural.

Es hacia el futuro a donde constantemente nuestras élites ideológicas proyectan un pasado inventado, no tanto por nostalgia como por ambición

“El equilibrio entre pasado y futuro -dice Hunt- presenta dificultades inesperadas. Queremos saber cómo hemos llegado hasta donde estamos ahora para prepararnos mejor con vistas a afrontar los retos del futuro, pero también queremos saber de dónde venimos para mantener un cierto sentido de continuidad en el tiempo con nuestras familias, nuestras naciones, y hasta con el planeta mismo. Desafortunadamente (dar forma al futuro) ha empezado a eclipsar a lo segundo (preservar el sentido de continuidad). Pero, sin cierto sentido de continuidad, el futuro carece de significado”.


No estoy del todo de acuerdo con Hunt en este punto. El futuro no tiene ni más ni menos significado que el presente. Pero es hacia el futuro a donde constantemente nuestras élites ideológicas proyectan un pasado inventado, no tanto por nostalgia como por ambición. Hacer que Estados Unidos sea grande otra vez, devolver a Italia la soberanía, emprender la reconquista de España, volver a la Cataluña previa a la Guerra de Sucesión o recuperar en Francia la grandeza gaullista; todo eso es absurdo o imposible. Y no se trata siquiera de la vieja visión elitista de la historia, de acuerdo con la cual las élites del presente intentaban emular a las del pasado, cuyas trayectorias se habían más o menos manipulado para exaltar las glorias de la nación. Es una pura ambición descerebrada que no sirve para entender de dónde venimos, pero que tristemente sí empieza a indicar dónde estamos y hacia dónde podríamos ir.

El erizo y el zorro
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
33 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios