Señor, ilumina a nuestros enemigos: la histórica división de la izquierda

Sobre la tendencia histórica de la izquierda a fragmentarse con la excusa de matices intelectuales que en realidad son odios personales

Foto: Izquierda Dividida
Izquierda Dividida

En los años de la Guerra Fría, la izquierda estadounidense se encontraba enormemente dividida. No solo estaban los comunistas, que apoyaban a la Unión Soviética y querían una revolución en su país, sino toda una gradación más moderada, que iba de los trotskistas a los partidarios del New Deal de Roosevelt, pasando por numerosos tonos de rojo. En este mundo de escisiones, odios eternos y tremendas discusiones suscitadas por matices, las revistas pequeñas tuvieron una enorme importancia. Eran publicaciones minoritarias, muy intelectuales, casi siempre deficitarias, en las que los mejores escritores de la época hablaban sobre literatura, arte y política y, lo que es más importante, la relación entre las tres cosas.

Una de las más relevantes fue la 'Partisan Review'. Había nacido en los años treinta, en el seno del Partido Comunista estadounidense, pero evolucionó hacia posiciones moderadas y a finales de los años cuarenta se posicionaba dentro de lo que hoy llamaríamos socialdemocracia y de la ortodoxia del Partido Demócrata. En ella escribieron autores como George Orwell y Arthur Koestler. Eran lo que se llamaba “liberales anticomunistas”, fieramente opuestos a los (no es una errata) “liberales anti-anticomunistas”, que consideraban que todo aquel que mostrara antipatía por la Unión Soviética era un paranoico. Para que se hagan una idea de lo fluido que era ese ecosistema, los trotskistas antiestalinistas, que solían escribir en otra pequeña revista, 'Commentary', acabaron siendo neoconservadores, y publicando en otra pequeña revista, 'The Public Interest'.

[Breve historia de las escisiones de izquierdas]

Entonces la importancia de la literatura era tal que el gesto más elocuente de que la 'Partisan Review' se alejaba del mundo del Frente Popular fue su apoyo a la literatura modernista, una expresión más o menos apolítica y un tanto elitista que se oponía al realismo social que preferían los comunistas. En aquel momento, el crítico literario más importante de la revista –y quizá del país– era Lionel Trilling, que en 1950 había publicado un libro de crítica literaria, 'The Liberal Imagination', del que vendió (esto tampoco es una errata) 170.000 ejemplares.

'The liberal Imagination'
'The liberal Imagination'

En 'The Liberal Imagination', una recopilación de ensayos publicados en pequeñas revistas, Trilling afirmaba que “en Estados Unidos, en este momento, el liberalismo no solo es la tradición intelectual dominante, sino la única tradición intelectual” (ya saben la ambigüedad del término liberal: en Estados Unidos, se parece bastante a “progresista pero no socialista”). Lo cual no le parecía una bendición, sino una desgracia para el país. E incluso para los propios liberales: creía que, para ayudarnos a mejorar nuestras ideas, siempre necesitamos a adversarios listos, en buena forma, con capacidad dialéctica e ideas atractivas. O como decía el gran pensador liberal John Stuart Mill: “Señor, ilumina a nuestros enemigos…; afila su conocimiento, concede agudeza a sus percepciones y coherencia y limpieza a su capacidad de razonamiento. Lo que es un peligro para nosotros es su estupidez, no su sabiduría: su debilidad es lo que nos llena de aprensión, no su fortaleza.”

A pesar de que él era un liberal, lo que Trilling pretendía con este libro era poner en duda algunas ideas centrales del liberalismo de su época, para espantar la complacencia de sus correligionarios. Y lo hizo por medio de la literatura: mostrando las inconguencias y las ensoñaciones del liberalismo que aparecen en las grandes novelas, cómo estas transmitían sus ideas políticas y cómo solo la imaginación, plasmada en la literatura, nos podía enseñar a ver nuestras propias carencias.

Ideología y literatura

'The Liberal Imagination' no está publicado en castellano y parece poco probable que algún editor asuma el riesgo de hacerlo. Pero mientras lo leía en las últimas semanas, me pareció un libro muy conveniente para la España actual. Sobre todo por tres cuestiones. La primera, que nos recuerda que debemos poner en duda nuestra propia ideología, reconocer las buenas ideas de nuestros adversarios y utilizarlas para alejarnos de la placidez ideológica. La segunda, que permite darnos cuenta de la medida en que hoy las artes y la literatura han dejado de ser relevantes en el debate político general y de cómo solo pequeñas minorías valoran su intencionalidad política, al tiempo que son incapaces de transmitírsela al gran público. Por supuesto, hay series, películas o libros con intencionalidad política, pero el público o bien ignora esa intencionalidad, o desconoce de plano la obra en sí. La tercera, naturalmente, es la tendencia de la izquierda a fragmentarse con la excusa de matices intelectuales que en realidad son odios personales.

Trilling nos recuerda que debemos dudar de nuestra propia ideología, reconocer las buenas ideas de nuestros adversarios y utilizarlas

Los debates más acalorados sobre la repolitización de la novela española después del 15-M, el impacto político de las nuevas series de televisión –el caso más ejemplar es el de Pablo Iglesias, que pasó de reivindicar 'Juego de Tronos' e identificarse políticamente con una de sus protagonistas, a regañar a los guionistas por convertir ese personaje en una psicópata obsesionada por el poder– o la supuesta carga reaccionaria de la mayor parte de la cultura del llamado neoliberalismo son un divertimento izquierdista. Hoy, la llamada crítica cultural es, en gran medida, una forma de alto entretenimiento para minorías que, a diferencia del pasado, no influye apenas en la política real.

En los tiempos de Trilling, sin embargo, el futuro político se dirimía en la crítica cultural, o al menos eso pensaban quienes participaban activamente en ella, a sabiendas de que, a pesar de su centralidad política y ocasionales éxitos como el de 'The Liberal Imagination', el mundo de las pequeñas revistas era en general un fenómeno muy minoritario. En un ensayo incluido en el libro y titulado 'The Function of the Little Magazine', Trilling reconocía que la 'Partisan Review' no tenía más de 10.000 lectores, afirmaba que ese mundo en el que la literatura ocupaba el centro del debate público estaba desvaneciéndose y advertía que la “clase educada” ignoraba por completo lo que entonces se consideraba la literatura más elevada. Pero, al mismo tiempo, creía que estas “pequeñas revistas” tenían un fin que, en un momento de inmensa convulsión ideológica como la Guerra Fría, seguía vigente: insistir en que “la actividad de la política se vincule a la imaginación bajo la mirada de la razón”. ¿En qué foros podemos ahora hacer eso?

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