El fin del conservadurismo: el nacionalismo ultra como amenaza a la derecha clásica

Para The Economist, la derecha tradicional está siendo amenazada por una fuerza peligrosa situada a su derecha: el nacionalismo reaccionario

Foto: Santiafgo Abascal (Vox) y Pablo Casado (PP) en la concentración de la plaza de Colón de Madrid el pasado febrero. (EFE)
Santiafgo Abascal (Vox) y Pablo Casado (PP) en la concentración de la plaza de Colón de Madrid el pasado febrero. (EFE)

El número de esta semana del semanario británico The Economist lleva en portada un titular llamativo para una revista que en muchos sentidos es progresista, en ninguno es revolucionaria y en todos, sin duda, partidaria del orden: 'La crisis global del conservadurismo'. Para The Economist, la derecha tradicional está siendo amenazada por una fuerza peligrosa situada a su derecha: el nacionalismo reaccionario.

Según el semanario, el conservadurismo no es solo una opción política, sino una especie de filosofía de vida. Para ilustrarlo, cita al filósofo británico Michael Oakeshott: “Ser conservador (…) es preferir lo conocido a lo desconocido, preferir lo que se ha probado a lo que no se ha probado, los hechos al misterio, lo existente a lo posible, lo limitado a lo desatado, lo cercano a lo lejano”. Es una definición estupenda. Y una que muchos compartimos, aunque sea de manera parcial, porque probablemente todos somos conservadores en algún aspecto de la vida.

Portada de 'The Economist'
Portada de 'The Economist'

En el ámbito político, recuerda la revista británica, los conservadores han tenido un gran aprecio a “instituciones como las monarquías, las fuerzas armadas y las iglesias”, sentido recelo por el poder de los gobiernos centralizados, y respetado la tradición. “Los conservadores tienden a cierta nostalgia y tienen pavor al desorden”, dice. A veces desearían gritarle al mundo que se parara, pero saben que eso es imposible y creen que la mejor opción es que mande un partido conservador para que pueda encauzar el cambio. Con ese objetivo, modular los cambios, la derecha tradicional estaba dispuesta a mutar, transformarse y cambiar de opinión para poder gobernar.

Para el Economist, sin embargo, la última transformación del conservadurismo ha sido radical e insensata. Donald Trump gobierna en Estados Unidos, probablemente Boris Johnson lo hará en Reino Unido, en Francia e Italia la derecha tradicional ha desaparecido y le han sustituido Le Pen y la Liga, en Alemania y España han surgido fuerzas a la derecha de los grandes conglomerados ideológicos que son la CDU y el PP. Buena parte de estas nuevas derechas que están en el poder o al acecho de él han perdido muchos de los rasgos, o todos, que hasta quienes no somos conservadores podíamos apreciar.

Meritocracia y fascismo

Tampoco hay que embellecer a la derecha tradicional. En muchos casos ha sido guardiana de los privilegios de unos pocos, ha utilizado la retórica meritocrática para evitar tener que hacer políticas que facilitaran el ascenso social y económico, ha moralizado la pobreza y ha esgrimido la tradición para justificar su permanencia en el poder. Pero si finalmente es sustituida por el reaccionarismo nacionalista, sin duda la echaremos de menos. Lo hará incluso una parte de la izquierda, que ha sido muy irresponsable al tildar sistemáticamente a cualquier opción que no fuera de izquierda como autoritarismo, fascismo, o reaccionarismo. Si a conservadores tradicionales y moderados -aunque, por supuesto, muy criticables en innumerables aspectos- como Mariano Rajoy o Angela Merkel se les ha llamado fascistas, ¿cómo vamos a denominar a Viktor Orbán o a los líderes de Alternativa para Alemania? Ahora lo negarán, pero como dice el Economist: “Quienes se han definido a sí mismos por estar contra la derecha echarán de menos ese conservadurismo [el tradicional] cuando haya desaparecido”.

Si la derecha tradicional finalmente es sustituida por el reaccionarismo nacionalista, sin duda la echaremos de menos

La pregunta ahora es si esa desaparición es inminente y segura. Creo que ninguna de las dos cosas. Puede que la situación actual tampoco sea algo pasajero. No me imagino al Partido Republicano estadounidense regresando a sus principios ideológicos previos a Trump en cuanto este desaparezca del mapa político. Ni al Partido Conservador británico recuperando el estilo que le caracterizó en las tres o cuatro décadas previas al Brexit. Pero hay que señalar que el pavor de The Economist procede precisamente de que, dentro de los países con una larga tradición democrática, es en los países anglosajones donde el nacionalismo nostálgico ha vuelto con más fuerza. Estos, que siempre miraron por encima del hombro a la Europa occidental por sus reiteradas tentaciones políticas extravagantes, son ahora los dos primeros en ser gobernados por esa clase de político que, creían, su sistema nunca permitiría que llegara a lo más alto.

¿Volverán los gaullistas en Francia? Improbable a corto plazo, vistos sus resultados en los últimos ciclos electorales. En realidad, en Italia, quien destruyó a la derecha tradicional fue Berlusconi, de modo que no esperemos mucho de ahí. Algo más optimista se puede ser en el caso de Alternativa para Alemania y de Vox, en España, fuerzas cuyo contacto con la realidad institucional les ha hecho perder fuelle. Pero además, las ideologías cambian. Llevamos décadas diciendo que el centroizquierda está abocado a transformarse, ahora parece que también lo está la derecha. No hay que alarmarse, podríamos decirnos. Entramos en una nueva fase, una transición que no sabemos cuánto durará, y tenemos que acostumbrarnos a los sobresaltos, los virajes y las radicalizaciones temporales.

Reaccionarios radicales

Pero no es la respuesta adecuada. “Los reaccionarios no son conservadores -dice Mark Lilla en su libro 'La mente naufragada' (Debate)-. Es es lo primero que hay que comprender sobre ellos. Son, a su modo, tan radicales como los revolucionarios. Al revolucionario le inspiran expectativas milenarias de un nuevo orden social redentor y seres humanos rejuvenecidos inspirados por lo revolucionario; al reaccionario le rondan miedos apocalípticos de entrar en una nueva era oscura”. La naturaleza de conservadores y reaccionarios es esencialmente distinta, y si el primero goza con el orden, el segundo desea el desorden. Si el primero quiere estabilidad, el segundo prefiere el caos. Si el conservador solo quiere embridar el cambio e impedir que se desmadre, el reaccionario, como el revolucionario, no se conforma con otra cosa que no sea poner patas arriba el mundo.

En algunos lugares los conservadores están tentados -o ya han cedido a la tentación- de colaborar con los reaccionarios. En otros, no. Tanto a los conservadores como a los no conservadores nos interesa que la derecha tradicional no renuncie a sus principios básicos. Puesto que en todas las sociedades hay conservadores, hay que convencerles de que sus planes deben pasar por la moderación. Como afirma The Economist, ellos son los primeros interesados en que así sea si no quieren, como decía Friedrich Hayek, verse arrastrados por un camino que no han escogido ellos.

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