Una mudanza con (demasiados) libros

Tengo demasiados libros, me dije a la mañana siguiente, cuando desperté rodeado de cajas y con un libro de Martin Amis abierto sobre el pecho

Foto: Una mudanza con libros
Una mudanza con libros

Tuve suerte. En la caja de libros que había quedado más cerca del sofá en el que iba a dormir –la entrega del colchón se había retrasado ya dos veces– estaba 'Experiencia', de Martin Amis. Lo cogí con la espalda y los brazos doloridos. Llevaba varios días sacando libros de las estanterías, metiéndolos en cajas y trasladándolas del piso viejo al nuevo. El salón estaba lleno de cajas. Apenas había empezado a abrirlas. Una vida en libros.

O no del todo. En parte me fui de mi ya antigua casa porque se había quedado pequeña –y porque vivir en el centro de Madrid se parece cada vez más a hacerlo en una población turística de la Costa Brava–. Eso me había obligado a restringir en los últimos años el número de libros que conservaba: adopté de manera laxa la costumbre de sacar un libro por cada uno que entrara. Era difícil: una de las bendiciones de mi trabajo es que muy a menudo llegan envíos de las editoriales. De modo que por cada libro nuevo que quizá leería en algún momento se marchaba uno que sabía que no iba a releer. El límite aproximado eran unos dos mil quinientos. Lo cual resultaba un poco frustrante: una de mis ambiciones de juventud había sido construir una biblioteca personal lo más grande posible. Por el momento no iba a poder ser.

'Experiencia'
'Experiencia'

Pero releyendo 'Experiencia' veinte años después de la primera vez, en una habitación donde parecía que hubiera estallado una bomba pequeña, pensé que ni siquiera en una casa más grande tal vez eso fuera deseable. En 'Experiencia', Martin Amis cuenta la relación con su padre, Kingsley Amis, que fue un escritor de éxito en Reino Unido durante las décadas de los cincuenta y los sesenta del siglo pasado. Un novelista fino y humorístico que retrató los conflictos masculinos y su ira contra el envejecido mundo de los difíciles años de posguerra en su país. Como tantos, pasó de ser un radical de izquierdas a un conservador duro que apoyó la guerra de Vietnam, adoraba las armas nucleares y tenía deslices antisemitas y misóginos. Fue un adúltero constante y un bebedor legendario. Martin cuenta con dolor, pero también con humor retrospectivo, cómo su padre nunca le animó a que se convirtiera en escritor y no mostró ningún interés por su obra. Reproduce algunas de las cartas que le mandaba de joven: escritos saturados de literatura, con demasiados juegos verbales (algo que persiste en los libros del Martin maduro), ansiosos por conseguir el cariño de un padre que, aunque en ocasiones quiera enmendarse, apenas tiene tiempo para él.

Leí el libro por primera vez cuando yo tenía la misma edad a la que Martin mandaba esas cartas, también quería ser novelista, estaba descubriendo que no tenía ningún talento para ello y no había conocido en mi vida a un solo escritor. Pero ya empezaba a acumular libros de una manera absurda, desproporcionada. Leía en el metro, por la calle y en la bañera. Si lo hacía en el grado suficiente, pensaba, algún día sería escritor.

Miedos masculinos

Pero ahora estoy en mitad de mi gran mudanza de la mediana edad y tengo casi la edad a la que Martin, por un lado, ya había triunfado y había ganado mucho dinero (yo no), y por el otro empezaba a notar síntomas de envejecimiento (yo también). En su caso particular, en forma de una dentadura horrible que le provocaba tremendos dolores. Amis va repasando las enfermedades de otros escritores: la pésima vista de James Joyce, la psoriasis de Vladimir Nabokov y John Updike. Parodia sus propios miedos y esos defectos que nos provocan más pánico a nosotros que interés o rechazo en los demás. Con la nueva dentadura Amis se ve feo, habla mal. Un divorcio arrasa su vida. Su padre, también divorciado y con tremendos remordimientos por cómo trató a sus exmujeres, tiene un raro momento de empatía: “Cuéntame lo poco o lo mucho que quieras”. El libro son unas memorias, pero leído ahora me doy cuenta de que es también una buena parodia de los miedos masculinos en distintas edades (a mí me salen pequeñas manchas rojas en la piel cuando estoy nervioso, bebo cantidades desproporcionadas de agua cuando hablo en público y mi matrimonio parece haber sobrevivido a la mudanza).

Tengo demasiados libros, me dije a la mañana siguiente, cuando desperté rodeado de cajas y con el libro de Amis abierto sobre el pecho

Tengo demasiados libros, me dije a la mañana siguiente, cuando desperté rodeado de cajas y con el libro de Amis abierto sobre el pecho. No hacen falta tantos. Ya no tengo necesidad de alardear ante las visitas de lo mucho que he leído. Antes consideraba que el único objeto decorativo con valor eran los libros; ahora quiero una casa llena de plantas y algún jarrón esporádico. Antes me tomaba todos los libros con la misma gravedad; lo que significaba que no leía ninguno que no me pareciera serio. Ahora me encanta leer en los viajes novelas de Donna Leon, de Preston & Child o de Harlan Coben, pero no veo demasiados motivos para conservarlos. Sé que no volveré a la mayoría de las novelas que he leído, con la salvedad de unas pocas (¿una docena?) que me he prometido releer, en lo que creo que es la expresión de un temor muy de la mediana edad: haber entendido todo mal en la juventud pero no tener demasiado tiempo para averiguarlo. Hay un placer singular en decirle a un invitado que se lleve tu ejemplar de un libro del que habéis estado hablando. Incluso dejar alguno en la calle o en un parque y comprobar, cuando se vuelve a pasar algo más tarde, que alguien se lo ha llevado.

De modo que dos mil quinientos libros. En la nueva casa puede que tres mil. No más. No es necesario. Me lo iba diciendo mientras abría cajas, miraba un rato lo que había dentro y lo iba colocando en las nuevas estanterías. Luego pensé en qué habría pasado si me hubiera deshecho de 'Experiencia' nada más leerlo hace veinte años y me pregunté cuánto tardaría en volver a incumplir mi resolución.

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