Por qué mi censura es mejor que la tuya

Tendemos a pensar que la verdadera libertad solo es la propia y la ajena es un intento de sabotear la justicia, traicionar la verdad o difundir bulos

Foto: C. Tangana en una imagen promocional tomada por el fotógrafo Javier Ruiz.
C. Tangana en una imagen promocional tomada por el fotógrafo Javier Ruiz.

Lenin detestaba la censura que el gobierno de los zares imponía a los periódicos rusos a principios del siglo XX. La consideraba “feudal” y estimaba que la prensa libre era "mucho más democrática, por principios, que cualquier otra alternativa". Si los bolcheviques llegaban al poder, afirmaba, “habría una libertad de prensa incomparablemente mayor” que bajo el régimen de los Romanov. Pocos días después de llegar al poder, cuenta la biografía 'Lenin: The Man, the Dictator and the Master of Terror', de Victor Sebestyen, Lenin instauró la censura."Cualquier órgano de la prensa puede ser… [cerrado] por incitar a la resistencia a los decretos del Sovnarkom [nombre que recibió el nuevo gobierno comunista ruso] o si se descubre que siembra confusión, distorsionando de manera claramente difamatoria los hechos". La medida debía ser temporal y “en cuanto el nuevo orden haya establecido firmemente todas las medidas administrativas que afectan a la prensa se derogarán y la prensa disfrutará de una libertad plena”. No se revocó en los setenta años posteriores, hasta el fin del comunismo.

Por suerte, ya no vivimos en época de monarquías absolutas, dictaduras comunistas ni, en sentido estricto, de censura. Pero la actitud de Lenin ilustra a la perfección de qué hablamos cuando hablamos de libertad de expresión: algo que queremos para los nuestros, pero que somos reacios a conceder a los demás cuando de nosotros depende. La censura siempre es arbitraria y cruel cuando la ejercen los otros; pero parece tristemente necesaria cuando la aplican los nuestros. La verdadera libertad solo es la propia, la ajena es un intento de sabotear la justicia, traicionar la verdad o difundir bulos.

Estatua de Lenin en la Plaza Moscú de San Petersburgo.
Estatua de Lenin en la Plaza Moscú de San Petersburgo.

Por supuesto, no siempre sucede así. De hecho, en España gozamos de unos elevados niveles de libertad de opinión. En su informe anual 'Freedom in the World 2019', la organización Freedom House concede a España una puntuación de 94 sobre 100 en materia de libertad, y en su índice por países la coloca por delante de democracias asentadas como Austria, Reino Unido, Francia, Italia o Estados Unidos.

En Oviedo, tras el cambio de gobierno en el ayuntamiento, se suspendieron conciertos como los de Rozalén o Luz Casal

Pero con demasiada frecuencia los partidos políticos, los grupos de presión y los intelectuales muestran sus peores instintos e intentan ocultar el discurso de quienes no les gustan. Recientemente se han suspendido varios conciertos organizados por ayuntamientos: el de Luis Pastor en Aravaca, que tras haber sido programado por el gobierno de Manuela Carmena fue cancelado por la Junta de Distrito que ahora está en manos del PP, o el que C. Tangana tenía previsto dar en Bilbao y que su ayuntamiento ha suspendido por el machismo de sus letras. La portavoz de Elkarrin Podemos en la ciudad ha afirmado, al parecer sin intención irónica, que “es importante insistir en la libertad de creación y expresión artística, pero sin ignorar que existen letras que pueden herir a mucha gente”. En Aravaca, con anterioridad, se canceló un concierto de Def con Dos, debido a la condena por enaltecimiento del terrorismo impuesta a su cantante, César Strawberry. Y en Oviedo, tras el cambio de gobierno en el ayuntamiento, se suspendieron conciertos como los de Rozalén o Luz Casal.

El cantante de Def Con Dos, César Strawberry. (Efe)
El cantante de Def Con Dos, César Strawberry. (Efe)

Naturalmente, nada de esto es censura. Es normal que los artistas quieran presentarlo como tal, sobre todo si en su música la política ocupa una parte central: eso, a fin de cuentas, refuerza su mensaje y, potencialmente, su popularidad. En realidad, se trata de una consecuencia lógica de la detestable manera en que los ayuntamientos organizan sus fiestas: como una forma de hacer ideología partidista con dinero público que, además, transfieren a artistas afines. Pero en todo caso, una vez más, sugiere una lógica que demasiado a menudo impera incluso en las sociedades liberales: la de no estar dispuesto a oír, o a permitir que otros lo hagan, lo que a ti no te gusta. En el caso de los conciertos, con una comprensión de la función de los sectores público y privado realmente demencial: lo que a mí me gusta, que lo financie el sector público; lo que no me gusta, que se busque la vida en el mercado privado.

"Lo que a mí me gusta, que lo financie el sector público; lo que no me gusta, que se busque la vida en el mercado privado", piensan muchos

Esto, sin embargo, forma parte de una dinámica que no se circunscribe a España ni a su absurdo sistema de contratación de artistas. Y ni siquiera es nueva. Es aquella en la que la conversación pública tiende a conceder una importancia extraordinaria a lo que hace y dice todo el mundo, en especial si se trata de alguien famoso, aunque últimamente lo hayamos ampliado a perfiles anónimos de las redes sociales. Excluyendo todo lo que traspase las líneas del Código Penal, ¿qué importancia pueden tener para la sociedad las opiniones políticas de un cantante pop en 2019?

El alcalde de Madrid José Luis Martínez Almeida y la delegada de Cultura, Turismo y Deporte de Madrid, Andrea Levy. (Efe)
El alcalde de Madrid José Luis Martínez Almeida y la delegada de Cultura, Turismo y Deporte de Madrid, Andrea Levy. (Efe)

La respuesta es fácil. Solo tienen importancia para quien ve la cultura en términos puramente propagandísticos, y es lo bastante ingenuo como para creer que la propaganda cultural funciona en los mismos términos que las campañas electorales. Se da por hecho que si se expone a los votantes a las letras de ciertos cantantes es posible influir en su posición ideológica y, en última instancia, en su voto. La tan sofisticada idea de “hegemonía cultural” de Gramsci, que tanto se manejó en la política española hace unos años, ha quedado reducida a eso: que los partidos de izquierdas contraten a músicos de izquierdas en las fiestas patronales, y los de derechas, a músicos de derechas.

No vivimos en absoluto tiempos de totalitarismo, pero parece que hemos decidido vivir una especie de simulacro

Por suerte, como decía, no vivimos en absoluto tiempos de totalitarismo, pero parece que hemos decidido vivir una especie de simulacro, como si en realidad fuera así: inmersos en un sectarismo atroz, un victimismo simétrico, con apelaciones a una libertad que por suerte no está (ahora mismo) en peligro y la constante tentación de pensar que nuestro bando está legitimado para silenciar a los demás. Y que, además, todo desacuerdo con las ideas propias es una ofensa y una humillación. Una parodia posmoderna y light, pero increíblemente cansina, del leninismo.

El erizo y el zorro
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