Una biblioteca en llamas, un millón de libros quemados y un fascinante pirómano

El 29 de abril de 1986 sucedieron, por lo menos, dos cosas. La principal fue que en la planta nuclear de Chernóbil, en el norte de

Foto: El incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles en 1986
El incendio de la Biblioteca Pública de Los Ángeles en 1986

El 29 de abril de 1986 sucedieron, por lo menos, dos cosas. La principal fue que en la planta nuclear de Chernóbil, en el norte de Ucrania, explotó el reactor nuclear número cuatro. La segunda, que lógicamente pasó bastante desapercibida en el mundo debido a la enorme preocupación que generó la primera, fue que ardió la biblioteca pública central de Los Ángeles. Se trataba de un extraño edificio con influencias egipcias y mediterráneas, extravagantes esculturas y mosaicos históricos, construido en 1926. El incendio duró siete horas y los bomberos que participaron en su extinción afirmaron que nunca habían visto algo parecido; en el interior las temperaturas llegaron a los 1.000 grados centígrados. Alrededor de un millón de libros quedaron destruidos. Aunque nadie murió, algunas vidas también quedaron destruidas.

El incendio fue especialmente dramático porque se sabía que, a causa de los límites presupuestarios, el edificio carecía de las medidas de seguridad obligatorias. Todo el mundo pensaba que podía pasar algo así -bastaba con que alguien se lo propusiera-, pero nadie creía que fuera a suceder. Así, cuando saltaron las alarmas de incendio, muchos empleados recomendaron a los visitantes que no se molestaran en recoger sus cosas para llevárselas; dieron por sentado que aquello estaría solucionado en cuestión de minutos y pronto volverían a sus oficinas y mesas de estudio. Sin embargo, la pérdida fue colosal: no solo desde un punto de vista material, sino cívico, porque la biblioteca ocupaba un lugar central en la vida de la ciudad. De hecho, las bibliotecas también habían ocupado un lugar central en la vida de quien cuenta esta historia.

'La biblioteca en llamas'
'La biblioteca en llamas'

Susan Orlean, una escritora de la revista The New Yorker, lo cuenta en 'La biblioteca en llamas', un largo reportaje que ha publicado en castellano la editorial Temas de Hoy. El libro tiene algunos de los rasgos característicos de la escritura del semanario neoyorquino: es elegante, mezcla la historia personal de la autora con el relato que cuenta, el grado de documentación de los hechos es incomparable y, a veces, es ligeramente manierista. Orlean, como los demás autores de esa escuela, es tan buena escritora, su forma de narrar es tan efectiva, que a veces uno piensa que pretende contarnos demasiadas historias interesantes.

Pero todas resultan interesantes. Orlean relata cómo su madre la llevaba con frecuencia a una biblioteca, lo que creó en ella una vinculación especial con esos edificios, a pesar de que luego, en sus años universitarios, se convirtió en una compradora compulsiva de libros. Al mudarse a vivir a Los Ángeles descubrió su red de bibliotecas públicas -de la que la incendiada era la principal- y se fue interesando cada vez más por estas instituciones y su complejidad.

Orlean es tan buena escritora, su forma de narrar es tan efectiva, que a veces piensas que pretende contar demasiadas historias interesantes

Una de las líneas argumentales del libro es el grado de sofisticación de la actividad que se desarrolla en las bibliotecas: no son solo lugares silenciosos y tranquilos, subyace en ellos una actividad frenética de encargo y recepción de libros, de envíos a otras bibliotecas de la red, de estudio de los libros y documentos que la gente dona o de los que se alerta cuando alguien fallece, la ardua tarea de digitalización y etiquetado de los archivos fotográficos de, por ejemplo, los periódicos que cierran.

El director y el incendiario

Otra de las líneas argumentales de Orlean es la historia de la biblioteca, el proceso que le llevó a cobrar un papel tan importante en Los Ángeles. Una de las figuras más fascinantes del libro es Charles Lummis, un periodista aventurero, defensor de los derechos de los indios, fascinado por el sudoeste desértico del país, que llegó a la ciudad para hacerse cargo de la información local de Los Angeles Times. Pese a su excentricidad, o precisamente por ella, se le nombró director de la biblioteca a principios del siglo XX. Impulsó su actividad de una manera fascinante: hacía poner en los libros pseudocientíficos y malos una tarjeta que decía “Este libro es de la peor clase que tenemos en la biblioteca. Lamentamos que no tengas mejor criterio y quieras leerlo”. Se ausentaba durante largos periodos de su puesto de trabajo para irse a pescar, creó colecciones de fotografía, de autógrafos y sobre la historia de España. Sus esfuerzos para atraer a la gente funcionaron y la biblioteca se volvió realmente un lugar popular al que acudían personas de cualquier clase social. Pero sus excentricidades acabaron hartando a las autoridades y le despidieron, entre otras cosas, por pagarse los puros con el dinero de la biblioteca.

La periodista norteamericana Susan Orlean. (EFE)
La periodista norteamericana Susan Orlean. (EFE)

Con todo, el personaje más fascinante del libro es Harry Peak, el principal sospechoso de causar el incendio. Aspirante a actor, como tantos jóvenes guapos de pueblo que llegaban a Los Ángeles con la esperanza de hacerse ricos y famosos, le costó más de lo que creía empezar su carrera. Era fantasioso, irresponsable hasta extremos inverosímiles, e inventaba historias increíbles que iba exagerando cada vez que las contaba. En parte por esta personalidad, se le consideró el pirómano que había iniciado el fuego que devastó la biblioteca. “Cuando la investigación sobre el incendio de la biblioteca se centró en su persona, Harry empezó a reescribir su historia una y otra vez, y cada nueva versión era un poco más retorcida que la anterior… El problema con Harry era que no escogía una mentira y la desarrollaba. Presentaba tantas versiones de la historia que creer una implicaba no creer las demás; generaba una continua espiral de falsedades, y cada una contradecía a la precedente”.

Durante la semana del 29 de abril de 1986, dice Orlean, “el accidente nuclear de Chernóbil copó las páginas de todos los periódicos del mundo a excepción del ‘Pravda’, que trató la cuestión muy sucintamente y que, sin embargo, se las apañó para llevar a cabo una amplia cobertura del incendio en la Biblioteca Central”. Su verdadera historia la cuenta este buen libro, un relato que contiene a su vez innumerables historias unidas por una biblioteca.

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