¿Hasta cuándo vas a seguir obsesionado por el pop y por un apocalipsis zombi?

El célebre periodista Chuck Klosterman firma en 'Matarse para vivir' un estupendo -e irritante- libro sobre la música y la madurez

Foto: Detalle de portada de 'Matarse para vivir'. (Es Pop)
Detalle de portada de 'Matarse para vivir'. (Es Pop)

Al principio de 'Alta fidelidad', la película de Stephen Frears basada en la novela de Nick Hornby, John Cusack mira a la pantalla con unos grandes auriculares puestos y se pregunta: “¿Escuchaba música pop porque estaba deprimido? ¿O estaba deprimido porque escuchaba música pop?” John Cusack interpretaba a Rob Gordon, el propietario de una tienda de discos que, ya en la treintena, continúa sin entender la vida ni a las mujeres, en gran medida porque sigue viéndolo todo a través de las lentes de la música pop. La música pop no es solo la banda sonora de su vida, es su vida. En esencia, para él, cualquier cosa puede reducirse a una lista de canciones: el amor, el desamor, el sexo, la euforia, el aburrimiento y, sí, la depresión.

Pensé en el pobre Rob mientras leía 'Matarse para vivir', un libro reportaje del periodista estadounidense Chuck Klosterman que acaba de publicar la editorial Es Pop. Klosterman es una pequeña celebridad en Estados Unidos: habla y escribe, atropelladamente y muy bien, sobre música y cultura pop, de política como si fuera un asunto pop (tiene razón al decir que Trump empezó siendo un personaje pop), de deportes, televisión, tecnología y zombies. Su aspecto es el de un veinteañero que consigue envejecer sin necesidad de cambiar de estilo, pero sin ocultar que hace mucho que dejó de serlo, y tiene una cultura infinita sobre cosas que la mayoría de nosotros consideraríamos prescindibles (lo sabe todo sobre el grupo heavy Kiss, que la canción de Don McLean 'American Pie' dura ocho minutos y treinta y ocho segundos, y ha establecido una correlación directa entre las letras del 'Kid A', el disco de Radiohead, con los atentados del 11S en Nueva York). En resumen, hace que, como con Rob Gordon, te preguntes si tanto pop no resultará perjudicial.

'Matarse para vivir' (Es Pop)
'Matarse para vivir' (Es Pop)

El tema de 'Matarse para vivir' es, en apariencia, un encargo periodístico. Klosterman trabajaba en la revista musical Spin y sus jefes le pidieron que viajara a lugares de Estados Unidos en los que hubieran muerto estrellas del rock o gente relacionada con él: Jeff Buckley, Elvis Presley, tres de los miembros de Lynyrd Skynyrd (los de “Sweet Home Alabama”), uno de los Allman Brothers, cien personas que murieron en el incendio de un local mientras tocaba Great White, Buddy Holly, Kurt Cobain y otros. Inicialmente, fue un reportaje para la revista, una pieza ortodoxa de periodismo musical estadounidense, que se preguntaba por qué, en el caso del rock, a veces la muerte suponía el relanzamiento de una carrera y no su fin. Ciertamente, algunos de esos fallecidos se hicieron famosos y se convirtieron en mitos tras su muerte, y en el caso de Presley, al menos dejó de deslizarse decadentemente hacia el ridículo.

Chuck Klosterman
Chuck Klosterman

Pero aunque esa sea la excusa argumental, el tema del libro no es ese. En realidad, el libro trata sobre Chuck Klosterman: de su inseguridad cuando llegó a Nueva York desde Breckenridge (Dakota del Norte), de una juventud de pisos compartidos, porros e incómoda timidez en las fiestas y, sobre todo, de sus fracasos amorosos. Por medio de digresiones constantes, evocaciones de las noches en los moteles durante su viaje por Estados Unidos, Klosterman reconstruye las relaciones con sus exnovias y relaciones del presente –Quincy, Lenore, Diane–; básicamente, fracasos debidos a malentendidos, estupideces o, por supuesto, desacuerdos sobre la cultura pop. Un día va al cine con Diane a ver un documental sobre Henry Kissinger, el que fuera secretario de Estado de Richard Nixon. A Klosterman le parece que se trata de un hombre enormemente inteligente. A ella le parece que merecería estar en la cárcel. “De inmediato tuve la certeza de que nunca íbamos a coincidir en algo por mucho tiempo que viviéramos. Nuestras respectivas visiones del mundo eran tan diametralmente opuestas que jamás podríamos compartir ninguna experiencia de manera total… Comprenderlo hizo que mi deseo aumentase profundamente”. Las mujeres, para Klosterman, son solo una encarnación del pop: “Si Diane es la ‘Jolene’ de Dolly Parton y Lenore es una fusión entre la libido de Big Bopper y el sueño húmedo más aterrador de Nikki Sixx, Quincy vendría a ser la chica en ‘Kate’ de Ben Folds Five, multiplicada por la mujer descrita en ‘Underwhelmed de Sloan, dividida por la persona sobre la que canta Evan Dando en ‘My Drug Buddy’”. No, yo tampoco ubico claramente un setenta por ciento de estas referencias.

Entrañable narcisismo

¿Es “Matarse para vivir” un buen libro? Sí, sin duda, si crees que la vida se parece a las canciones pop. O, peor aún, si añoras la época en la que creías que la vida se parece a las canciones pop. Klosterman es ligeramente irritante, su devoción por el pop siempre es la expresión de cierto narcisismo adolescente, y leer sus conocimientos enciclopédicos sobre cosas absurdas puede parecer una monstruosa pérdida de tiempo. Pero también es entrañable, precisamente porque es un descerebrado: se mete una raya con unos heavies a los que no conoce (y luego se pone paranoico porque da por hecho que va a morir), lo hace todo mal con las mujeres pero no puede dejar de hacerlo todo mal, flirtea patéticamente con las camareras y, en el fondo, lo único que le preocupa es acertar con la música del coche cuando va de camino al próximo escenario donde murió un roquero.

Lo único que le preocupa es acertar con la música del coche cuando va de camino al próximo escenario donde murió un roquero

Pero el problema no es esto. El problema, como en el caso de Rob Gordon, es ¿cómo se sale de este estado? ¿Hasta cuándo se puede ser un chico pop? ¿En qué momento las canciones ya no sirven para explicarlo todo? ¿Cuándo quieres que tus relaciones dejen de ser esporádicas y estar basadas en una atracción fundamentada en la incompatibilidad, para convertirse en pragmáticas y funcionales?

Al final de 'Alta Fidelidad', Rob promete que ha llegado ese momento, que quiere hacerse mayor y olvidarse de esa juventud pop alargada. Cuando publicó 'Matarse para vivir', Klosterman tenía treinta y tres años. Ahora tiene cuarenta y cinco. Su figura pública sigue siendo la de un atolondrado joven obsesionado con las canciones, el deporte y qué hacer en caso de un apocalipsis zombie. Todos querríamos ser Klosterman un rato todas las semanas. Pero no más que eso.

El erizo y el zorro
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