El emprendedor que fichaba a los Red Hot Chilli Peppers y acabó engañando a todos

Adam Neumann, WeWork y los nuevos y exitosos vendedores de crecepelos de la nueva economía

Foto: Adam Neumann, de WeWork. (Reuters)
Adam Neumann, de WeWork. (Reuters)

En ocasiones, a Adam Neumann le gusta hablar como un profeta, más que como un empresario. Siempre ha considerado que el objetivo de WeWork, una empresa dedicada al alquiler de espacios de oficina, elegantes pero informales, es “crear un mundo en el que la gente trabaje para construirse una vida, no solo para ganarse la vida”. Su misión es “elevar la conciencia del mundo”. De acuerdo con un folleto emitido por la propia empresa antes de su planeada salida a bolsa, Neumann “es un líder único que ha demostrado que puede ser al mismo tiempo un visionario, un gestor y un innovador”.

Nadie se lo ha creído demasiado, pero mucho menos desde que la empresa anunció, precisamente, que deseaba cotizar en bolsa. Hasta entonces, la historia de WeWork era el material con el que están hechos los sueños de los emprendedores. En 2010, Neumann advirtió que en Nueva York había un montón de jóvenes desempleados que habían perdido su trabajo en la banca, el periodismo u otros sectores supuestamente atractivos, y que echaban de menos la comodidad –y la dignidad personal– que les daba tener una oficina. De modo que empezó a alquilar espacios baratos pero decorados con gusto, dotados de cafeteras, wifi y la posibilidad de interactuar con otras personas. El éxito fue inmenso –es cierto que los alquileres estaban muy subvencionados por la empresa, que nunca ha ganado dinero–, hasta el punto de que a principios de este año WeWork fue valorada en 47.000 millones de dólares. Para que se hagan una idea, la capitalización bursátil de BBVA ronda los 35.000 millones.

WeWork. (EFE)
WeWork. (EFE)

¿Tan extraordinaria era We Work? En muchos sentidos, sí. Los Red Hot Chilli Peppers tocaron en una de sus fiestas. Después de anunciar una ronda de despidos para abaratar costes, Neumann repartió entre sus empleados chupitos de tequila y les invitó a un concierto del rapero Run-DMC. Su mujer y cofundadora de la empresa, Rebekah Neumann, decidía a quién se despedía tras reunirse apenas unos minutos con el empleado. Pero Neumann –que tiene un patrimonio personal de 2.200 millones de dólares– es un gran vendedor. Un vendedor sobrehumano. Consiguió que el banco de inversión SoftBank invirtiera en el proyecto 10.700 millones de dólares.

El principio del fin

Todo empezó a torcerse con el anuncio de la salida a bolsa de la empresa. Entonces, los periódicos estadounidenses se pusieron a escudriñar los entresijos de la empresa, que habían permanecido más o menos ocultos porque las exigencias de transparencia no son las mismas cuando una empresa no cotiza. Neumann había ganado 700 millones de dólares comprando y vendiendo derechos sobre acciones de la empresa. Una empresa suya tenía el registro de la palabra “We” e hizo que WeWork le pagara seis millones de dólares para poder utilizarla en su nuevo nombre, The We Company. El plan de salida a bolsa recogía que, en el caso de que a Neumann le pasara algo, su esposa –a la que el folleto llama “compañera de pensamiento estratégico de Adam”– heredaría buena parte de su poder; ahora, ella es consejera delegada de WeGrow, una “escuela de emprendeduría consciente” para niños de dos a once años.

Ante todas estas extrañezas, los inversores salieron huyendo y WeWork ha retrasado su salida a bolsa. Ahora se estima que su capitalización es un tercio de los 47.000 millones de dólares iniciales. Y Softbank, el banco que fue su mayor apoyo, está, en el momento de escribir esto, pensando en despedir a Neumann.

Ahora se estima que su capitalización es un tercio de los 47.000 millones de dólares iniciales

¿Cómo pudo este hombre llegar hasta aquí? Al mismo tiempo que leía en la prensa sobre esto, he leído un libro fascinante de un caso aún más grave que el de Neumann: 'Mala sangre', de John Carreyrou (Capitán Swing). Es una investigación fascinante –el autor es periodista del Wall Street Journal– sobre Elizabeth Holmes, una joven de buena familia que decidió dejar la universidad para fundar su propia start-up de equipamiento de análisis de sangre, llamada Theranos. Su sueño era revolucionar el sector con unas pequeñas máquinas que todo el mundo podría tener en su casa, que analizarían la sangre con solo una pequeña punción en el pulgar –Holmes detesta las agujas– y luego enviarían directamente al médico los resultados para que pudiera modificar la medicación del paciente. El proyecto fascinó a propietarios de supermercados que enseguida quisieron comercializar la máquina, a viejas glorias políticas como Henry Kissinger, a científicos comprometidos con la calidad de vida de los pacientes y a inversores millonarios como Rupert Murdoch, el dueño de la cadena televisión estadounidense Fox, que puso más de cien millones de dólares.

¿Cuál fue el problema? Que las revolucionarias máquinas de Holmes nunca funcionaron. Eran absolutamente imprecisas e inestables, requerían mucha más sangre de la que se obtenía con una simple punción y no eran capaces de realizar correctamente los análisis de rutina. Pero Holmes, ayudada por una cultura corporativa basada en los abusos, la persecución y la humillación de los empleados, que el libro cuenta de manera terrorífica, logró sostener su mentira durante más de una década, engañando no solo a los inversores fascinados, sino al propio Gobierno y las autoridades sanitarias.

Hay algo muy atractivo en la gente que puede prolongar una ficción durante años porque cree firmemente en ella

El caso de Neumann y de Holmes no son el mismo: la segunda puso en riesgo la vida de pacientes que confiaban en los análisis de las máquinas de Theranos, mientras que el primero parece que solo es un vividor aficionado a la retórica inspiracional más ridícula y con una visión un poco personalista de los negocios. Pero hay algo muy atractivo en la gente que puede prolongar una ficción durante años porque cree firmemente en ella, tiene un talento espectacular para la seducción y sabe que muchas personas están dispuestas a creerse casi cualquier cosa que encaje con su imaginación.

El mundo tecnológico parece particularmente susceptible de este mecanismo (We Work no es una empresa tecnológica, pero dice mucho de su talento que haya conseguido presentarse como tal). La mayoría de nosotros somos incapaces de saber dónde está la frontera entre lo verosímil y lo imposible en la tecnología, y hay sesgos que son inevitables; Holmes engañó sobre todo a hombres muy ricos y bastante viejos. Pero lo que hace que mantengamos cierta confianza en el sistema es que pensamos que estos casos son poco probables, porque allá en las alturas –de los bancos de inversión, las agencias reguladoras o los despachos de abogados de los casos de patentes– hay gente mucho más lista que nosotros que ejerce de filtro. Es cierto que estos casos son improbables. Pero seguirlos de cerca produce una fascinación casi morbosa y suscita una pregunta casi inevitable: ¿cuánto tiempo habría aguantado yo sosteniendo engaños de esa envergadura? En mi caso, no creo que hubiera pasado de un par de horas.

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