Arte y capitalismo: comprar la revolución en Amazon

Carlos Granés, uno de los mejores ensayistas actuales, publica 'Salvajes de una nueva época'

Foto: Mural de Bansky
Mural de Bansky

El 22 de marzo de 1969 se inauguró en Kunthalle Bern, una galería de arte suiza, una exposición titulada 'Live in your head: When Attitudes Become Form'. Era un grito de rebeldía: a esas alturas, artistas como Salvador Dalí o Andy Warhol, que habían iniciado sus carreras como provocadores revolucionarios, se habían convertido en simples marcas de mercado cuyas obras se intercambiaban por millones de dólares. Esa exposición demostraría que era posible hacer arte anticapitalista. Las obras expuestas “desafiaban la lógica del mercado”. No eran cuadros ni objetos materiales que pudieran comercializarse. “Eran conceptuales, inmateriales, procesuales; había obras hechas a miles de kilómetros, en medio de la naturaleza: piezas de ‘land art’ efímeras e intransportables. Otras eran acciones ya realizadas de las que solo quedaba el registro fotográfico.” Eran “testimonios, souvenires, residuos de acciones y situaciones imposibles de reeditar en una galería”.

Se podría haber imaginado que la exposición no era tan anticapitalista como querían sus promotores al echar un vistazo al catálogo y fijarse en el hecho de que era Philip Morris, la gigante empresa tabacalera, quien había pagado la muestra. De hecho, el presidente de su filial en Europa escribía en un espacio normalmente reservado a los críticos, los artistas y los galeristas: “De la misma forma en que el artista se esfuerza por mejorar su interpretación y sus ideas a través de la innovación –decía el ejecutivo de la multinacional–, la empresa comercial persevera para mejorar su producto o sus servicios mediante la experimentación con nuevos métodos y materiales. Nuestra búsqueda constante de una nueva y mejor manera de actuar se asemeja a los interrogantes de los artistas cuyas obras están aquí representadas”.

Tanto se parecían las actividades de los artistas y las de las empresas que, como era de esperar, las revolucionarias obras de arte de la exposición “no tardaron en convertirse en piezas de museo y en mercancía para coleccionistas adinerados”. Ese sería el destino de todo el arte posterior: proponer la revolución y acabar siendo mercancía para ricos.

'Salvajes de una nueva época'. (Taurus)
'Salvajes de una nueva época'. (Taurus)

Esta es una de las historias que cuenta Carlos Granés en su nuevo libro, 'Salvajes de una nueva época', que acaba de publicar la editorial Taurus. Granés es uno de los mejores ensayistas en lengua castellana de su generación y su obra se centra sobre todo en esta paradoja: la de los revolucionarios que acaban convertidos en mercaderes. Su gran libro es 'El puño invisible' (Taurus), un tomo de quinientas páginas en que reconstruye las relaciones entre arte de vanguardia y las ideas políticas desde principios del siglo XX cuando, también en Suiza, en los cafés coincidían los comunistas que harían la revolución política en Rusia y los dadaístas que pondrían patas arriba los museos en Occidente. Su siguiente libro, 'La invención del paraíso' (también en Taurus) fue un estudio de caso: el del Living Theatre, un radical grupo de teatro estadounidense de los años sesenta que pretendía revolucionar no solo las conciencias, sino la sociedad: lo primero llevaría a lo segundo.

Su obra teatral más emblemática, 'Paradise Now', duraba varias horas y actores y público acababan desnudos, fuera de los teatros, sumidos en un éxtasis mitad religioso y mitad sexual. El éxito de la obra provocó que les detuvieran en innumerables ocasiones, problemas logísticos –el grupo era un desastre en las cuestiones prácticas– y líos con Hacienda. Su convencimiento de que el arte de vanguardia podía revolucionar la sociedad les llevó hasta Brasil, donde la dictadura militar muy pronto les hizo entender, al detenerles, los límites de la capacidad política del arte frente a las armas.

Solidaridad salvaje

'Salvajes de una nueva época' retoma estos temas a partir de artistas muy conocidos como Ai Weiwei o Jeff Koons, o de la manera en que el arte se ha convertido en buena medida en la expresión de ideas progresistas de solidaridad. El célebre grafitero Bansky, por ejemplo, pintó en la pared de una calle del norte de Londres a un niño trabajando en una fábrica, haciendo banderas de Gran Bretaña en condiciones abusivas. Una noche de 2013, ese trozo de pared desapareció. Dos semanas después, apareció en una casa de subastas de Miami que acabó vendiéndolo por más de un millón de dólares. “¿Por qué un arte humanitario y solidario, en muchos casos pretendidamente socialista, se muestra tan adaptado a un sistema del arte dominado por el más salvaje de los capitalismos?”, se pregunta Granés.

¿Por qué un arte humanitario se muestra tan adaptado a un sistema del arte dominado por el más salvaje de los capitalismos?

Colombiano instalado en España desde hace casi dos décadas, Granés también ha estudiado otro tema al que dedica la segunda mitad del libro: cómo Latinoamérica ha sido una fuente de mitos políticos que han fascinado desde siempre a la izquierda de los países ricos. “El viaje de los europeos y de los estadounidenses a América Latina en busca de una conciencia política ha sido un clásico. Llegaban a Cuba, a Colombia, a Perú, a Nicaragua o a México a apoyar sublevaciones y formas de gobierno que juzgaban a través de sus más nobles ideales. Se resistían a desmentir el mito, existía El Dorado, había un lugar en el mundo donde seguía habiendo campo para el comunismo, para las luchas populares, para las fantasías premodernas, para la purificadora violencia revolucionaria.” Al igual que los artistas de vanguardia, los aventureros políticos se acercan a Latinoamérica en busca de una pureza redentora.

Y como cuenta el libro, el último ejemplo de esta larga tradición fueron los fundadores de Podemos, cuya cercanía al peronismo y a Hugo Chávez buscaba “ese fuego sagrado que ardía en la política latinoamericana. Querían encontrar esa pasión, esa furia no diluida en los pactos y consensos que habían hecho de Europa un continente soso, timorato, secuestrado por las multinacionales y los pactos de Estado”. Querían “conflicto”. Y fueron a por él para tratar de importarlo.

Granés, que también aborda el “procés” como una inmensa obra de teatro, suma de “performances” y rituales, es un escritor brillante y perspicaz. Lleva una década escribiendo sobre las ideas que recorren “Salvajes de una nueva época”; este libro es una buena introducción a ellas y una magnífica advertencia ante las tentaciones utópicas, los sueños revolucionarios y el romanticismo desatado. De todo ello están hechas nuestras vanguardias, tanto en el Congreso como en el museo.

El erizo y el zorro
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