Contra la seducción de las Grandes Ideas

Los independentistas catalanes han demostrado ser, en su mayoría, erizos. Creían una sola cosa, pero una muy grande, y la creían con mucha fuerza

Foto: Centenares de personas arrojan bolsas de basura ante delegación del gobierno en Barcelona. (EFE)
Centenares de personas arrojan bolsas de basura ante delegación del gobierno en Barcelona. (EFE)

Hace unos años, Esther Duflo, la reciente premio Nobel de economía, afirmó en una entrevista que “Las grandes ideas son muy seductoras. Yo creo en las ideas pequeñas”. Es una de las mejores definiciones del carácter de una persona, y un mapa para entender en qué momento histórico vivimos. Durante mucho tiempo, el mundo estuvo regido por las grandes ideas. Las religiones –“existe un solo Dios, y es omnipotente”– tal vez sean las más grandes y ambiciosas que hayan existido.

Pero hace un par de siglos empezaron a ser sustituidas por otras cosas que, en el fondo, se parecían. El nacionalismo, el primero de esos sustitutos, funcionaba de una manera semejante a la religión, con la salvedad de que la omnipotencia de Dios era sustituida por la sacralidad de la patria. El marxismo quizá no fuera omnipotente ni sagrado, pero muchos estaban convencidos de que explicaba todos los aspectos de la vida. Las formas más toscas del liberalismo, según las cuales el Estado es siempre un estorbo y el mercado es siempre el mejor mecanismo para resolver conflictos, no andaban demasiado lejos. Fue el tiempo de las grandes ideas.

Con un cierto optimismo, algunos creímos que esta época estaba en decadencia. No porque nada de lo anterior estuviera completamente descartado en el basurero de la historia, ni mucho menos. Sino porque la política también estaba llena de ideas pequeñas que poco a poco iban robándole terreno a las grandes. ¿Cómo hacer que funcionen las cosas modestas, como que los autobuses lleguen a tiempo y no sean demasiado caros, o los niños salgan lo mejor preparados de la escuela independientemente del dinero que tengan sus padres? ¿Cómo conseguir disminuir de manera paulatina la contaminación en una ciudad sin romper los equilibrios de la economía local ni convertir la vida de los ciudadanos en un suplicio? ¿Cómo conseguir que la gente discrepe de manera respetuosa y sin tirarse los platos a la cabeza?

Isaiah Berlin
Isaiah Berlin

Isaiah Berlin sostuvo –sin tomarse excesivamente en serio la distinción– que las personas que solo tenían en la cabeza una idea muy grande eran erizos, y que quienes tenían muchas pequeñas eran zorros (sí, de ahí viene el nombre de esta columna). Los erizos eran tenaces, incansables, veían todo el mundo en función de su gran idea y peleaban por esta como si en ello les fuera la vida. Los zorros, en cambio, eran más dispersos, tenían tendencia a cambiar de opinión si la situación lo aconsejaba, eran conscientes de que las cosas suelen salir mal y de que por eso hay que ser más sutil que cabezota.

De esta distinción parte el libro recién aparecido en castellano en la editorial Taurus 'Grandes estrategias', de John Lewis Gaddis, célebre profesor de la Universidad de Yale y uno de los mayores expertos del mundo en la Guerra Fría y las tácticas que emplearon en ella Estados Unidos y la Unión Soviética. En él, Gaddis muestra cómo obraron los protagonistas de algunos episodios conocidos de la historia –Jerjes en la batalla de Salamina, Pericles en la Grecia antigua, Napoleón en su intento de conquistar toda Europa, Lincoln durante la Guerra de Secesión, Churchill en la Segunda Guerra Mundial– y se pregunta qué patrones hay en sus comportamientos. ¿Eran más bien erizos o zorros? ¿Cuál de las dos actitudes frente a la vida lleva a planear las mejores estrategias? ¿Cuál es el carácter ganador?

'Grandes estrategias'. (Taurus)
'Grandes estrategias'. (Taurus)

Me parece claro que Gaddis tiene, como yo, una mayor simpatía por los zorros, aunque él parece tener más paciencia que yo con los erizos. Y sabe explicar muy bien por qué, seguramente, el ser humano ha sido capaz de progresar gracias a que ha mezclado rasgos de los dos animales de Berlin. Pero sus conclusiones son más profundas, y para conocerlas merece la pena leer el libro. En todo caso, parece que ha vuelto el tiempo de los erizos. En nuestra época, son las ideas grandes las que parecer contar con un verdadero apoyo popular en muchas partes del mundo.

Ideas políticas como “¡Si somos independientes recuperaremos nuestra dignidad!” “¡Si salimos de la Unión Europea Reino Unido recuperará el control!” y “¡Si me votáis a mí América será grande otra vez!” resultan francamente seductoras: ¿quién no querría dignidad, control y grandeza? Las ideas pequeñas, que además no suelen llevar signos de admiración, consiguen la atención de muchísimas menos personas. Y, además, muchas veces los erizos tienen un enorme talento y se salen con la suya, no porque sean más listos que sus rivales, sino porque nunca desfallecen. Pero no siempre ocurre así. En ocasiones, los erizos se proponen objetivos que no pueden cumplir y, en parte porque se confían, luego todo se vuelve en su contra.

Las ideas pequeñas, que además no suelen llevar signos de admiración, consiguen la atención de muchísimas menos personas

Jerjes, el rey de reyes persa, logró reunir un ejército tan grande que ganó con enorme facilidad sus primeras batallas de camino a Grecia, y se convenció de que podía invadirla por completo y, después, seguir con el resto de Europa. Y sí, llegó a Atenas, prendió fuego a la Acrópolis e hizo colocar su trono en lo alto de un promontorio junto a la costa, para ver cómo su flota destruía a la ateniense. Pero aquello era la bahía de Salamina, las naves griegas estaban muy bien entrenadas y hundieron por completo la flota persa, cuyos marinos, además, no sabían nadar. Jerjes, el erizo, al que su asesor Artábano, un prudente y algo asustadizo zorro, le había reiterado que podía estar sobrevalorando sus fuerzas y que el escenario de la derrota era más que posible, tuvo que volverse a su casa, completamente humillado.

Los independentistas catalanes han demostrado ser, en su mayoría, erizos. Creían una sola cosa, pero una muy grande, y la creían con mucha fuerza. Si eran tenaces, acabarían saliéndose con la suya. Eso ya les falló una vez, en 2017, pero son tan erizos que han decidido repetir su estrategia de entonces con poquísimas modificaciones. Los erizos más listos saben que a veces deben escuchar el consejo de los zorros –y a los zorros más listos a veces les gustaría ser erizos–. No es el caso del independentismo o, en cualquier caso, de lo que queda de su liderazgo. Pero mientras no se den cuenta de que en muchas ocasiones las ideas pequeñas pueden ser más funcionales que las grandes, todos seguiremos sufriendo.

El erizo y el zorro
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