Nostalgia del soberano: ¿quién tiene el control de nuestra democracia?

Manuel Arias Maldonado, profesor de ciencia política en la Universidad de Málaga, y una de las mejores cabezas de la actualidad, tiene nuevo libro

Foto: Encuentro de Unidas Podemos el pasado sábado en Madrid (EFE)
Encuentro de Unidas Podemos el pasado sábado en Madrid (EFE)

En 2015, los ciudadanos griegos decidieron en un referéndum que su país no aceptara las condiciones de la Troika para un rescate financiero; meses después, su Gobierno aceptó unos requisitos aún más duros. En 2016, los ciudadanos de Reino Unido escogieron que su país abandonara la Unión Europea; tres años y medio después, el país ha dejado la UE, pero sigue sujeto a sus regulaciones y, posiblemente, nunca podrá desentenderse del todo de ellas.

Son solo dos ejemplos recientes. Pero se extiende la sensación de que los Estados no son capaces de llevar a cabo lo que sus ciudadanos les piden, ni siquiera cuando lo hacen de la forma transparente (aunque también tramposa) que es un referéndum. Cuando reciben el mensaje de una manera más ambigua (pero también más equitativa), como son unas elecciones normales, los partidos que asumen el mando del Estado incumplen sus promesas de manera sistemática: no hacen con la inmigración lo que dijeron que iban a hacer (bien fuera limitarla severamente o tratarla con más humanidad), no hacen con los impuestos lo que dijeron que iban a hacer (al final, se los suelen subir menos a los ricos y bajar menos a la gente con ingresos bajos); recientemente, en España hemos visto como Unidas Podemos, el partido junior de la coalición de Gobierno, no va a hacer lo que prometía que haría con la publicidad de las apuestas deportivas a pesar de que, probablemente, tenía un amplio respaldo social.

'Nostalgia del soberano'
'Nostalgia del soberano'

Esto transmite una impresión que en los últimos tiempos es ubicua: la de que ni siquiera en las democracias el pueblo tiene el verdadero control. Un control que, con frecuencia, se piensa que está en manos oscuras: las de una tecnocracia invisible, los mercado financieros, los lejanos burócratas bruselenses o, en casos extremos, las de una conspiración de musulmanes, millonarios y feministas. Y por eso cunde lo que Manuel Arias Maldonado llama, en su libro más reciente, la “nostalgia del soberano”. Ante lo que percibimos como un caos disgregador, muchos ciudadanos quieren que el Estado recupere su soberanía para imponer lo que decida el pueblo, dé marcha atrás a la globalización que ha erosionado su autonomía económica y su identidad grupal y arrase a quien se interponga en ese proceso, sean jueces, compradores de deuda pública o intelectuales de un signo u otro.

Arias Maldonado es profesor de ciencia política en la Universidad de Málaga y una de las mejores cabezas de mi generación. Tiene, además, el raro don de dominar numerosos registros: es un columnista ágil en El Mundo, un divulgador brillante de cuestiones climáticas (una de sus especialidades académicas) y un estudioso serio y erudito de la filosofía política. 'Nostalgia del soberano' pertenece a este último ámbito (por compararlo con obras suyas anteriores, su tono es más parecido a 'La democracia sentimental' que a 'Antropoceno') y en él cuenta cómo vivimos en ese estado nostálgico: añoramos cuando el poder político era realmente poderoso y representaba de verdad al pueblo, y queremos regresar a esos tiempos, aunque en realidad, como dice Arias, nunca existieron.

Ficciones para populistas

En parte porque las ideas de “soberanía”, “pueblo”, “voluntad general” y demás son, en buena medida, ficciones que nos hemos inventado, como creía Hobbes, para vivir más o menos en paz. Pero son ficciones que populistas y nacionalistas (que casi siempre son lo mismo) se toman en serio y utilizan de manera mucho más efectiva que los liberales. Estos últimos siempre han reconocido el pluralismo dentro de la sociedad, la separación de poderes, la existencia de sistemas de gobernanza multinivel —de los ayuntamientos a la Unión Europea, pasando por numerosas instancias intermedias— y de una tecnocracia administrativa y la redistribución del poder: que nadie tenga todo el poder porque eso conduce de manera casi inevitable a su uso indebido. El nacionalismo responde que eso es un engaño y que se necesita un hombre fuerte con capacidad de decisión y de actuación que ponga fin a la progresiva disgregación de la sociedad causada por unas élites irresponsables.

Para Arias, el retorno del nacionalismo populista es una consecuencia de la sensación de “que no hay futuro hacia el que avanzar”

¿Qué consecuencias tiene eso para nuestro futuro? Para Arias, el retorno del nacionalismo populista es una consecuencia de la sensación de “que no hay futuro hacia el que avanzar”. Partes importantes de la sociedad creen, con razón o sin ella, que la promesa de progreso está vacía y es, en esencia, una mentira. Es fácil atribuir eso al “declinismo” —la percepción de que tu sociedad está en decadencia material, pero también cultural y hasta espiritual— que, de nuevo, los populismos explotan mejor que nadie. Y si menciono la percepción de un “declinismo espiritual” es porque Arias, con mucha razón, ve la política moderna como un intento complejo de sustituir el marco religioso por otro que puede intentar ser racional pero que, como él mismo decía en un libro anterior, es básicamente sentimental.

¿Cómo salir de esta peligrosa trampa? Tendrán que leer el libro de Arias para conocer sus propuestas, siempre sensatas, escépticas y gradualistas. Pero cabe preguntarse si encontraremos la forma de que estas resulten atractivas y seductoras para quienes creen sinceramente que vivimos en un mundo decadente, cuya élite merece ser sustituida por verdaderos representantes del pueblo (que suelen formar parte de la misma élite, pero saben convencer a sus partidarios de que no es así).

Uno de los mayores lugares comunes intelectuales que se dicen en nuestro país es “no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa”. Pero sabemos muy bien lo que nos pasa y “Nostalgia del soberano” ayuda a comprenderlo mejor. Lo que no sabemos es cómo solucionarlo. Y ese es el verdadero reto de la política, aunque muchos crean que es otro más oscuro y épico.

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