La extrema derecha y las conspiraciones: el estilo paranoico en la política

"Todos sufrimos la historia, pero el paranoico la sufre dos veces, porque no solo se ve afligido por el mundo real, como el resto de nosotros, sino también por sus fantasías"

Foto: Imagen de Omni Matryx en Pixabay.
Imagen de Omni Matryx en Pixabay.

En 1964, el historiador estadounidense Richard Hofstadter publicó un artículo en la revista neoyorquina 'Harper’s' que se haría célebre. Se titulaba "El estilo paranoico en la política americana" y sostenía que la tendencia al extremismo, las teorías de la conspiración y el odio hacia determinados grupos estaban en el ADN de la política del país.

“La política americana ha sido con frecuencia un espacio para las mentes cabreadas —decía—. En los últimos años, hemos visto cómo trabajaban esas mentes cabreadas sobre todo entre los seguidores de la extrema derecha, que ahora ha demostrado (…) cuánta ventaja política puede obtenerse del resentimiento y las pasiones de una pequeña minoría. Pero detrás de eso creo que hay una clase de mentalidad que no es ni mucho menos nueva y que no es necesariamente de derechas (…). La idea del estilo paranoico como fuerza política tendría poca relevancia contemporánea o valor histórico si se aplicara a hombres con mentes profundamente perturbadas. Lo que hace que el fenómeno sea significativo es que es la gente más o menos normal la que usa formas de expresión paranoicas”.

En la política europea, no han faltado momentos paranoicos. Pero desde este lado del Atlántico, era fácil darle la razón a Hofstadter con un poco de suficiencia. Las últimas décadas de la política estadounidense, al menos tal como llegaban aquí las noticias, han estado marcadas por la respuesta mediática y partidista a la vida sexual del presidente Clinton y sus mentiras sobre ella, las matanzas con armas en los institutos, la invasión de al menos dos países tras el mayor ataque sufrido en territorio nacional desde Pearl Harbour, las dudas sobre las verdaderas nacionalidad y religión de Obama, la creación de un movimiento como el Tea Party, que pedía de manera no tan paradójica menos autoritarismo estatal y más ejército, o los bandazos de las comunidades evangélicas, que pasaron de apoyar a un presidente exalcohólico que se presentaba como cristiano renacido a otro que llegó a fanfarronear de que, gracias a ser rico y famoso, podía coger a las mujeres por la parte del cuerpo que prefiriera. Todo eso, acompañado de un eterno retorno al debate acerca de la esclavitud y la raza. Todos los debates estuvieron profundamente imbuidos de monomanía. Quizá la política europea del momento fuera aburrida y burocrática, pero no parecía estar dominada por fuerzas tan trágicas y telúricas. Al menos, no en el día a día.

Si esto fue cierto en algún momento, ya no lo es. Europa, y muy singularmente España, ha importado el estilo político estadounidense de la misma manera que acabamos importando, descontextualizadas, buena parte de sus grandes tendencias culturales. Desde 2015, la política europea ha estado dominada por el surgimiento de una derecha autoritaria que ha detectado una supuesta coalición de inmigrantes musulmanes, feministas ateas, burócratas bruselenses y comunistas financiados, todos ellos, por los 'hedge funds' del húngaro George Soros, cuyo objetivo es destruir la civilización.

El referéndum del Brexit de 2016 estuvo dominado por un miedo simétrico a los inmigrantes que hacían trabajos que nadie más quería y a los expertos económicos que atemorizaban a la gente con sus temibles Excel. El 'procés' catalán fue en buena medida, como dijo Daniel Gascón en su libro 'El golpe posmoderno', la historia de “una población alabada por su sensatez y su rechazo al aventurismo [que] se transforma de pronto en romántica”. La izquierda radical, de Syriza a Podemos, se muestra comprensiva con el nacionalismo hiperconservador y religioso de Vladimir Putin desde su invasión de Ucrania. La propaganda detecta bulos. Los bulos detectan propaganda.

Como con tantas otras cosas —del teletrabajo a la consolidación de una guerra fría entre China y Estados Unidos—, parece que la crisis del covid-19 no ha creado nuevas tendencias, sino que más bien ha reforzado y acelerado las ya existentes. Y eso mismo ha hecho, en gran medida, con este nuevo estilo de hacer política, en el que “gente más o menos normal” ve fantasmas o conspiraciones por todas partes.

Primero fue la sensación de que el virus era un asunto de extranjeros y que por alguna razón la nación propia podía permitirse una reacción pausada y tranquila; luego fue la identificación del contagio con una intencionalidad política: Vox denunció el carácter “chino” del virus frente al vigor de los “anticuerpos españoles”; el 'Daily Mail', uno de los periódicos más vendidos de Reino Unido, especuló con la posibilidad de que Michel Barnier, el negociador del Brexit por parte de la Unión Europea, hubiera infectado a Boris Johnson como “la venganza definitiva por el Brexit”; ayer mismo, el presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona afirmó que “España es paro y muerte; Cataluña, vida y futuro”.

Durante un tiempo, observamos con cierta perplejidad cómo el periodismo radiofónico estadounidense estaba dominado por personalidades nacionalistas y ligeramente paranoicas como Rush Limbaugh. Veíamos asombrados cómo ascendían y caían figuras como Milo Yiannopoulos, un provocador de la derecha alternativa que se erigió en el héroe un poco ridículo de la lucha contra la corrección política. Leíamos Breitbart medio a escondidas y con cierta ironía. Veíamos cómo la izquierda universitaria exigía que nadie que pudiera ofender su sensibilidad fuera invitado a sus campus y cómo algunos viejos medios progresistas iban dejando entrar renovadas visiones conspiranoicas de la historia.

Los equivalentes europeos existen desde siempre —el nazismo y el comunismo se construyeron, en buena medida, sobre la paranoia—, pero en las últimas décadas no gozaron de tanta influencia política como en Estados Unidos. Ahora, su influencia aquí es tan relevante que ya se puede decir que, una vez más, lo que hace no tanto era marginal ocupa ahora el centro del escenario: ya solo hablamos de ellos. Como dijo Hofstadter, “todos sufrimos la historia, pero el paranoico la sufre dos veces, porque no solo se ve afligido por el mundo real, como el resto de nosotros, sino también por sus fantasías”. Y luego contagia a los demás.

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