Un debate crucial y medio siglo de sueño americano en juego

La madrugada del martes al miércoles empieza de manera oficiosa la campaña electoral para las elecciones del 3 de noviembre

Foto: El set vacío del debate en Cleveland, EEUU, entre Joe Biden y Donald Trump. (EFE)
El set vacío del debate en Cleveland, EEUU, entre Joe Biden y Donald Trump. (EFE)

Esta madrugada se celebra en Estados Unidos el debate televisado entre Donald Trump y Joe Biden, los dos candidatos a la presidencia del país en las elecciones del 3 de noviembre. Hace 60 años casi exactos, se celebró el primero de la historia retransmitido por la televisión. Fue entre John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon. El segundo llegó cansado al plató, se negó a maquillarse y durante la retransmisión se le vio no solo sudado sino perdido, recorriendo con la mirada un espacio que se le hacía extraño. Gracias en parte a ello, Kennedy ganó esas elecciones y cambió la historia. Al menos, por un tiempo.

Entre principios de 1961 y finales de 1963, los dos años escasos que duró su presidencia, miles de jóvenes estadounidenses, inspirados por él, sintieron que se avecinaba un tiempo de cambio sin precedentes. La posguerra mundial había terminado y dado pie a una asombrosa prosperidad que era palpable en el crecimiento de la clase media y en el confort que esta disfrutaba. Los negros del país se habían levantado y comenzó el ciclo de luchas por los derechos civiles que cosecharía varios triunfos a lo largo de la década. Estados Unidos había propiciado la reconstrucción de Europa y Japón, y ahora ejercía una enorme influencia sobre su política y su economía. Y la Guerra Fría había consolidado el papel de superpotencia del país, que sin embargo se veía obligado a asumir enormes sacrificios económicos y humanos para impedir que el bloque comunista avanzara. El optimismo y la confianza, pese a todo, eran desbordantes.

'Nuestro hombre'.
'Nuestro hombre'.

“Uno podía apoyar a los estudiantes negros de Birmingham, Alabama, y también la guerra en los arrozales [vietnamitas], y creer que de ambas maneras estabas siendo leal a Estados Unidos”, escribe el periodista estadounidense George Packer en su libro, publicado en español por la editorial Debate, 'Nuestro hombre'. Se trata de la biografía de Richard Holbrooke. Si el nombre no le suena, no es extraño. Fue un diplomático estadounidense, activo entre los años de Kennedy y la presidencia de Obama, que, a pesar de su ambición y su carácter implacable, nunca llegó a la primera fila ni a ocupar el cargo que más deseaba, el de secretario de Estado, equivalente al de ministro de Asuntos Exteriores.

Inició su carrera muy joven en Vietnam, dirigió la revista 'Foreign Affairs', estuvo a cargo de los asuntos de Asia Oriental y el Pacífico durante el Gobierno de Jimmy Carter, fue embajador en Alemania, tuvo un papel crucial en el fin de la guerra de la antigua Yugoslavia y durante sus últimos años trabajó en la pacificación de Afganistán a las órdenes de Hillary Clinton, que sí obtuvo el cargo que él tanto deseaba en la Secretaría de Estado. Pero no fue alguien conocido fuera de los pequeños círculos del poder demócrata.

Idealismo

Sin embargo, como cuenta Packer, Holbrooke encarnó como pocos una clase de idealismo progresista estadounidense nacido en los años sesenta que, a pesar de chocar una y otra vez con la realidad —ya durante sus años en Vietnam, donde fue muy consciente de la magnitud del desastre que suponía la estrategia estadounidense—, quiso seguir siendo optimista sobre las virtudes americanas, el internacionalismo liberal y un cierto imperialismo más o menos intenso. Algo así como lo que, de manera un tanto extemporánea, encarna Joe Biden, mientras que Trump es la némesis de esa visión de América. Holbrooke fue testigo, además, del principio del fin de la hegemonía estadounidense y de su cada vez mayor incapacidad para conseguir sus objetivos globales. En el plano personal, el libro es el retrato de una personalidad atrabiliaria, ambiciosa, caótica y arrogante que acabó cansando a todo el mundo y convirtiéndolo en alguien molesto pero tolerado por la élite de la política exterior en Washington. Por encima de eso, el libro es una crónica lenta y dolorosa de lo que Packer llama “el fin del siglo americano”: la era en que Estados Unidos dominó el mundo.

Holdbrooke quiso seguir siendo optimista sobre las virtudes americanas, el internacionalismo liberal y un cierto imperialismo

Packer es un gran cronista de las últimas décadas de Estados Unidos. Fue durante mucho tiempo periodista del semanario 'The New Yorker' y ahora lo es de 'The Atlantic', ambas insignes publicaciones del viejo progresismo demócrata estadounidense. En sus tres libros publicados en español, ha trazado un arco extraordinario de las postrimerías de este siglo americano. 'La puerta de los asesinos. Historia de la guerra de Irak' es una comprometida crónica no solo de la guerra lanzada por George W. Bush y su Gobierno después de los ataques del 11-S, sino también de la postura de Packer, que empezó apoyándola y acabó perplejo ante la magnitud del fracaso. 'El desmoronamiento. Una crónica íntima de la nueva América' es el retrato de un país cuyas infraestructuras están deterioradas por la falta de inversión, las fábricas vacías porque su actividad productiva se ha ido a China y las vidas de su gente destruidas por las fuerzas de la política y la historia. 'Nuestro hombre' es la última pieza. Tal vez no sea la más ambiciosa, pero es igualmente interesante, porque no se centra en un episodio esencial de la vida estadounidense, sino en un actor secundario que en realidad encarna mejor que nadie esa visión de las últimas décadas del país. Un periodo que, para un progresista desengañado como Packer, acaba de la peor manera imaginable: con Donald Trump como presidente.

Fue como si, con esa elección, la “experiencia acumulada” del país durante el medio siglo anterior, encarnada por alguien como Holbrooke, fuera rechazada. “Nosotros, los estadounidenses, no la queremos [la experiencia]. Hace casi que nos avergoncemos (...) Me asombra que superásemos tan bien nuestro medio siglo en la cima. Ahora eso ha terminado”.

Quizá sea un diagnóstico precipitado. El declive de Estados Unidos puede ser un hecho, y también que la forma en que está produciéndose sea particularmente dolorosa. El intento de superar ese declive ha sido el peor posible, el repliegue al nacionalismo. Pero eso no ha significado que Estados Unidos haya desaparecido del mundo, ni que haya renunciado a seguir siendo quien establece las reglas de juego globales. Esta madrugada, empieza de manera oficiosa la campaña electoral para las elecciones del 3 de noviembre. Si gana Biden, se mantendrá un tiempo más un determinado sueño americano. Si repite Trump, será otro fracaso de la visión de América encarnada por Holbrooke.

El erizo y el zorro
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