Por qué el pasado tiene un gran futuro

Mis recuerdos tienen mucho más valor que antes de la pandemia, porque vuelvo a ellos con mayor frecuencia

Foto: Encendido de la luces de Navidad de Vigo. (EFE)
Encendido de la luces de Navidad de Vigo. (EFE)
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El pasado hace cosas extrañas. Ahora, por ejemplo, la música del pasado es más valiosa que nunca. Pero no solo la música. Tradicionalmente, en tiempos del vinilo y el CD, los discos que acababan de salir eran la mayor fuente de ingresos de las discográficas y los músicos. Una vez tenían año y medio de antigüedad, sin embargo, pasaban a formar parte del 'catálogo' de esas discográficas y, si bien podían seguir vendiéndose, y a veces destacar de nuevo —aunque no volvían a las listas de éxitos, porque la industria prefería promocionar lo nuevo—, las ganancias que generaban eran muy inferiores.

Ahora es distinto, cuenta Will Page, economista jefe de Spotify, que estudia el comportamiento de la música. Desde 2017, la música que escuchamos en 'streaming' es, sobre todo, antigua. En 2019, en Reino Unido, del total de la música escuchada, solo el 20% se había publicado ese año. Un grupo como Imagine Dragons —el segundo grupo de rock más escuchado en Spotify, por detrás de Coldplay— puede lograr un éxito notable al sacar un disco. Cuando en 2012 apareció 'Night Visions', tuvo 1.500 millones de escuchas en 18 meses. Pero si, como en los viejos tiempos, su discográfica lo hubiera relegado al catálogo pasado ese tiempo, no habría logrado, durante los 18 meses siguientes, duplicar esa cifra.

Esta es la razón por la que se están pagando fortunas por el catálogo de canciones de gente como Bob Dylan o Taylor Swift: quienes los compran creen que en el futuro se seguirán escuchando tanto o más que ahora, y que serán una enorme fuente de ingresos. Se trata de una especulación sobre el "pasado del futuro", dice Page: en algún momento del mañana, las canciones actuales serán viejas, y lo que hoy es una novedad entonces probablemente será un motivo de nostalgia al que querremos volver y por el que, aunque no nos demos cuenta, pagaremos.

Recuerdos revalorizados

Pensando en el año que está a punto de terminar, en el que ha habido una cantidad de muertes casi sin precedentes en tiempos de paz, en el que hemos renunciado a muchas de nuestras costumbres y en el que la economía se ha desplomado, lo que dejará consecuencias duraderas, me he dado cuenta de que ahora mi pasado personal funciona casi como lo que cuenta Page sobre la música. Mis recuerdos tienen mucho más valor que antes de la pandemia, porque vuelvo a ellos con mayor frecuencia.

Ahora, mis viajes pasados me parecen una de las cosas por las que vale la pena vivir

Las comidas con amigos en restaurantes de confianza antes eran una rutina; ahora son tan infrecuentes que las recuerdo como si hubieran sido algo excepcional, mucho más valioso de lo que me parecía entonces. He vuelto a pensar en breves viajes a ciudades del norte de Italia o el sur de Francia. En su momento, fueron bienvenidos descansos del trabajo y oportunidades para pasear, comer y ver cosas distintas; ahora me parecen una de las cosas por las que vale la pena vivir e incluso reproduzco en casa recetas que descubrí en esos viajes. Los paseos de dos horas después de un día trabajando, que antes consideraba simplemente algo necesario para airearme y moverme un poco, ahora, cuando salgo con la mascarilla y las gafas empañadas, me parecen un recuerdo irreal. Sabemos que el presente será pasado. Sabemos que volveremos a él. Pero sin la pandemia, y la desconexión de los amigos y familiares que esta ha supuesto, nunca habríamos pensado que un presente tan poco atractivo nos iba a hacer regresar tanto a él.

No es solo eso. Es también la confirmación de que algo que se repite en los países ricos desde hace décadas tiene sentido: el consumo de las personas afortunadas se ha ido desplazando poco a poco de las cosas a las experiencias. Por supuesto, me interesan las cosas: en tiempos de pandemia, he acumulado un número absurdo de libretas en las que tomo notas, también una cantidad exagerada de comida en la cocina, y ahora tengo bastantes más calcetines que el día previo al confinamiento (no me pregunten por qué, pero me ha dado por los calcetines). Sin embargo, he reparado en que el dinero mejor empleado es el que se gasta en experiencias: quizá no pueda invertir en posesiones que me gustaría tener y no puedo permitirme, pero me he dado cuenta de la inmensa rentabilidad de las experiencias placenteras que luego se convierten en un repositorio inmenso de recuerdos, conocimientos y placeres. Déjenme decirlo de otra manera: los 1.000 euros gastados en un viaje a Sicilia hace cuatro años siguen dándome intereses. También me los darán en el futuro: el día que sea seguro viajar, lo que más deseo es irme a Sicilia.

El consumo de las personas afortunadas se ha ido desplazando de las cosas a las experiencias

De modo que sí vale la pena invertir en el 'pasado del futuro'. Pocas cosas resultan tan rentables. Por supuesto, esto no supone un rechazo a la novedad ni una invitación a vivir en la nostalgia. Más bien lo contrario. En este año en que todo ha sido tan difícil, incluso para quienes —de momento—hemos tenido suerte, he pensado mucho en el placer, sobre todo en esas cosas que siguen dándolo mucho tiempo después de que las descubriéramos o viviéramos.

A algunos les parecerá que esta exaltación del hedonismo es una frivolidad ante tanta muerte y ruina. Es probable. Pero también es posible que sea una vía de esperanza. Esta Navidad, muchos pensarán que esta esperanza se encuentra en otra parte: si Dios vuelve a nacer todos los años, tal vez eso signifique que nada está perdido para siempre. Quienes somos incapaces de verlo así pensaremos que, ante el vacío del futuro, lo mejor que podemos hacer es labrarnos un buen pasado. Puede incluso que estas navidades extrañas acaben siendo un recuerdo útil; como una canción antigua, no necesariamente feliz, que querremos volver a escuchar. Feliz Navidad.

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