Cuatro cosas que deberíamos haber aprendido durante este año de pandemia

De los intelectuales, a la cultura y el sectarismo. Siempre es asombroso descubrir una y otra vez lo conservadores que somos

Foto: Gente en un parque de la ciudad de Hanam, en Corea del Sur. (Reuters/Kim Hong-Ji)
Gente en un parque de la ciudad de Hanam, en Corea del Sur. (Reuters/Kim Hong-Ji)
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1. Antes, el peligro eran los intelectuales; ahora, la gente que sabe hacer gráficos

Durante siglos, las sociedades han acudido a los escritores en busca de interpretaciones fiables o imaginativas de lo que estaba sucediendo. Un escritor era alguien que, por definición, había leído mucho, cuyo trabajo consistía en comprender la psicología del ser humano y que era capaz de expresar sus opiniones de manera elocuente. Los escritores eran quienes contaban una campaña militar, cómo era vivir una pandemia o la forma en que una hambruna afectaba a una sociedad.

Por suerte, la sociedad recela de la capacidad de un novelista, un filósofo o un poeta para entender al instante fenómenos técnicamente complejos

Pero el periodismo y la industria editorial convirtieron a los escritores en opinadores sobre todo (aquí me tienen ustedes). Ahora, por suerte, la sociedad recela de la capacidad de un novelista, un filósofo o un poeta para entender al instante fenómenos técnicamente complejos. Y así debe ser. Por eso, durante estos meses, hemos recurrido a los técnicos: virólogos, epidemiólogos, médicos, matemáticos y estadísticos. Hemos leído infinitas entrevistas con ellos, y los periodistas no solo nos han contado historias, sino que han elaborado un gráfico tras otro para explicar toda clase de nociones. De hecho, estos son enormemente útiles. Pero poco a poco, quienes no sabemos de ciencia nos hemos dado cuenta de que podemos ser tan acríticos con los periodistas con conocimientos técnicos —que, por lo demás, tienen ideología y sesgos— como lo éramos con los intelectuales por el mero hecho de que escribían bien. Algo hemos adelantado respecto a los poetas tertulianos. Pero hay que seguir siendo escéptico.

2. Los grandes acontecimientos sirven para afianzar las ideas propias

No hay que ensañarse con quienes creían que la pandemia iba a cambiarnos, a hacernos mejores personas, o nos llevaría a reflexionar con mayor seriedad sobre el funcionamiento de las relaciones humanas, nuestro vínculo con la naturaleza o el funcionamiento de la ciencia. Pero, en buena medida, lo que ha hecho ha sido agudizar el tribalismo de las distintas facciones ideológicas que hay en la sociedad, hacer más irrespirable una discusión pública marcada por la polarización y el sectarismo y ratificar nuestras ideas previas. Como sintetizaba el otro día mi colega Nacho Alarcón, si creías que el ecologismo es el futuro, la pandemia te ha demostrado que, en efecto, la transición verde es el camino a seguir; si pensabas que todos los males de las sociedades están provocados por el neoliberalismo, probablemente estarás convencido de que este ha tenido algo que ver con la propagación del virus, y si ya antes sentías una enorme antipatía ideológica por el régimen chino, seguro que ahora crees que ha sido el gran responsable de la diseminación del covid-19 en todo el mundo.

El covid ha hecho más irrespirable una discusión pública marcada por la polarización y el sectarismo

Quizás era previsible que fuera así, pero sin duda ha resultado un tanto decepcionante. ¡No aprovechamos la crisis financiera para reformar el capitalismo y no hemos aprovechado esta crisis sanitaria para reformarnos como sociedad! Siempre es asombroso descubrir una y otra vez lo conservadores que somos.

3. La cultura es una forma de entretenimiento

Quienes nos dedicamos a algún aspecto de la cultura, tendemos a ser muy pesados con nuestra profesión. Los actores y directores de cine suelen dar una importancia y una trascendencia exageradas a su actividad; los de teatro, además, añaden que la magia de la escena es inigualable; los filósofos piensan que sin su disciplina es sencillamente imposible entender nada. De quienes escribimos libros, qué les voy a contar: creemos que estos son la esencia no ya de la cultura, sino del mundo; que es una labor que debe protegerse singularmente porque permite desvelar los secretos de la existencia o, en el caso de quienes hablamos de historia o asuntos reales, una de las pocas herramientas que permiten acceder a la verdad.

La cultura es una manera de no estar solos, de tener la mente ocupada, de conocer historias que, en realidad, luego tampoco recordaremos

Pero el confinamiento nos ha recordado algo importante: la cultura es, en buena medida, o sobre todo, entretenimiento. No estoy quitando relevancia a las lecciones que podemos aprender de una película, una novela o una canción, o al conocimiento que nos aportan estas y otras creaciones culturales. Pero para la mayoría de nosotros, durante la mayor parte del tiempo, la cultura es una manera de no estar solos, de tener la mente ocupada, de conocer historias que, en realidad, luego tampoco recordaremos ni nos marcarán tanto, pero que nos ayudan a pasar el tiempo de manera agradable. Si un libro o una serie ha acompañado a alguien durante esta pandemia, y ha resultado útil como pasatiempo, me parece que ya ha conseguido un logro extraordinario. El entretenimiento tiene sentido en sí mismo.

4. Hay cosas buenas que son incompatibles

Durante la pandemia, hemos oído decir que era un error plantear algunas medidas políticas como un dilema entre la preservación de la actividad económica y la preservación de la salud de los ciudadanos. ¡Es lo mismo!, decían algunos analistas. ¡No puedes tener la una sin la otra!

Sin embargo, esta forma de pensar, según la cual los problemas graves no son dicotomías, es atractiva pero ilusoria. Todas las cosas buenas pueden suceder al mismo tiempo, dice su razonamiento subyacente, normalmente esgrimido por progresistas; si de verdad luchamos por el bien, este se producirá en todos, o casi todos, los ámbitos al mismo tiempo. Puede que eso sea cierto en algunos aspectos de la vida. O que lo sea si pensamos a largo plazo: es verdad que si en tres años todos estamos muertos, no habrá economía que preservar.

Nos encantaría tener una economía vibrante y reducir al mínimo la actividad susceptible de producir contagios. Pero no es posible

Pero, en general, y a medio plazo —porque, créanme, nadie piensa realmente a largo plazo—, eso es mentira. Una de las realidades más molestas de la vida es que hay muchas cosas buenas que son incompatibles entre sí: nos encantaría tener una economía vibrante y reducir al mínimo la actividad susceptible de producir contagios. Pero no es posible tener ambas al mismo tiempo. En la vida, en general, se trata de buscar equilibrios precarios, inestables y cambiantes entre dos bienes incompatibles. Es complicado y difícil de vender políticamente, pero es lo que hacemos: nos gustan la libertad y la igualdad, pero sabemos que si fuéramos totalmente libres, viviríamos en la anarquía y solo en una dictadura podríamos ser totalmente iguales. De modo que buscamos arreglos un poco más inclinados hacia una opción u otra. No crea a quien le diga que una sociedad puede ser completamente libre e igual. Lo mismo pasa con todas las grandes dicotomías. La pandemia nos ha puesto frente a muchas de ellas. Y hay que ser lo suficientemente adulto para entenderlo, asumir los costes y transmitírselos a los demás. Es más difícil aún si eres político, porque crees que si lo haces no te volverán a votar. Tal vez sea así.

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