El mundo en vilo: ¿viviremos tras la pandemia unos nuevos locos años veinte?
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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El mundo en vilo: ¿viviremos tras la pandemia unos nuevos locos años veinte?

El historiador Daniel Schönpflug publica un libro breve y muy entretenido sobre los últimos días de la I Guerra Mundial y los primeros de la posguerra

placeholder Foto: 'Orgie' (1940), de George Grosz.
'Orgie' (1940), de George Grosz.

Año 1919. La guerra ha terminado. El pintor alemán George Grosz celebra el final del viejo régimen del Káiser y la posible revolución socialista cumpliendo sus fantasías sexuales: organiza una orgía con 60 botellas de vino que Erwin Blumenfeld, otro artista, le ha robado a su padre. El estudio de Grosz se llena de jóvenes desnudas que han acudido allí creyendo que van a iniciar su carrera como actrices. “Todo el mundo se emborrachó, las botellas vacías salían volando, rompían alguna ventana y caían a la calle”, escribirá luego Blumenfeld. “Cristales rotos, gritos, ruido. Grosz se agarró una buena gonorrea con Mascha Beethoven en la ‘chaise longue’ mientras todos jaleaban rítmicamente”.

Pero no fueron los únicos en celebrar el fin de una guerra que parecía que no iba a terminar nunca. Harry Truman, que todavía no tenía ni idea de cuál sería su destino, vuelve a Estados Unidos tras luchar en Europa y desea únicamente reencontrarse con su novia de la infancia. “Una y otra vez había soñado con el momento en que llevaría a Bess al altar, para despertarse cada vez y encontrarse tirado en un charco en algún lugar cerca de Verdún”. Pero ahora, si ella se cura de una molesta gripe que está padeciendo mucha gente, será posible. Y Harry montará en Kansas City una tienda de ropa masculina: algo tendrán que ponerse los soldados que, como él, regresan de Europa, y les ofrecerá camisas, calcetines, corbatas, cinturones, ropa interior y sombreros de buen gusto.

Foto: Miembros del movimiento ultraderechista CasaPound se manifiestan en el centro de Roma, en junio de 2017. (EFE)

El compositor Arnold Schönberg compone frenéticamente en un piso de Viena que alquila con un dinero que no es suyo, porque él no tiene nada. El final de la guerra le ha hecho descubrir a Dios: frente a las grandes ideologías vacías de la época, piensa, solo la religión puede traer la renovación. Bajo esa iluminación, y mientras escribe el oratorio 'La escalera de Jacob', da “los primeros pasos vacilantes hacia una forma absolutamente nueva y matemáticamente abstracta de entender la música: el dodecafonismo”.

Estas y muchas otras historias de esperanza y redención sucedidas tras la infernal Primera Guerra Mundial las cuenta el historiador Daniel Schönpflug en 'El mundo en vilo. La ilusión tras la Gran Guerra' (Turner), un libro breve y muy entretenido sobre los últimos días de guerra y los primeros de posguerra. El armisticio provocó cambios sociales y políticos que llevaban tiempo larvados. El Imperio alemán se desmoronó y el príncipe heredero, Guillermo, que había impulsado con su ejército la expansión territorial del Reich, tuvo que exiliarse humillado a una isla holandesa. Los combatientes estadounidenses negros, que por primera vez iban a la guerra con los soldados blancos, tuvieron que seguir haciendo frente al racismo aunque parecía que se abría un resquicio hacia la igualdad. En Austria, Alemania y Rusia, la revolución socialista parecía inminente y se agudizó el choque entre los socialdemócratas y los comunistas; estos últimos, como se sabe, solo lograron su propósito en Rusia, donde muchos asistieron estupefactos a la desaparición del zar y toda la mística que le rodeaba.

placeholder 'El mundo en vilo'. (Turner)
'El mundo en vilo'. (Turner)

El arte buscó maneras de explicar el nuevo mundo y los artistas —en particular los alemanes, de los que se ocupa principalmente 'El mundo en vilo'— oscilaron entre la revolución política y la revolución formal, pero también supieron ver que bajo la alegría por la paz recién llegada había “pérdida, muerte, duelo y hambre”, como hizo Käthe Kollwitz, una artista berlinesa que se negó a sumarse a las manifestaciones políticas y consideraba que la paz no era alegre. “Una oleada de vicio, pornografía y prostitución recorría el país entero —escribe Gross—. Todos decían [que] por fin ha llegado el momento de divertirse un poco”. Pero, en realidad, los tiempos son “agotadores y nada divertidos”. Por debajo de “la espuma multicolor de la vida nocturna y el arte” no hay más que “hambre, destrucción y violencia”.

¿Repetiremos?

Resulta casi inevitable leer 'El mundo en vilo' pensando en las circunstancias actuales. Por espantosa que haya sido la pandemia de covid-19, no es comparable a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, en este arranque de los años veinte, tiene sentido preguntarse si repetiremos la misma década del siglo pasado, marcada por el desenfreno, la innovación y la desmesura tras unos años de espanto. “El gran avance en el desarrollo de varias vacunas efectivas ofrece la promesa de que podemos acabar con la pandemia del coronavirus en 2021. Si esto sucede (...), no es disparatado pensar que al equivalente económico de un tsunami de cien años puede seguirle un 'boom' de los que solo tienen lugar una vez cada siglo”, decía el 'Financial Times' del pasado fin de semana.

¿Tendrá el arte la capacidad de entender ese entusiasmo tras meses de encierro?

Pero no solo se trata de la economía. ¿Tendrá el arte la capacidad de entender y explorar ese entusiasmo tras meses de encierro, y de hacerlo de manera genuinamente provocadora, como hicieron los vanguardistas de hace un siglo? Los años veinte del siglo XX supusieron, además, la asimilación de nuevas tecnologías: por un lado, las devastadoras máquinas de guerra que se utilizaron por primera vez en la Gran Guerra, pero también el auge de la radio y el cine. Muchos escritores no tardarían en denunciar la mecanización del mundo y la anestesia consumista tras la penuria; ¿logrará alguien escribir el 'Manhattan Transfer' (de John Dos Passos) de nuestro tiempo? Por no hablar de la política: ¿habrá tentaciones ahora, como las hubo entonces, de aprovechar el caos para hacer la revolución? Si las hay, ¿serán de extrema izquierda, como al principio de la década, o de extrema derecha, como sucedió al final de los rugientes años veinte del siglo pasado?

Con una sucesión de historias individuales entrelazadas con mucha habilidad, Daniel Schönpflug acaba dibujando el paisaje general de unos años de ilusión muy peligrosos. Al final, dice, la estabilidad llegaría alrededor de 1923, cuando tanto la política como la economía se aposentaron. Pero fue un espejismo: siguieron más excesos, celebraciones y críticas al nuevo mundo. El libro vale la pena por sí mismo. Leído en estos tiempos, permite pensar en cómo los humanos respondemos a los periodos de angustia y desconcierto.

Año 1919. La guerra ha terminado. El pintor alemán George Grosz celebra el final del viejo régimen del Káiser y la posible revolución socialista cumpliendo sus fantasías sexuales: organiza una orgía con 60 botellas de vino que Erwin Blumenfeld, otro artista, le ha robado a su padre. El estudio de Grosz se llena de jóvenes desnudas que han acudido allí creyendo que van a iniciar su carrera como actrices. “Todo el mundo se emborrachó, las botellas vacías salían volando, rompían alguna ventana y caían a la calle”, escribirá luego Blumenfeld. “Cristales rotos, gritos, ruido. Grosz se agarró una buena gonorrea con Mascha Beethoven en la ‘chaise longue’ mientras todos jaleaban rítmicamente”.

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