Emmanuel Carrère lucha contra su ego en 'Yoga'... y pierde
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Emmanuel Carrère lucha contra su ego en 'Yoga'... y pierde

Quizá para levantarse de la cama por las mañanas sea necesaria cierta confianza en uno mismo, pero si lo único que te obsesiona todo el día eres tú mismo, tal vez seas un maniaco

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Emmanuel Carrère (EFE)

Hay algo casi físicamente doloroso en ver que un amigo toma una mala decisión. Y más si esta se veía venir, por razones que eran evidentes para todo el mundo menos para el interesado. Emmanuel Carrère no es amigo mío. Pero, al leer su nuevo libro, 'Yoga', la sensación ha sido la misma: qué mala decisión ha sido escribirlo. La causa, probablemente, sea un ego desmesurado.

Carrère no es amigo mío, pero todos sabemos de él más cosas que de algunos de nuestros amigos. En sus libros —brillantes, originales, de una honestidad incómoda— ha contado sus fracasos amorosos, sus fantasías eróticas, su búsqueda de la fe cristiana, su admiración por un fascista ruso, su recelo hacia la clase social de intelectuales burgueses a la que pertenece, sus posiciones ideológicas y sus precarios intentos de calmar la ansiedad vital.

En un principio, 'Yoga' es coherente con esta mezcla de confesionalismo y virtuosismo narrativo. Ha vivido una década psicológicamente estable, cuenta Carrère en el libro. Ha tenido éxito profesional y un matrimonio sólido y feliz. “La salud mental —dice parafraseando a Freud— consiste en ser capaz de amar y trabajar, y desde hacía casi diez años yo era, para mi gran sorpresa, capaz de hacerlo”. Pero quizá algo esté empezando a cambiar. “Tengo un talento excepcional para convertir en un infierno una vida que lo posee todo para ser dichosa”, dice Carrère. Y cuenta que aunque lleva años practicando la meditación y el yoga de manera poco sistemática —también cuenta que lleva veinte años psicoanalizándose—, cree que ahora debe profundizar más en esa práctica. Así que hace la maleta y se va a un refugio donde pasará días meditando en un ambiente monacal junto a decenas de personas, sin la posibilidad siquiera de llevar consigo el móvil o algunos libros.

placeholder 'Yoga' (Anagrama)
'Yoga' (Anagrama)

El yoga, el taichí, las artes marciales, son formas de intentar “erosionar el ego, la avidez, el espíritu de conquista y de competición”, dice Carrère. Pero esta vez no lo consigue. Y el libro se convierte en un fallido ejercicio de egolatría. Porque, al final, las historias que narra —cuando se da cuenta de que no hay mucho más que escribir sobre ese retiro de meditación— solo tienen en común que le pasaron a Carrère. La rememoración de la vez que se acostó con una mujer desconocida. Un periodista del “New York Times” que fue a París y dijo de él que tiene “un aspecto físico desconcertante porque si se mira su cuerpo aparenta la mitad de su edad, pero si se le mira a la cara aparenta el doble”. Un reportaje que escribió tiempo atrás y que ahora le viene a la memoria. La impresión que le causan sus propios libros al releerlos. La manera en que un amigo le ridiculiza por escribir en el ordenador con solo dos dedos y cómo luego Carrère se pasa unas vacaciones intentando aprender un método para utilizar los diez.

El libro se convierte en un fallido ejercicio de egolatría

Incluso la narración de cómo irrumpe el terrorismo islámico en su vida, con el atentado en la redacción de la revista satírica ‘Charlie Hebdo’, donde trabajaban amigos suyos, o de la crisis de los refugiados en Calais, sobre la que hizo un reportaje, tienen algo de ensimismado. Algunos han comparado este libro de Carrère con los de Montaigne, quien a fin de cuentas reconoció que, escribiera sobre lo que escribiese, siempre lo hacía sobre sí mismo. También se lo ha comparado con Proust, por su tendencia a las digresiones, a irse por las ramas y entrelazar temas aparentemente dispersos. No hagan caso: 'Yoga' narra el combate de Carrère contra su ego. Y gana el ego.

La paradoja

Lo cual muestra una paradoja que es el motor de la obra de Carrère, pero seguramente también de nuestras vidas: lo difícil que es calcular la cantidad de ego necesaria para hacer lo que ambicionas. Carrère no habría escrito sus libros sin un ego sólido, pero su exceso le ha llevado a hacer uno bastante malo (a veces los escritores escriben libros o artículos malos porque necesitan el dinero; no lo descartemos, pero no parece ser el caso). Nadie aspiraría a presidir un país, fundar una empresa u obtener una cátedra si no tuviera un ego considerable que le diera la suficiente seguridad, pero un exceso de ego te puede convertir en un político, un empresario o un académico pésimo y nocivo. Quizá para levantarse de la cama todas las mañanas sea necesaria una cierta confianza en uno mismo, pero si lo único que te obsesiona y preocupa durante todo el día eres tú mismo, quizá seas un maniaco. Incluso, si te despistas, una persona un poco ridícula.

Si lo único que te obsesiona todo el día eres tú mismo, quizá seas un maniaco

Mediado el libro, Carrère cuenta que le ingresan en un hospital con un “episodio depresivo caracterizado con elementos melancólicos e ideas suicidas en el marco de un trastorno bipolar de tipo 2”. Estará ahí cuatro meses y su relación de pareja se desbaratará. Carrère es tan buen narrador que sientes una enorme empatía con él, a pesar de que ya llevas unas cuantas páginas entre aburrido y exasperado. Precisamente por eso, este libro tiene su utilidad: para ver cómo el ego te traiciona, cómo el exceso de confianza en tu propia destreza te hace pensar que, hagas lo que hagas, te saldrá bien. Para ver que en la vida no hay nada más útil que un poco de ego pero nada más peligroso que un exceso de él.

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