Ya no quedan intelectuales... y tal vez sea una buena noticia
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Ya no quedan intelectuales... y tal vez sea una buena noticia

No es culpa suya; tampoco es por falta de talento o dedicación, pero la figura del pensador cosmopolita ha quedado obsoleta

placeholder Foto: Retrato de Zola (Édouard Manet, 1868)
Retrato de Zola (Édouard Manet, 1868)

Muchos miembros de mi generación hacen cosas propias de intelectuales: escriben novelas, ensayos y columnas, participan en el debate político de manera combativa, firman manifiestos, forman parte de grupos que defienden causas concretas, se suman a movilizaciones y pretenden influir en los poderosos. Ese es el trabajo tradicional de los intelectuales. Pero en mi generación ya no quedan intelectuales.

No es culpa suya; tampoco es por falta de talento o dedicación. Pero la figura del intelectual tal como la conocimos ha quedado obsoleta. Duró algo más de un siglo y su esplendor fue extraordinario. Durante décadas, los intelectuales fueron estrellas que se ganaban bien la vida defendiendo su postura ideológica, y cuya influencia en las opiniones de los ciudadanos era enorme. Los políticos les temían: muchos eran dóciles y acataban las directrices del partido —sobre todo los comunistas, aunque no solo—, pero podían hacerles pasar un mal rato si se sentían capaces de llevarles la contraria. Los intelectuales importaban.

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El primero fue, probablemente, Émile Zola. La historia es conocida: el capitán del ejército francés Alfred Dreyfus, que era judío, fue condenado por traición acusado de pasar secretos militares franceses a Alemania. La sociedad se dividió entre quienes creían que había sido víctima del antisemitismo y quienes pensaban que era culpable y que su caso era la enésima demostración de que los judíos nunca eran fieles a la patria. En mitad de graves enfrentamientos entre el ejército, los jueces, el Gobierno y la prensa, Zola, que se encontraba en lo más alto de su fama literaria y era el escritor más importante de la nación, escribió un célebre y larguísimo artículo titulado “J’accuse”, en el que explicaba y denunciaba la conspiración contra Dreyfus. Zola consiguió lo que se proponía: que se reabriera el juicio y que él también fuera acusado, para así poder explicar ante un tribunal sus puntos de vista. Fue condenado, pero el proceso no hizo más que dar publicidad a sus opiniones y, en parte, fue el motivo por el que cayó el Gobierno francés. Los adversarios de Zola llamaban desdeñosamente a los partidarios de Dreyfus “intelectuales”. Como tantas veces, el insulto se convirtió en un honor para los insultados y el término pasó al lenguaje habitual.

Después de Zola hubo muchos intelectuales que aprovecharon su prestigio en distintos campos de la cultura —en general los vinculados a la letra escrita y, sobre todo, a los periódicos y las revistas— para defender sus causas. Unamuno, Ortega y Gasset, Bertrand Russell, Hannah Arendt, Jean-Paul Sartre, Susan Sontag, Noam Chomsky, Edward Said, Manuel Vázquez Montalbán, José Saramago y tantos otros se convirtieron en lo que a mediados del siglo XX se llamaron “intelectuales comprometidos”, escritores que se sentían investidos de la capacidad de guiar la política y la cultura gracias a su prestigio en disciplinas humanísticas y a un notable apoyo popular. La mayoría creía que su trabajo consistía en “decirle la verdad al poder”: enfrentarse a los poderosos como nadie más podía hacerlo. Pero, en realidad, con frecuencia se limitaron a sentir fascinación por él y aspirar a que este les acogiera con benevolencia, mediante reconocimientos, pompa y cargos. Era el caso de los comunistas, aunque no fueros los únicos.

placeholder José Ortega y Gasset.
José Ortega y Gasset.

En parte debido a su fascinación por las dictaduras y el poder en general, la figura del intelectual ha perdido importancia en las últimas décadas. Seguramente, la última generación que contó con intelectuales relevantes, con una enorme capacidad de influencia, fue la de los sesentayochistas —en España, la generación de Fernando Savater, Javier Marías y, algo más jóvenes, Almudena Grandes y Javier Cercas—. Pero después de ellos, la figura del intelectual se ha vuelto irrelevante. No, como decía, porque falte gente que se dedique a esas mismas tareas, o porque lo haga sin talento, sino porque la sociedad en general ha dejado de hacerles caso. Y un intelectual sin capacidad de influencia no es tal. Es, solamente, un escritor. Con buen criterio, ya pocos jóvenes parece creer que un buen autor de ficción esté más dotado para entender la política, la economía o la sociedad que cualquier otro profesional formado.

Los nuevos intelectuales

Hoy, la pugna por la influencia ha dejado a un lado del escenario a los practicantes de tareas humanistas que en el pasado daban prestigio, como la poesía, la novela o la filosofía. Hoy, son mucho más influyentes en las actitudes sociales y las ideas políticas quienes se dedican a la tecnología o la economía, los psicólogos populares y los autores que han asumido la retórica de las TEDTalks y la autoayuda en el campo de los negocios y el crecimiento personal. También quienes han entendido bien el poder de Twitter o YouTube para transmitir una mezcla de indignación y propaganda ideológica. O, por supuesto, los tertulianos, que son los mayores conformadores de opinión política y cuyo dominio del arte de discutir no está relacionado con las disciplinas asociadas al saber tradicional. Los columnistas, probablemente, ocupen un limbo intermedio como proveedores de ideas para las clases cultivadas. En todo caso, los políticos ya no quieren rodearse de intelectuales que les legitimen, sino de expertos en comunicación que les aseguren que la sociedad recibe la imagen que tienen de sí mismos.

Para quienes nos hemos educado en la importancia de las ideas, sin duda es una pérdida, pero en realidad no lo es tanto

Para quienes nos hemos educado con la convicción de que las ideas se conformaban en la intersección de la política y la cultura, se trata sin duda de una pérdida. Pero en realidad no lo es tanto: la capacidad de arrastre que durante muchos años tuvieron los intelectuales alimentó su narcisismo, la manera caprichosa en que jugaban a la política y reducían a impulsos morales asuntos muy complejos de nuestras sociedades. No está claro que un ecosistema en el que la influencia la ejercen los economistas, las estrellas de Twitter, los periodistas de partido y los coaches emocionales vaya a ser mucho mejor. De hecho, tiene pinta de que no. Pero, aunque a veces les dé nostalgia, créanme: tal vez no sea peor.

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