Cómo ser un 'raro ideológico', no coincidir con nadie e influir en todos
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Cómo ser un 'raro ideológico', no coincidir con nadie e influir en todos

¿Está harto de los corsés ideológicos, el tribalismo y la inquebrantable separación ideológica entre izquierda y derecha? Le presento a Andrew Sullivan

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El periodista Andrew Sullivan durante una charla en 2014. (Getty)

¿Está harto de los corsés ideológicos, el tribalismo y la inquebrantable separación ideológica entre izquierda y derecha? ¿Le cansa lo parecidos que son casi todos los que se identifican con un partido u otro? ¿Le exaspera la manera en que algunos utilizan la religión o el ateísmo como arma para juzgar moralmente a los demás? Le presento a Andrew Sullivan.

Es un chaval nacido a principios de los años 60. Es inglés, pero pertenece a la minoría católica. Sus padres no han ido a la universidad, pero él no solo consigue ir a una escuela para niños con especial talento, sino, más tarde, a Oxford. Ahí, a pesar de sus orígenes más humildes, se codea con la élite británica destinada a dirigir el país. También él aspira a hacerlo: quiere ser diputado por el partido conservador. Porque es conservador y —son los años 80— un firme partidario de la primera ministra, Margaret Thatcher.

Sin embargo, hay un problema: es gay. Lo admite a los 23 años. Para alguien que ha sido monaguillo, que en clase de dibujo se negaba a dibujar nada que no fuera de carácter bíblico, es un reconocimiento duro. Y puede entorpecer su carrera. Pero decide hacerlo público. “Cada día, tienes que decir quién eres, o vivir con miedo”, explicaría mucho tiempo después. “Pensé: ‘Si hago esto nunca llegaré a ser diputado conservador’. Y me dije: ‘A la mierda’. Sabía que deseaba aún más ser feliz, conocer el amor y disfrutar del sexo”. Y eso hizo Sullivan, que con el tiempo se convirtió en periodista, y no en uno cualquiera.

Foto: Imagen: Laura Martín. Opinión

Sin duda, Sullivan ha vivido sin miedo, aunque su vida siguió complicándose, tanto en lo personal como en lo profesional, después de mudarse a Estados Unidos. Y siguió acumulando paradojas y aparentes contradicciones. Empezó a escribir, desde su perspectiva conservadora, en una revista progresista, 'The New Republic'. Poco después, con 28 años, se convirtió en su director y no tardó en armar un escándalo monumental al publicar el trabajo de un psicólogo que afirmaba que, según todas las evidencias científicas, en parte los negros tenían un coeficiente intelectual inferior al de los blancos por razones genéticas. Fue despedido de manera ruidosa. Siguió escribiendo sobre su homosexualidad —incluso sobre su pertenencia a la subcultura gay de los “osos”— y explicó que se había contagiado de VIH. Pero no sabía en qué relación porque, dijo, se había acostado con “demasiados” hombres. Apoyó a George Bush y la oleada neoconservadora. Tras el 11-S, se convirtió en un firme defensor de la guerra de Irak. A esas alturas, ya era un personaje desconcertante.

A favor y en contra

“He apoyado con pasión el matrimonio igualitario, la legalización de las drogas, la guerra del Golfo, la guerra de Irak, la ampliación del estado del bienestar, la candidatura y la presidencia de Barack Obama y una noción muy amplia de la libertad de expresión. Entre las causas a las que me he opuesto furiosamente están: la práctica de la tortura por parte de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo, la guerra de Irak, el fundamentalismo religioso en la política, los partidos republicano y demócrata, la inmigración masiva, los déficits presupuestarios, el tribalismo, la teoría crítica y Trump”.

Se peleó con todo el mundo, ha cambiado de opinión y ha revolucionado el periodismo

Eso cuenta en su último libro, por ahora publicado solo en inglés: 'Out On a Limb', algo así como 'Jugársela', que es lo que ha hecho durante toda su carrera y queda demostrado en los artículos de los últimos 30 años que recopila en él, en los que se ha peleado con todo el mundo, ha cambiado de opinión y ha revolucionado el periodismo estadounidense. Primero, por su extraña mezcla de ideas de un lado y otro del espectro político, por su capacidad para defender a veces a la derecha y a veces a la izquierda; para votar, como dice, una vez a Reagan y otra vez a Biden, aunque él siempre se ha considerado un conservador. En definitiva: para salirse de los aburridos, paralizantes y caducos corsés de lo que consideramos la izquierda y la derecha. Pero también por su temprana adopción de las nuevas tecnologías —fue uno de los primeros blogueros famosos de Estados Unidos— y la manera en que su escritura se adelantó a cómo discutimos ahora en las redes sociales.

placeholder 'Out On a Limb'.
'Out On a Limb'.

Ross Douthat, columnista conservador de 'The New York Times', le ha llamado “el escritor político más influyente de su generación”. Ta-Neishi Coates, un escritor muy progresista, ha dicho de él que “nunca ha sido un profeta, sino un alegre hereje”. Puede que haya algo de exageración en todo ello. Pero sí es muy probable que Sullivan haya sido el intelectual anglosajón más honesto de las últimas décadas: el que no ha tenido problemas en parecer contradictorio o en rebelarse contra sus viejas creencias, o los amigos con los que las compartía. En una entrevista reciente con el economista Tyler Cowen —que le considera “el intelectual más influyente de los últimos 20 años”—, Sullivan explicaba algo que quienes escribimos sabemos de sobra, pero nos cuesta reconocer: “En los últimos años, me ha sorprendido el grado en que muchos periodistas o intelectuales se identifican con su propia clase. Les preocupa en extremo, quizá más que nunca, lo que sus colegas piensan de ellos, lo cual les hace muy vulnerables a la presión social. Creo que eso significa que, si quieres tener una buena carrera en el periodismo intelectual, es mejor no correr riesgos. No quieres que tus colegas se enfaden”. Eso contribuye a que la conversación pública y el periodismo sean tan sectarios: nuestro miedo constante a no ofender a los aliados, a los amigos y a quienes tal vez en el futuro puedan ascendernos o contratarnos.

Sullivan es el recordatorio de que aún es posible ser un raro ideológico, alguien que no encaja en ninguna definición y, al mismo tiempo, influye en todos los bandos y tiene una carrera exitosa. Naturalmente, eso es fruto de su talento. Pero también quizá, solo quizá, de que sigue habiendo espacios de disenso cordial, y de excentricidad política y personal, que se abren en cuanto alguien —y Sullivan es un gran ejemplo— está dispuesto a abrirlos.

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