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El dilema de la Nochebuena ómicron
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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El dilema de la Nochebuena ómicron

Este año, con la súbita amenaza del virus, la discordancia entre lo que la Navidad puede significar a corto y a largo plazo es aún más acuciante

Foto: Luces de Navidad en la Puerta del Sol de Madrid. (EFE)
Luces de Navidad en la Puerta del Sol de Madrid. (EFE)
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Por primera vez en más de una década, esta Navidad mi mujer y yo vamos a hacernos regalos. Siempre nos hemos dicho que no tenía sentido comprarnos algo especial cuando, durante el año, sin motivo, intentamos sorprendernos con cosas pequeñas. En realidad, además, no nos hace falta nada. Es probable, en todo caso, que se trate tan solo de una excusa que hemos ido repitiendo para no tener que pensar qué regalarnos en Navidad. Pero la semana pasada me dijo: “Te he comprado algo. No lo necesitas. En realidad, es absurdo. Pero si te lo doy igual sientes que es un regalo y te molesta no tener nada para mí”. Estaba, pues, obligado a comprar algo por primera vez en mucho tiempo. E hice lo que hago normalmente: ponerme a leer para ver cómo se hace.

Gracias al economista Tim Harford, llegué a un artículo académico que me fascinó. Se titula "Por qué nos gusta dar algunos regalos, pero no tanto recibirlos: un marco para entender los errores a la hora de hacer regalos" y se publicó hace unos años en la revista 'Current Directions in Psychological Science'. Su tesis principal es que quien hace un regalo piensa sobre todo en el momento de darlo, en el corto plazo, y lo escoge en función de la alegría o la sorpresa que cree sentirá el receptor al abrirlo. Este, sin embargo, no valora un regalo tanto por su entusiasmo al recibirlo, sino por el uso que le dará posteriormente, a largo plazo. Esa discordancia, dicen los autores del estudio, es la que hace que los regalos rara vez nos satisfagan o que los olvidemos enseguida.

Hay una discordancia entre lo que esperamos de la Navidad y lo que puede ofrecernos

Lo mismo podría decirse, en realidad, de casi todo lo que rodea a la Navidad. Existe una discordancia entre lo que nosotros esperamos y lo que ella puede ofrecernos. Uno de los villancicos más bonitos, 'Have Yourself a Merry Little Christmas', que hicieron famoso Judy Garland y Frank Sinatra, y que más tarde también grabó Bob Dylan, asegura que a partir de Navidad estaremos siempre con la gente a la que queremos y que, con el tiempo, los problemas habrán quedado muy lejos. Sabemos que no es cierto: las preocupaciones suelen estar a la vuelta de la esquina. Pero quizá reunirnos con aquellos a los que queremos sea una gratificación suficiente a corto plazo: al menos, nos recuerda que seguimos vivos un año más y que el jamón de la Nochebuena es igual de bueno o malo que siempre.

Muchas incertidumbres ante la cena de Nochebuena

La amenaza

Este año, sin embargo, con la súbita amenaza de la variante ómicron, la discordancia entre lo que la Navidad puede significar a corto y a largo plazo es aún más acuciante. Aunque el índice de infectados crezca de manera descontrolada, es de esperar que los ingresos, las entradas en la UCI y las muertes sigan siendo relativamente bajos en comparación con las oleadas anteriores. Pero la disyuntiva es evidente: ¿debemos reunirnos igual, ser ligeramente imprudentes y tener una razonable satisfacción a corto plazo? ¿O es mejor repetir el difícil ejercicio de 2020 y sacrificar el presente, no reunirse con nadie, para propiciar un futuro más seguro?

¿Es mejor repetir el difícil ejercicio de 2020 y sacrificar el presente, no reunirse con nadie, para propiciar un futuro más seguro?

Obviamente, las disonancias entre lo que nos beneficia a corto y a largo plazo no solo se producen en estos días. En realidad, se podría pensar en la vida como en un dilema constante: ¿gratificación inmediata o una prudente apuesta por el futuro?. No solo ocurre con los vicios, también en las relaciones, la inversión del dinero o hasta el aprendizaje y el deporte. Pero la pandemia, de nuevo, ha planteado esta disyuntiva de una manera cruda y dramática. Y como confesión de fin de año, debo decir que no he sacado ninguna conclusión. O, mejor dicho, que las que he sacado son contradictorias y he ido cambiando de opinión y debatido conmigo mismo y la gente que me rodea.

17 navidades distintas: mascarillas, pasaportes, grupos máximos...

Tiendo a cambiar de parecer con frecuencia —es algo de lo que estoy incluso orgulloso—, pero últimamente ha sido excesivo. He decidido que, ante la brutal constatación de que la vida puede terminar en cualquier momento por razones que escapan a nuestro control, hay que pensar a corto plazo, concederse placeres y no pensar en el mañana. También he llegado a la conclusión de que, si vamos a vivir una sucesión de pandemias y fenómenos climáticos extremos, debería irme al campo. Además, por supuesto, he argumentado en cenas con amigos que, aunque en la vida suceden fenómenos inesperados, lo natural es que con el tiempo se produzca, como dicen los estadísticos, una regresión a la media: los indicadores económicos y de mortalidad volverán a la normalidad, por lo que no debemos hace grandes cambios vitales. Decidí que a corto plazo y largo plazo, mi profesión estaba condenada, y luego que tenía un gran futuro por delante. Invertí a corto plazo en un 'wok' de calidad y a largo plazo en aprender a cocinar comida china. Apenas estoy en el medio plazo y ya soy escéptico con el proyecto. En cambio, ahora me parece que, sin duda, pensando en un futuro de grandes congestiones, a largo plazo debería comprarme una moto y aprender a conducirla, pero eso requeriría convencerme ahora de que no me da miedo. Coordinar la satisfacción inmediata y garantizar al mismo tiempo el futuro es, como ven, un lío.

El regalo que le he comprado a mi mujer es para el largo plazo. Ignoro cómo reaccionará al verlo, pero si he acertado, dentro de unos años lo recordará como una inversión razonable y duradera. (No se hagan ilusiones, me ha costado 40 euros, y cuando ella lea esta columna no sabrá aún qué es: no tengas grandes expectativas, es una tontería que no necesitas). Pero a corto plazo, voy a reunirme con la gente que quiero, a menos que en los próximos dos días descubra que me he contagiado.

Sea como sea, feliz Navidad a todos.

Por primera vez en más de una década, esta Navidad mi mujer y yo vamos a hacernos regalos. Siempre nos hemos dicho que no tenía sentido comprarnos algo especial cuando, durante el año, sin motivo, intentamos sorprendernos con cosas pequeñas. En realidad, además, no nos hace falta nada. Es probable, en todo caso, que se trate tan solo de una excusa que hemos ido repitiendo para no tener que pensar qué regalarnos en Navidad. Pero la semana pasada me dijo: “Te he comprado algo. No lo necesitas. En realidad, es absurdo. Pero si te lo doy igual sientes que es un regalo y te molesta no tener nada para mí”. Estaba, pues, obligado a comprar algo por primera vez en mucho tiempo. E hice lo que hago normalmente: ponerme a leer para ver cómo se hace.

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